La burla perpetua

No es por el dinero. O no sólo. Al fin y al cabo, cuando se repite como un papagayo que cada sesión cuesta 12 mil euros se omite que esa cantidad va a parar a los traductores e intérpretes. No se tira a la basura. Y, en comparación con el presupuesto total de la Cámara Alta, es insignificante.

Tampoco es cuestión de federalismo versus la España del agilucho. Pero como viene siendo usual, políticos, medios de comunicación y ciudadanía se atrincheran en posiciones antagónicas y extremas. Quizá alguno trate de colocarse en una opinión intermedia, pero la intransigencia de los argumentos contrarios le llevan a él también a posturas radicales.

Es algo tan prosaico y tan fundamental como la imagen. La mujer del César no sólo debe ser honrada, también parecerlo. No es el mundo ideal, pero es la realidad. Las apariencias importan. Y quien quiera negarlo o ponerse por encima de ellas corre el riesgo de caer en el cinismo. Aguantamos demasiadas tradiciones, rituales y ceremonias vacías de contenido; vamos a tratar de aparentar también en otros asuntos más importantes, o al menos urgentes.

El FMI, la Unión europea, el Gobierno, la oposición, la CEOE… prácticamente todas las organizaciones con poder llevan dos años exigiendo a los ciudadanos que nos apretemos el cinturón. Que renunciemos a ciertas comodidades, a derechos transformados de pronto en “privilegios”. Más que bien, por obligación casi siempre, los ciudadanos hemos cedido terreno. Por eso, cuando pedimos a gritos austeridad también para los más favorecidos, los menos afectados por la crisis (lo que vulgarmente viene siendo “o follamos todos o la puta al río”), resulta una burla gastar un euro de más en el Senado. Otra más.

Primero porque, como ya he expresado en otras ocasiones, es una institución que nació muerta y zombi sigue, esperando a que un valiente le de el tiro de gracia. Segundo porque, resulta de Perogrullo, todos los senadores comparten una lengua y pueden comunicarse en ella sin problemas. ¿Tienen derecho a usar su lengua cooficial? Por supuesto. ¿Tienen el deber? No.

Hay muchos otros gastos innecesarios, bien es cierto. Chóferes, secretarias, sobresueldos, pensiones a ex políticos, edificios de lujo para funcionarios sin trabajo, tanques, aviones, desfiles, homenajes… Pero no es excusa. Ése es el argumento del niño. La profesora le recrimina que no atienda y él dice que su compañero tampoco hace caso. Seamos serios.

Y sin embargo, es peligroso decir cosas así. Puede parecer que eres de derechas, que lees el ABC y que anhelas el retorno de un prohombre como Aznar, que sólo utilizaba el catalán en la intimidad. Para nada.

Los representantes de CiU y PNV usan el catalán y el euskera y nadie los tomaría por izquierdistas. El problema es que, una vez más, la derecha se ha apropiado de cierto discurso, y lo ha envenenado. Pero no. Una cosa es aprovechar la ocasión para cargar contra una diversidad aprobada a disgusto de muchos hace 30 años y otra muy distinta creer que la misión de los políticos es mejorar la vida de los ciudadanos, sin importar qué lengua usen para hacerlo.

La clave está en la eficacia. Si cumplieran con su cometido, podrían permitirse ciertas licencias. Pero no es así.

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