Profesionales del vacío

“La política, dice Mairena, es una cosa importantísima… Yo no os aconsejaré nunca el apoliticismo, sino, en último término, el desdeño de la política mala que hacen trepadores y cucañistas, sin otro propósito que el de obtener ganancia y colocar parientes.”

Esta sentencia escrita por Antonio Machado hace 90 años no ha perdido vigencia. Al contrario, debería estar escrita en la memoria de cada ciudadano. La releo y pienso en Fancisco Álvarez Cascos, en Leire Pajín, en ciertos sindicalistas y en algunos “intelectuales” que se lanzan a la arena política como quien se apunta a un concurso de belleza.

Lo he dicho otras veces, pero hay que insistir: no nos merecemos estos políticos. El único consuelo que me queda es el de los tontos. No estoy solo: hay muchos ciudadanos que, sin ser apolíticos, reniegan de sus representantes. tampoco es el manido y falso debate de la pasividad de una juventud dedicada a sí misma. Nada más lejos de la realidad. Quien tenga dudas, que se de un paseo por las redes sociales, y verá que habla de algo más que de Lady Gagá y de la fiesta del sábado pasado.

Son los políticos los aislados de la realidad. Y es inevitable. Hace mucho, mucho tiempo, el político era el ciudadano sin preocupaciones económicas que dedicaba parte de su tiempo al gobierno de la sociedad en la que vivía. En la antigua Grecia, de hecho, ciertos cargos eran elegidos por sorteo, ni siquiera se ofrecían. No existían, pues, cargos vitalicios. Los políticos eran primero ciudadanos, comerciantes, juristas… y después (sólo por un tiempo) políticos.

Estos sistemas, por supuesto, sólo pueden funcionar en sociedades pequeñas y cerradas (y tampoco son perfectos). Cuando la población aumentó, para permitir una mayor democratización (nunca plena, por mucho que lo repitan), se dio un salario a los cargos electos. Así, no sólo los ricos podían ser diputados o incluso miembros del Gobierno.

Pero este método es perverso por naturaleza. El objetivo del político ya no es exclusivamente el buen gobierno de su sociedad, sino el dinero y el poder que trae consigo. De ahí que en España, en estos momentos, haya cientos de políticos profesionales.

Personas que apenas tienen otra formación, y menos aún ocupación previa. Gente que ha crecido a la sombra del partido y a su sombra morirá. Para ellos, lo importante es sobrevivir a la siguiente elección. O, de no hacerlo, asegurarse un futuro jugoso en una multinacional que le pagará no de acuerdo a sus conocimientos, sino de acuerdo a su agenda.

Cuando vean a Rajoy, Blanco, Camps y toda la tropa de trajeados con sonrisa falsa que aparecen en los informativos día sí día también piensen en sus conocimientos, en sus competencias. Hay personas muy válidas que no quieren entrar en política para no parecerse a ellos.

No sé cuál es la solución. Dejarles sin sueldo no me parece lo más acertado, por mucho que suene bien a ciertos ciudadanos. Pero mientras este sistema continúe, la política no será digna de Juan de Mairena.

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