Que vienen los rojos

En menos de 24 horas he recibido informaciones muy diferentes sobre el miedo a los comunistas. Primero a través del blog de Pascual Serrano. El periodista transcribe unas declaraciones de una congresista de Estados Unidos: “¿De dónde proviene esta idea de que todo el mundo merece una educación gratuita, atención médica gratuita, libre de lo que sea? Viene de Moscú, de Rusia. Viene directamente de la boca del infierno”.

Estamos en 2011, por si alguien lo ha olvidado. El muro de Berlín ha caído, las políticas marxistas se refieren a Groucho y las ideas del alemán sólo sobreviven a duras penas en una isla calurosa. Y, aún así, hay quien utiliza el comunismo para atemorizar, ahuyentar la tentación de alcanzar o mantener el estado de bienestar y llenarse los bolsillos (pues si no hay educación pública, es privada; y ya sabemos quién se beneficia de estas cosas)

También desde la ficción me llegan ecos del odio al comunismo. En 1989, Costa Gavras rodó La caja de música, una película en la que se acusa a un anciano de haber pertenecido a las SS húngaras durante la Segunda Guerra Mundial, antes de emigrar a Estados Unidos. Sus supuestos crímenes son atroces. Como testigos, el fiscal hace subir al estrado a supervivientes de sus cacerías. Y la clave de la abogada para descalificarlos es, pura y simplemente, insinuar que simpatizan con el gobierno comunista de Hungría.

Eran otros tiempos, sí. Pero no deja de resultarme extraño que se considerase peor abogar y luchar por un mundo sin clases sociales que por un mundo sin judíos, gitanos, homosexuales y discapacitados (y seguro que me dejo algún colectivo por el camino). Fallaron en el intento, sí. Pero, como dice el chiste, ni el comunismo era tan malo ni el capitalismo tan bueno.

Hoy ya no se dice que los comunistas se comen a los niños pero sigue sin verse bien ciertas ideas. Hace una semana el dictador de Túnez huyó del país. Como bien recordó, una vez más, Pascual Serrano, sólo entonces los medios le llamaron dictador (y no todos, y no tantas veces). Los dictadores son los otros. Castro, Chávez, Evo Morales… En cambio, todos esos países del norte dde África tan bonitos y exóticos son democracias ejemplares ¿O no?

No seré yo quien defienda a capa y espada el sistema cubano (ya hablé una vez de su extraño funcionamiento) pero sí lo haré frente a otros modelos. El racista de Israel, el clasista de Estados Unidos, la cleptocracia de Rusia, la teocracia de Irán…

De nuevo, recurro al velo de ignorancia. Si naces pobre, con serios problemas médicos y no te educan en la religión oficial, ¿en qué país de los citados prefieres vivir?

He escrito este post para tratar de responder a una pregunta: ¿por qué se sigue temiendo y odiando al comunismo? No he logrado mi propósito.

 

Actualización 31-01-2011

Gracias a un tweet de Raúl Sensato encuentro una posible respuesta a la pregunta anterior. La da el filósofo Slavoj Zizek. En este artículo dice:

¿De dónde brota la fuerza de esta resurrección del anticomunismo? ¿Por qué resucitan los viejos fantasmas en países donde buena parte de la juventud ni siquiera recuerda los tiempos del comunismo? El nuevo anticomunismo da una respuesta sencilla a la pregunta: “Si el capitalismo es realmente tanto mejor que el socialismo, ¿por qué entonces llevamos una vida tan miserable?”

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2 respuestas a Que vienen los rojos

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  2. Yo dijo:

    Desde luego, si alguien se come a los niños aquí (y a sus padres cuando pueden) no son los comunistas precisamente. Comunistas que, por otro lado, están casi en el mismo estado que el lince ibérico o el tigre siberiano.

    Me resulta digna de análisis la frase del politico estadounidense que citas. Demuestra lo alejadas que pueden llegar a estar dos concepciones del ser humano incluso a estas alturas de la historia. Aceptemos la mayor y supongamos que no todo el mundo merece educación o sanidad gratuítas o cualquier otra prestación social. Entonces inmediatamente hay que decidir un criterio que fije quiénes las merecen y quiénes no. Entonces surge la pregunta de quién merece fijar ese criterio porque claro, no todo el mundo merece el honor de decidir sobre esos menesteres. Pero entonces hay que fijar criterios para saber quiénes pueden decicir, y así hasta el infinito; a no ser que, cuál modernos Aristóteles (o Aquinos) decidamos que al final hay un primer decisor… Claro, visto la que está cayendo se ve que (a falta de dios), serán los mercados.

    En fin, me encantaría que el que ha dicho eso tuviera una muerte muy, muy lenta y dolorosa, gracias a que su seguro médico privado quiebre o decida que no tiene ganas de pagar el tratamiento que necesite.

    He dicho.

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