De piquetes y esquiroles

Existen dos palabras, dos conceptos fuertemente asociados a toda huelga: piquete y esquirol.

La RAE define al primero como “grupo de personas que pacífica o violentamente, intenta imponer o mantener una consigna de huelga”. (Por cierto, que me parece que entonces usamos mal la palabra; no se puede individualizar). Y del esquirol dice que es quien “se presta a ocupar el puesto de un huelguista” o quien no se adhiere a una huelga”.

Durante el #29s, twitter ardió; y, como no podía ser de otra forma, muchos de los mensajes hablaban de esquiroles y de piquetes. Los medios de comunicación tradicionales, en cambio, hablaron más de unos que de otros.

Lo suyo, y más aún estos días, es tener una posición clara y firme ante estos dos conceptos. No se puede estar en misa y repicando, el momento de las equidistancias pasó, si no estás conmigo estás contra mí, la unión hace la fuerza, divide y vencerás… Y todo eso. Yo, a veces, quiero ser así: pensar siempre lo mismo, defenderlo a muerte, tragarme mis propias contradicciones y escupirlas a la cara de mi adversario dialéctico. Pero no puedo: en el fondo soy muy aristotélico y tiro por el camino de en medio.

Así, según me da el día, la rabia acumulada, el estrés en el trabajo, la música que haya escuchado antes… soy más o menos radical (en este tema; en otros tengo las cosas muy claras).

Empecemos por los piquetes:

  • La Constitución -que, nos guste o no, por el momento rige nuestro ordenamiento jurídico- expresa claramente el derecho al trabajo. Nadie puede impedirte ir a tu puesto el día de huelga. Es ilegal. Los piquetes dicen ser informativos, pero en demasiados casos se exceden en sus funciones. El que acude a las 5 y pico de la mañana a las puertas de una fábrica no va sólo a informar a los trabajadores. Quien se pone delante de un camión ejerce una presión que más más allá de lo admisible. No son el peligro del que habla la patronal y ciertos medios de (in)comunicación pero tampoco son angelitos.

O bien:

  • La ciudadanía, en general, no tiene la más remota idea de lo que le viene encima. No se han informado, porque no han querido y porque tampoco lo ponen fácil. En ocasiones se comporta como un niño de 5 años que patalea cuando le quitan un caramelo y se va feliz de la mano de un extraño que va a asesinarle en un callejón. Será por miedo, por comodidad, por buscar beneficios laborales… El caso es que no actúa como le conviene. Hay que darle un empujoncito. En ocasiones, no basta con mostrarle un papel. Hay que impedirle trabajar. Va a ser bueno para él, a largo plazo. No lo sabe, o si lo sabe olvida. Por eso hay que obligarle, como quien da una medicina de sabor desagradable.

Y sobre los esquiroles.

  • Para empezar, es ofensivo definir así a quien trabaja un día de huelga. Cada uno tiene sus razones para ir o no ir. La huelga es, debería ser, como la religión, íntima, personal. No se puede obligar a alguien a comulgar, y tampoco criticarlo por no hacerlo. Hay que respetar a quien no ejerce su derecho a huelga del mismo modo que hay que se respetar al que no vota en las elecciones. En ocasiones tienen razones, pero, aunque no las tuvieran, existe una muy poderosa: el miedo. Un miedo triste, que atenaza, que limita, que impide, pero que está ahí. Cada uno gestiona su miedo como puede, y es sagrado.

Pero también:

  • Son una lacra para la lucha del trabajador, para el avance de la sociedad. Parásitos que se aprovechan del esfuerzo de los compañeros. Como dice el evangelio de San Juan: “Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de sus fatigas”. Por mucho que puedan perder el día de la huelga, más perderán cuando el despido libre caiga sobre sus cabezas. Pero si se consigue modificar la ley, ellos también saldrán beneficiados, ¿verdad? Entre los esquiroles hay varias clases: los que tienen verdadero miedo, los acomodaticios y los trepas. Los primeros deben recordar la frase de F.D Roosevelt: “De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo.” Los acomodaticios han destruido la unidad de la clase trabajadora (casi todos, al fin y al cabo). Se han tragado la propaganda y creen que nada sirve de nada, que todo es inútil, que virgencica que me quede como estoy, que no lo ven claro. Los trepas son los que el día de huelga van a trabajar aun que estén con 39 de fiebre, los que pasean por el despacho del jefe, los que se alegran en secreto de ser servicio mínimo. Sólo merecen desprecio.

Diversas interpretaciones. Cada uno, que elija.

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3 respuestas a De piquetes y esquiroles

  1. Tatiana dijo:

    Pues yo lo tengo muy claro… lo que es, es.
    Por supuesto me quedo con la interpretación objetiva, porque la subjetiva sólo puede aplicarse a casos aislados, y sus argumentos huelen a la historia reciente de nuestro país… tiempos en los que hay gente que parece haberse quedado anclada.
    Sí, seguimos viviendo oprimidos, pero los tiempos cambían, y los sistemas de lucha y protesta tal vez deberían replantearse su eficacia … y renovación.
    Un último apunte, dar un empujoncito al ignorante, obligarle a algo por su propio bien … eso si que suena mal … y me recuerda a tiempos peores. un beso.

  2. Eduardo dijo:

    ¿Equidistante? ¿Tú?
    Ya sabes lo que pienso y yo ya se lo que piensas tu, no obstante, veo que al esquirol le das un toque como de que va a trabajar por miedo cuando posiblemente la realidad es que el trabajador no va a trabajar no vaya a ser que le den un “empujoncico” para convencerlo.
    De todas las formas esto se solucionaba, como otras muchas cosas, elaborando una ley de huelga que estuviera ya en el siglo XXI, pero claro, para esto necesitariamos unos representantes políticos que estuvieran a la altura y creo que sobre la “altura” de nuestros representantes políticos opinamos parecido (mal que te pese).

  3. Yo dijo:

    A estas alturas debería estar asumido que la libertad individual ha de primar. La condescendencia es muy mala. Pensar que quien va (o no) a trabajar lo hace sólo por miedo es una simplifación exagerada e injustificada. Está claro que la simplificación es la herramienta de los que no quieren o no pueden buscar las explicaciones últimas de los hechos. Considerarse en la posesión de la verdad absoluta no es ya que raye la estupidez… es que es peligrosísimo y lleva de forma casi natural no sólo a querer convencer a los otros de tu postura (que estaría bien, eso sí sería informativo) sino a querer obligar a los otros a adoptar tu postura.

    Para auqellos que gustan de las cosas sencillas:
    convencer=bueno
    obligar=malo
    obligar porque será bueno para tí=peor

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