Señora Merkel: no somos niños

Selecciono extractos del último artículo de Soledad Gallego-Díaz para El País.

Los enormes esfuerzos que está haciendo la ciudadanía española no servirán de nada si Alemania no acepta completar el diseño de la moneda única y permite que se pongan en marcha políticas de estímulo económico que ayuden a los países más afectados por la crisis.

Así que la pregunta que deberíamos estar haciéndonos es: ¿hasta cuándo tendremos que soportar que Alemania se comporte como si la Unión Europea fuera un organismo más de sus propias instituciones, donde su Gobierno dispone y dictamina, y no una institución plurinacional, en la que aceptó compartir su soberanía, a cambio de las enormes ventajas que ha venido obteniendo desde su creación?

El Gobierno de la señora Merkel tiene derecho a pedir que los países que han rebasado niveles soportables de déficit realicen los esfuerzos necesarios para devolverlos a cifras manejables. Pero una cosa es aceptar sacrificios posibles y otra aceptar ser tratados como niños, a los que hay que administrar un castigo ejemplar para que no vuelvan a las andadas.

No somos niños ni estúpidos. Somos ciudadanos europeos conscientes de nuestras obligaciones y derechos, ciudadanos de un país que no es un desecho ni un desperdicio de la historia.

Los políticos españoles no son los únicos que deben decir la verdad a sus ciudadanos. Los alemanes, también. Decirles, por ejemplo, lo que reconocen todos los organismos internacionales del mundo: que Alemania es el país que más se ha beneficiado, con diferencia, no solo de la misma creación de la UE, sino de la creación de la moneda única.

Si no hubiera existido el euro, en las actuales circunstancias los demás países hubiéramos devaluado nuestras monedas y convertido el marco en una divisa tan fuerte que hubiera perjudicado sus exportaciones.

La canciller Angela Merkel no caza elefantes, pero está a punto de cazar a toda una generación de españoles y en convertirlos en un trofeo mucho más peligroso que unos colmillos de marfil. Y sin que nadie aquí levante la voz.

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