Arendt, Eichmann y nosotros

Los seres humanos tenemos un problema a la hora de enfrentarnos al mal. No sabemos lidiar con él, no sabemos definirlo, ni categorizarlo. Durante siglos se ha hablado de Satanás, de tentación, de pecado; ahora recurrimos al concepto de locura, de enfermedad. Pero a veces, la realidad es más simple y más brutal. A veces, la persona más ordinaria es capaz de los crímenes más abyectos.

Es lo que trató de explicar Hannah Arendt hace 50 años en su libro Eichmann en Jerusalén. La directora alemana Margaret von Trotta refleja en su última película la época que vivió la filósofa antes, mientras y después de escribir este ensayo. Es un trabajo irregular, como muchas película de ideas. La primera mitad no resulta del todo creíble y los personajes son de cartón piedra, meras caricaturas de los seres humanos a los que encarnan. La filósofa provocadora, la escritora amistosa, el profesor enamorado y celoso… En un par de ocasiones, saltamos en el tiempo y vemos a una joven Arendt conociendo y enamorándose de Martin Heidegger, uno de los grandes pensadores de su tiempo, después denostado por su simpatía con el nazismo. Todo muy artificial.

La segunda parte, sin embargo, da un salto cualitativo. Arendt está en Jerusalén, asiste al juicio de Eichmann y comienza a plantearse preguntas. ¿Quién es ese hombre tras la jaula de cristal? ¿Acaso es el monstruo que describe el fiscal? ¿Por qué es juzgado en Jerusalén? ¿Tiene legitimidad Israel para secuestrar a una persona en Argentina y colgarla en ese Estado recién creado por crímenes cometidos 15 años atrás en Alemania? ¿Qué hacer con los líderes judíos que colaboraron con los nazis?

Las dudas, ya se sabe, suelen irritar a los que siempre piensan lo que se debe pensar. Los artículos de Arendt suscitan un fuerte rechazo. Hay cartas de repulsa, llamadas, sobres en la puerta llamando nazi a la filósofa. También sus compañeros la condenan al ostracismo. Pero ella sabe que no ha escrito nada incorrecto. Su pareja le pregunta si de saber lo que pasaría volvería a escribir esos artículos. La respuesta es sí. Arendt busca y encuentra la verdad, y la verdad no tiene que ser agradable y bonita.

La polémica pasó y hoy está bien asentado el concepto que acuñó: la banalidad del mal.

Recuerdo un poema de Leonard Cohen, escrito 3 años después del juicio.

Ojos: ……………………………………………………………..normales

Pelo: ……………………………………………………………..normal

Peso: ……………………………………………………………..medio

Estatura: ………………………………………………………..media

Características especiales: …………………………………ninguna

Número de dedos de las manos: …………………………diez

Número de dedos de los pies: …………………………….diez.

Inteligencia: ……………………………………………………media

¿Qué esperabas?

¿Garras?

¿Incisivos enormes?

¿Saliva verde?

¿Locura?

Refleja muy bien el enfoque de Arendt. Eichmann no era un monstruo sediento de sangre que soñaba matar judíos. Era un tipo normal, un burócrata. Su problema era que había dejado de pensar, había asumido las reglas y leyes del nazismo como su única guía moral. Al dejar de pensar, había perdido su humanidad, y al perder su humanidad había olvidado la de los demás.

También hoy hay personas que destruyen vidas y duermen felices, que nadie señalaría por la calle como monstruos o asesinos. Hay tecnócratas que marcan una cifra y esa cifra cuesta muertos a las puertas de un hospital. Hay corredores de bolsa que arruinan a familias en la otra punta del mundo. Hay informáticos que diseñan programas que violan derechos civiles. Hay matemáticos que escriben ecuaciones que luego son utilizadas para matar a una familia en un pueblo de Pakistán.

Obedecer sin pensar en las consecuencias, cumplir órdenes, hacer lo que todos hacen sin cuestionarse si es o no ético. Esa es hoy la banalidad del mal. Quizá porque el resultado no es tan visible, no nos damos cuenta de nuestros actos. pero también Eichmann decía que él sólo metía gente en un tren. El destino del viaje no era cosa suya.

La película, como digo, es irregular. Pero incita a leer a Arendt, que no es poco. Yo me quedo con Los orígenes del totalitarismo, una obra maestra.

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3 respuestas a Arendt, Eichmann y nosotros

  1. Alejandro dijo:

    Raro que no nombres a lxs trabajadores/as de los medios de comunicación, otrora llamadxs periodistxs, y, por qué no, el 90% de los trabajos asalariados. En una redacción o empresa regida por sinvergüenzas que, o buscan el lucro, o peor, control y poder, ¿acaso el que tú hagas bien tu trabajo -es decir, cumplas las órdenes de tus superiores a lo Eichman- no significa favorecer eso mismo?

  2. Aoller dijo:

    No sabía yo que “hacer bien tu trabajo” sea equivalente a “cumplir órdenes”. En un buen número de ocasiones es justo lo contrario.

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