La fuerza de la costumbre

Esta mañana me he despertado con el atentado de Manchester y no me ha sorprendido. Me ha horrorizado, claro, me ha dolido ver que el fanatismo y el odio llega a los recintos de conciertos, que entre los muertos hay niños absolutamente inocentes (como si hubiera culpables entre las víctimas de otro atentado). Pero no me ha tomado por sorpresa.

Si en una cena hubiera salido el tema, habría dicho que ISIS o alguno de sus tentáculos iba a atentar en Inglaterra en vísperas de elecciones. Que vistos los antecedentes era algo probable y que, pese a ello, el resultado electoral no iba a cambiar mucho.

A esto hemos llegado.

El ser humano tiene una capacidad de adaptación asombrosa, gracias a ella ha sobrevivido y evolucionado socialmente durante miles de años. Nos acostumbramos a lo bueno y a lo malo.

Hubo un tiempo en que nos acostumbramos a ETA. Sabíamos que la banda atentaba con frecuencia y sabíamos que, salvo excepciones como Hipercor, destinaba sus balas y bombas a unos objetivos concretos. La mayoría de la población, aunque suene duro decirlo, estaba a salvo. Eso no sucede con este otro tipo de terrorismo.

Hoy puedes ir a un concierto y ser asesinado. Estar en la calle y ser asesinado. Ir a una boda y ser asesinado. Tomar un cercanías y ser asesinado.

No es que hoy haya más atentados que antes, es que son diferentes. Es un cambio cualitativo. Y también a él nos acostumbraremos.

Hoy las redes no están llenas de I am Manchester. Sí, se habla del tema, pero da la impresión que menos. Los periódicos dedican sus portadas al tema, pero casi por obligación. En mi twitter no aparece demasiado el atentado, en comparación con el ataque a la revista Charlie Hebdo o la matanza del Teatro Bataclan.

Desconozco los objetivos que busca ISIS para atentar en Europa. Quizá sólo busque causar el mayor número de muertes, quizá busque publicidad. Pero si buscan aterrar, creo que no lo van a conseguir. Las personas podemos vivir con miedo un tiempo determinado; después, sales a la calle y te arriesgas.

Del mismo modo que la mayoría de los españoles somos hoy más pobres que en 2008 y seguimos llenando las terrazas, también seguiremos yendo a conciertos. Porque hay que vivir.

Aunque nos cueste la vida.

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