El naufragio del hombre

Decía Homer en un capítulo de Los Simpsons: “En teoría funciona hasta el comunismo. En teoría”. En realidad, habría que decir: “En teoría, funciona hasta el capitalismo. Sólo en teoría”.

Recordaba esta frase hace un par de días, mientras releía la primera parte de El naufragio del hombre, un breve ensayo escrito por Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria. Un libro muy lúcido. Transcribo aquí algunos párrafos. 

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La ciudadanía no se adquiere en la escuela ni leyendo la Constitución ni votando cada cuatro años a un nuevo amo o a un nuevo violador. No se puede educar para la ciudadanía como no se puede educar para la respiración o para la circulación de la sangre. Al contrario, la ciudadanía misma es la condición de todo proceso educativo como la respiración y la circulación de la sangre son las condiciones de toda vida humana.

Mientras el mercado produce materialmente súbditos y bárbaros de manera ininterrumpida, se exige a los educadores que, a fuerza de discursos y “valores”, los transformen en ciudadanos. Se reclama a la escuela que eduque para la libertad, que eduque para la tolerancia, que eduque para el diálogo. La escuela debe corregir con buenas palabras los egos industriales fabricados, como su función económica y su amenaza social, en la forja capitalista.

¿Enseñar anti-racismo e integración? El gobierno español firma la expulsión de ocho millones de inmigrantes de la Unión Europea. ¿No es ese gesto mucho más educativo?

¿Enseñar Estado de Derecho? Solbes, ministro de Economía, nos dice que “no soy partidario de grandes leyes que den reconocimiento de derechos para toda la vida”. ¿No son estas declaraciones, y la “liberalización” económica que las acompaña, mucho más influyentes que un artículo de la Constitución?

¿Enseñar no-violencia y tolerancia? EEUU, el país más “democrático” del mundo, invade Iraq por televisión y tortura a sus habitantes en directo. ¿No es esta una demostración mucho más convincente de que la violencia en realidad es útil?

¿Enseñar espíritu deportivo de participación? Una sola carrera de fórmula-1 (fusión material de rivalidad bélica, ostentación aristocrática y competencia interempresarial) enseña más que 4.000 libros de filosofía.

¿Enseñar igualdad y fraternidad? Seis horas de publicidad al día condicionan nuestra autoestima al ejercicio angustioso, pugnaz, de un elitismo estándar.

¿Enseñar respeto por el otro? Basta cualquier concurso de televisión para comprender que lo divertido es reírse de los demás y lo emocionante es verlos derrotados y humillados.

¿Enseñar solidaridad? El mercado laboral y el consumo individualizado convierten la indiferencia en una cuestión de supervivencia cotidiana.

¿Enseñar humanitarismo, compasión, dignidad, pacifismo? En agosto de 2007 siete pescadores tunecinos fueron detenidos, aislados y procesados, de acuerdo con las leyes italianas y europeas, por haber socorrido a inmigrantes náufragos a la deriva. Ningún discurso humanitario puede ser tan decisivamente pedagógico.

Hemos entregado la infancia a Walt Disney, la salud a la casa Bayer, la alimentación a Monsanto, la universidad al Banco de Santander, la felicidad a Ford, el amor a Sony y luego queremos que nuestros hijos sean razonables, solidarios, tolerantes, “ciudadanos” responsables y no “súbditos” puramente biológicos. Si aceptamos el capitalismo, si no acometemos una verdadera transformación que asegure que a la escuela llegan ciudadanos y no súbditos, el futuro -incluso electoralmente- es de los fanáticos, los fundamentalistas y los fascistas. Como ya lo estamos viendo.

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Una respuesta a El naufragio del hombre

  1. aoller dijo:

    Son muy muy interesantes estos párrafos que transcribes.

    Sin embargo yo sí creo que puede educarse para la ciudadanía. El problema radica en que se identifique educación con escuela. La educación es algo que se adquiere las 24 horas al día, los 365 días del año. De ahí los problemas que se apuntan en los ejemplos citados.

    Todos esos ejemplos ilustran los mensajes contradictorios que reciben los estudiantes (suponiendo que realmente estén recibiendo mensajes en sentido contrario al racismo, la desigualdad, etc. por algún medio, lo que, en ocsaiones es dudoso). Sin embargo, todos o casi todos ellos pueden servir también para darles la vuelta.

    Además, queda abierto un problema. ¿De dónde hemos salido los que (creemos) que estamos hasta cierto punto liberados de esas lacras? Se dice que “si no acometemos una verdadera transformación que asegure que a la escuela llegan ciudadanos y no súbditos, el futuro -incluso electoralmente- es de los fanáticos, los fundamentalistas y los fascistas. Como ya lo estamos viendo”. El mero hecho de que haya quién trate de acometer esa transformación implica que sí es posible educar el la ciudadanía.

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