Promesas que no valen nada

Los programas electorales son como los prospectos de los medicamentos. Si uno lee los efectos secundarios, nunca tomaría una pastilla; y si uno lees todas las promesas, puede llegar a pensar que ese partido tiene la solución a todos los problemas de España. En realidad, ambos exageran.

Lo curioso es que todos sabemos que no hay que tomarse al pie de la letra lo que dicen y, sin embargo, continúan imprimiéndose. Lo de los prospectos tiene cierto sentido: alguna vez, a alguien, le ha ocurrido uno de los efectos que se citan. Pero no sucede igual con las promesas electorales. Casi ninguna se cumple.

Lo habitual es que el partido prometa crear empleo, estimular el crecimiento, atender a las peticiones de todos los ciudadanos y cuidar el medio ambiente. Promesas tan genéricas como imposibles de cumplir.

En la vida hay que marcarse objetivos concretos (ambiciosos, pero realistas), y tratar de cumplirlos. Sólo así se avanza, sólo así uno es consciente de avanzar. Parecido sistema debería aplicarse en política. Decir “voy a crear 3 millones y medio de puestos de trabajo” es igual que no decir nada. ¿Cómo vas a hacerlo? ¿Qué medidas vas a impulsar para lograr tu objetivo? Aquí eso no se practica. Es mejor improvisar.

Quizá no se prometa nada concreto porque los futuros gobernantes saben que ese programa es papel mojado desde la misma noche electoral. Que van a traicionar sus promesas. Que van a practicar “el arte de lo posible”, surfeando en las olas que les lleguen, sin tener nunca un rumbo fijo. Pero no debería ser así. En teoría, se elige a uno u otro partido por las promesas que hacen. Es lo único que les diferencia.

Creo sinceramente que deberían prometer sólo un puñado de medidas. Bien definidas, bien estudiadas, posibles de ejecutar. Una vez aplicadas, deberían convocar nuevas elecciones, pues ya habrían dado todo de sí. Sueño con un partido que diga: “vamos a incluir en la legislación estas 47 normas; ni una más. Lo haremos así y asá. Con ello lograremos éste y aquel objetivo. Después, nos iremos a nuestra casa”. Pero sé que es un sueño irrealizable. Nuestros políticos prometen hasta vencer y una vez vencido olvidan lo prometido.

¿Qué hacer con un partido que traiciona sus promesas y, por ende, a quienes le votaron?

En Islandia están juzgando al ex primer ministro Geir Haarde por negligencia durante la crisis. Tiene su lógica. Le encargaron realizar una tarea y no la hizo. ¿Acaso no se juzga a médicos por negligencia cuando un paciente muere en sus manos?

Pero lo de España es mucho peor. No es que no sepan qué hacer (que no lo saben), es que hacen lo contrario que prometieron. Y la suya no es una promesa frívola, no es “quedamos en la FNAC a las 17’0”; gracias a esa promesa tienen trabajo, gracias a ese pacto (yo te voto y tú haces esto y esto) han llegado al Gobierno. ¿No deberían ser expulsados desde el momento en que rompen ese acuerdo tácito?

Pero claro, en España nadie se responsabiliza de nada.

El equipo de gobierno de Zapatero va a salir de La Moncloa ileso. Los ex ministros y ex secretarios lograrán suculentos contratos en la empresa privada, y dentro de 10 años contarán en un libro su experiencia como gobernantes. Tampoco entonces, estoy seguro, se responsabilizarán de nada.

Mientras, ejércitos de presuntos sabios redactan los programas electorales para el 20N. Ya sé lo que dirán.

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