Selfie: pijismo, humor y discapacidad

Hay películas que son tres en una. Entras al cine con el resumen o el trailer en la cabeza y conforme avanza el metraje la película crece. Es mucho más de lo que dice la prensa.   Sucede pocas veces, pero sucede.

Selfie es una de esas películas. ¿De qué va?

Es la historia de un joven con mucho dinero, hijo de un ex ministro, que ve cómo su mundo se derrumba después de que un juez ordene el arresto de su padre por corrupción. Con esta premisa, surgen tres películas.

La primera habla de la crisis, de la desigualdad, de lo diferente que entienden la vida y el mundo los jóvenes con piscina privada y los mileuristas. Es una película que ya se ha contado muchas veces, normalmente desde el punto de vista de los de abajo. Aquí nos ponemos en la piel de Bosco, al que le parece normal tener una cocina más grande que mi salón y estudiar un MBA en una escuela exclusiva. Su discurso a cámara lo retrata (cuando se ve obligado a vivir en Lavapiés, no puede evitar preguntar si es seguro comprar comida en ese barrio) y, a golpe de humor, muestra cómo piensan los que tienen la vida más que solucionada.

La segunda película habla del ostracismo y la hipocresía. Antes del arresto, Bosco organizaba fiestas a las que acudían decenas de personas muy bien vestidas, riendo y haciendo selfies con iPhones de última generación en la mano mientras la chacha servía la comida. Es el paraíso, y Bosco será expulsado. En su descenso al Purgatorio sólo encuentra silencios, palabras vacías y puertas cerradas. Su novieta no le deja entrar en casa, sus amigos no le cogen el teléfono y las personas del partido que antes le abrazaban hoy quieren evitar ser vistos en su compañía. Cualquier directivo o “famoso” caído en desgracia sabe que eso es lo que sucede. Cuando estás arriba, tu teléfono suena y todo son sonrisas. Pero nadie quiere acompañar a otro en su caída, ni evitar siquiera que la hostia sea mayor.

La tercera película es un retrato honesto sobre la discapacidad. Es habitual que las películas muestren a retrones como a superhéroes si son protagonistas y como “probecicos” en otros casos. Aquí, no. Resulta que Bosco se cruza con una chica ciega y se encapricha de ella; la chica se llama Macarena es votante de Podemos, asidua a manifestaciones y colaboradora en centros sociales. Se enamora de él, sin saber que es hijo de un ministro del PP y que desprecia todo lo que ella es y hace.

Bosco comienza a tener más relación con la discapacidad y mira a los discapacitados mentales igual que mira a los mileuristas: como si fueran de otra raza (inferior, claro). Es la mirada habitual, no lo olvidemos. La mirada de Bosco causa hilaridad a menudo (bueno, yo me reí mucho; otros en el cine guardaban un silencio incómodo), como cuando le dicen que su supervisora es una chica con síndrome de Down y todos imaginamos lo que piensa de ella.

Quienes me leen o han leído Retrón (momento autobombo), saben que pocas películas sobre discapacitados y que siempre busco una peli en la que haya retrones reales, que follen, que les guste beber, fumar y hacer tríos. Pues bien, Selfie es esa película. Desconozco si Víctor García León tiene algún familiar o amigo retrón, pero bien pudiera ser: su mirada es limpia y sincera. Bravo por él.

Tengo la impresión de que no estará mucho en cartel, pero es una de las mejores películas españolas que he visto en mucho tiempo.

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Mi hija llevará el apellido de la madre

A veces me da por imaginar el futuro. Me veo recogiendo a mi hija en el colegio y un profesor, al verme, me reconoce.

—¡Anda! ¿Es su padre? Como no lleva su apellido…

Más allá de los delirios que supone imaginarse un escritor reconocido, me gusta pensar que no se me identificará como su padre por un mero apellido.

Hace mucho, buscábamos los teléfonos de los compañeros de colegio por su apellido, asumiendo que la línea de teléfono fijo estaría a nombre del padre (cuánta tradición mal entendida hay en esa simple acción…). A partir de ahora, ya no tendrá por qué ser así.

No será obligatorio poner el nombre del padre ni tendrá preferencia legal. Pero me da la impresión de que muchas parejas continuarán con esa costumbre.

Nosotros decidimos hace ya un tiempo que un futuro niño llevaría el apellido de su madre. Por entonces no sabíamos nada de esta ley y vimos que no era tan sencillo; pero no importó.

