La realidad y el deseo

Don Quijote leyó tanto que llegó a creer que lo sucedido en las novelas de caballería era real. Confundió realidad y ficción y se embarcó en una aventura ilusoria que acabó con su vida. Las buenas historias, los mitos, están allí para servirnos de guía, de aviso. Pero en demasiadas ocasiones no hacemos caso. Y así nos va.

Los medios de comunicación relatan decenas de casos de locura, reproducen las palabras de personas que tampoco distinguen la realidad de su pensamiento. Pero a diferencia del pobre caballero, muchas de estas personas se confunden a propósito, y quieren confundir al resto.

Veamos:

Hoy se juzga a director del Festival de cine de Sitges por exhibir una película llamada A serbian Film. Es, insisto, una película; no un documental. En ella un actor simula violar y matar a varias personas, entre ellas un recién nacido. Como todo adulto sabe, en el cine todo es mentira. Pero no importa. Una organización católica ha confundido realidad y ficción y ha denunciado a Angel Sala por exhibición de pornografía infantil.

Otra católica, Esperanza Aguirre, también sufre de este mal. Asegura que Osama Bin Laden nunca reivindicó el atentado del 11  marzo de 2004. Pero sí lo hizo.

Ahora que Bin Laden ha sido ejecutado, prometen que el mundo es un lugar más seguro. ¿No será otro deseo, que quieren camuflarlo en realidad?

Aunque para deseos los de los principales políticos de España. Unos aseguran que el paro no llegará a 5 millones; otros que si gobernaran ellos el desempleo bajaría y bajaría. Todo cuentos. Y, además, mal escritos.

Parecido sucede con el cuento de Batasuna o Sortu o Bildu. El cuento de nunca acabar. De nuevo, encontramos una realidad y una ficción. Y de nuevo, la ficción gana. No sólo consigue aplastar a los hechos, sino que se extiende por las mentes de los ciudadanos.

Es la función de las historias. Si no nos las creemos ¿de qué sirven? Pero hay que tener cuidado. Corremos el peligro de tragarnos todos los cuentos y olvidar la realidad. O quizá ya estemos en esa fase, ya no distingamos el hecho de la opinión, la historia de la leyenda, la verdad de la mentira.

Sí, es muy probable que ya seamos nuevos don Quijotes. Y así, entre delirio y delirio, es imposible ir a ningún lado.

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