Convicciones corruptas

La Real Academia de la Lengua define “convicción” de la siguiente manera: Idea religiosa, ética o política a la que se está fuertemente adherido. Y da un ejemplo: No puedo obrar en contra de mis convicciones.

Con esa definición en la mente, leamos las palabras de Alfredo Pérez Rubalcaba. “Tengo la convicción absoluta de que Chaves es un político honrado”. Curioso. Rubalcaba puede confiar en el ministro de Política Territorial, puede dar crédito a sus palabras cuando dice ser inocente de las acusaciones de corrupción que le asedian. Pero ¿convicción?

Es sólo una palabra, pero refleja muy bien el modo en que últimamente los políticos defienden a los suyos. Ya no basta con confiar en un amigo, con querer pensar que es inocente, con figurarse que las acusaciones son maniobras políticas… No. Hoy los políticos creen en los suyos de la misma forma que creen en la Virgen, en el estado de bienestar, en la doctrina keynesiana o en el imperativo categórico de Immanuel Kant.

Quizá por eso sea imposible hacerles ver la realidad. Si Rajoy cree en Camps en la misma medida que cree en Dios es muy difícil que las pruebas aportadas por jueces y policías le hagan cambiar de postura. Lo mismo puede aplicarse a Rubalcaba.

Quizá de ahí vengan todas las resistencias a separar del cargo a los imputados por corrupción. Quizá de verdad estén plenamente convencidos en que sus compañeros (pero no los de otros partidos) son inocentes. Quizá tengan fe en ellos (y ya que sabe que contra la fe no hay mucho que hacer).

Entonces, quizá la solución a tantos problemas de corrupción sea practicar una política alejada de dogmatismos y creencias irracionales, practicar una política basada en los hechos y no en la fe. O, a lo sumo, aplicar a los propios la misma convicción que a los ajenos. Eso sería un buen comienzo.

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3 respuestas a Convicciones corruptas

  1. Pingback: Bitacoras.com

  2. @anderinaki dijo:

    Sería bueno imaginar que una política basada en los hechos y alejada de los dogmatismos es posible. Sin embargo, tal y como están organizadas las cosas parece difícil. Los partidos se han convertido en enormes maquinarias corruptas para las que denunciar las irregularidades llevadas a cabo por sus miembros es tanto como dejar al descubierto los hilos que podrían llevar a destejer toda su alfombra de equilibrios de poder, pactos de no agresión y amistades peligrosas. Todos se tapan entre ellos, porque da la impresión de que ninguno está limpio. Y quien lo esté, que tire la primera piedra. Vendría muy bien.

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