Lo propuse yo, en parte harto de que me envíen penes por Twitter y Facebook, y de que al buscar mi nombre completo en Google y redes aparezcan noticias, foros y vídeos de homosexuales. No soy homófobo. Pero si busco una reseña de mi libro no me apetece encontrarme con un latinoamericano enseñando su pene erecto, maniático que es uno (si no me creen, hagan la prueba).

Pero el motivo principal era que no veía motivo alguno para esa costumbre. Si escogemos entre los dos el nombre, ¿por qué no el apellido?

Es casi una cuestión política (lo personal es político y esas cosas). Porque los hombres debemos también defender el feminismo en lo que nos afecta; y llevamos siglos de preferencias masculinas. Me parece arcaico que una mujer tome el apellido del marido al casarse, como sucede en Estados Unidos. Pero que un hijo tenga el apellido del padre es también machismo, aunque quizá en otro grado.

Hubo quien no entendió esta decisión, dijo que le parecía una tontería y que no veía la necesidad. Otros pensaron que era un capricho de mi mujer y yo, “calzonazos”, había cedido. Al contrario.

No se trata de preservar yo qué sé qué, sino de que nuestra hija tenga un nombre bonito, acompañado de un apellido acorde. Se va a llamar Vega y Vega Gay no suena nada bien. Pero aunque fuera Blanca, seguiría siendo Blanca Castelló.

Habrá quien piense (como este artículo de Libertad Digital) que el orden de los apellidos es una ocurrencia y no aporta nada. Si así fuera, ¿por qué escuece a ciertos hombres? Los detalles y los símbolos importan, y el orden de los apellidos es uno de ellos.

Así que, muy orgulloso, en octubre iremos al registro y escogeremos el apellido de la madre. Y cuando sea mayor y pregunte, le diremos que es una forma de avanzar en la igualdad entre hombres y mujeres, para que también crezca con esa idea incorporada a su vida.

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La fuerza de la costumbre

Esta mañana me he despertado con el atentado de Manchester y no me ha sorprendido. Me ha horrorizado, claro, me ha dolido ver que el fanatismo y el odio llega a los recintos de conciertos, que entre los muertos hay niños absolutamente inocentes (como si hubiera culpables entre las víctimas de otro atentado). Pero no me ha tomado por sorpresa.

Si en una cena hubiera salido el tema, habría dicho que ISIS o alguno de sus tentáculos iba a atentar en Inglaterra en vísperas de elecciones. Que vistos los antecedentes era algo probable y que, pese a ello, el resultado electoral no iba a cambiar mucho.

A esto hemos llegado.

El ser humano tiene una capacidad de adaptación asombrosa, gracias a ella ha sobrevivido y evolucionado socialmente durante miles de años. Nos acostumbramos a lo bueno y a lo malo.

Hubo un tiempo en que nos acostumbramos a ETA. Sabíamos que la banda atentaba con frecuencia y sabíamos que, salvo excepciones como Hipercor, destinaba sus balas y bombas a unos objetivos concretos. La mayoría de la población, aunque suene duro decirlo, estaba a salvo. Eso no sucede con este otro tipo de terrorismo.

Hoy puedes ir a un concierto y ser asesinado. Estar en la calle y ser asesinado. Ir a una boda y ser asesinado. Tomar un cercanías y ser asesinado.

No es que hoy haya más atentados que antes, es que son diferentes. Es un cambio cualitativo. Y también a él nos acostumbraremos.

Hoy las redes no están llenas de I am Manchester. Sí, se habla del tema, pero da la impresión que menos. Los periódicos dedican sus portadas al tema, pero casi por obligación. En mi twitter no aparece demasiado el atentado, en comparación con el ataque a la revista Charlie Hebdo o la matanza del Teatro Bataclan.

Desconozco los objetivos que busca ISIS para atentar en Europa. Quizá sólo busque causar el mayor número de muertes, quizá busque publicidad. Pero si buscan aterrar, creo que no lo van a conseguir. Las personas podemos vivir con miedo un tiempo determinado; después, sales a la calle y te arriesgas.

Del mismo modo que la mayoría de los españoles somos hoy más pobres que en 2008 y seguimos llenando las terrazas, también seguiremos yendo a conciertos. Porque hay que vivir.

Aunque nos cueste la vida.

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