El tiempo de las mujeres

Una alerta salta en los teletipos y pronto pasa a los diarios digitales, las radios y las redes sociales. El titular es siempre parecido: “Una mujer muere a manos de su ex pareja en XXX”. Comienza la cadena de reacciones, campañas en Twitter, manifestaciones, artículos (como éste). Comienza y termina. El ciclo es corto, menos de 48 horas. Hasta la siguiente mujer asesinada.

Es casi un lugar común comparar los asesinatos de mujeres con los de ETA y preguntarse qué ocurriría si la banda todavía matase a 50 personas cada año. Ya lo sabemos. Nada. Cuando ETA asesinaba a 1 persona a la semana, media España miraba a otro lado. Eran los años de la vergüenza, del “algo habrá hecho”. Duele recordarlo pero fue así. Se tardó demasiado en crear una conciencia social frente a los atentados. Mutatis mutandis, sucede igual en la violencia de género.

Sólo hay que dar un paseo por las redes después de un asesinato. Hay medios que dicen “una mujer ha muerto” en lugar de “ha sido asesinada”, hay quien rechaza el concepto de “terrorismo de género” porque lo de ETA fue mucho peor, hay periodistas (por llamarlos de alguna manera) para quienes la ley contra la violencia de género causa locura y ésta lleva al asesinato de mujeres. Y, por supuesto, está el tradicional racaraca de las denuncias falsas. Todo un rosario de frases y comportamientos que deberían avergonzarnos como ciudadanos pero que campan a sus anchas por la red.

En este vídeo de eldiario.es se desmontan algunos de esos mitos.

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Suele decirse decir que el asesinato de Ana Orantes supuso un cambio en la forma en la que los españoles veíamos la violencia de género. Concretamente, sirvió para que la viéramos. Lo que antes era un asunto doméstico, un crimen pasional, cosas que siempre han ocurrido, pasó a ser de dominio público. Los nombres de las mujeres salían en las noticias (nunca los de los hombres), poco a poco se modificó el tono con el que se informaba se convocaban concentraciones tras cada asesinato… Pero desde 1997 han sido asesinadas cientos de mujeres; en muchos casos, el hombre también ha matado a sus hijos.

Y aquí seguimos.

Cuatro décadas después del primer atentado de ETA, el rey presidía por primera vez el funeral por un asesinado. Sin embargo, todavía no hemos visto a ningún miembro de la “primera familia de España” consolar al hijo de una mujer asesinada por su pareja. Tampoco el ministro del Interior se trasladó a Cuenca para asistir al funeral por las 2 jóvenes asesinadas en el verano de 2015. Rajoy dijo en una rueda de prensa que los 2 asesinatos eran “una horrible tragedia” y envió todo su “afecto para las familias y amigos”.

¿Serviría la presencia de las autoridades en los funerales para detener los asesinatos? No. Pero sería una señal de que este Gobierno se preocupa de verdad por la seguridad de las mujeres. Lo cierto es que no es su prioridad. En un folleto que parece sacado del franquismo, daba algunos consejos a las mujeres para no ser violadas. También el área de Igualdad del PP aseguraba que “ser promiscua” y tener relaciones tempranas son un un “factor de riesgo” para des maltratadas.

El peso de la culpa cae en las mujeres, una vez más. Son ellas quienes eligen a un maltratador, quienes dan “motivos”, quienes aguantan, quienes callan… Son ellas quienes mueren. Lo que hay que hacer es prestar atención a un sistema que obliga a una chica a pedir ayuda para recoger la ropa de casa de su ex pareja por temor (fundado) a ser asesinada. Y cambiarlo.

Más de 50 asesinatos al año no son suficientes para que la conciencia nacida el día en que Ana Orantes fue calcinada se convierta en una verdadera acción política que ataje el goteo de asesinatos. Todos recordamos el secuestro de Miguel Ángel Blanco. Aquello caló en la sociedad, incluso los ciegos más voluntarioso comenzaron a abrir los ojos.

¿Qué atrocidad es necesaria para que el presidente del Gobierno hable a los españoles en directo y diga “Esta sangría se va a acabar”? ¿Qué hace falta para cerrar la boca a personas como Hermann Tertsch o Joaquín Leguina?

Tal vez los medios policiales no sean suficientes. Tal vez lo único que pueda hacerse es educar a los jóvenes, a los mismos que ven normal controlar a su pareja (ellos) y que su pareja de vez en cuando la insulte (ellas). Pero la educación lleva su tiempo.

Y muchas mujeres no lo tienen.

Las palabras de la abuela

Usted no me va a creer, pero mi madre jura que su madre estudió en una escuela. Antes se podía, dice.

Yo no conocí a mi abuela, murió dos días después de empezar la guerra, cuando cayó una bomba en la misma calle que recorría cada mañana para comprar el pan.

Está mayor, mi madre.

Lleva ya varias semanas en la cama, y cada vez la veo más pequeña. Su cuerpo ya sobra entre las sábanas y apenas siento su peso al levantarla. Su voz, sin embargo, sigue siendo fuerte, redonda.

Habla y habla de cosas imaginarias. Las mujeres nunca hemos ido a la escuela, ni falta que nos hace. El mundo nos necesita en casa, cuidando de los nuestros. Somos las guardianas del hogar.

Siempre ha sido así.

Los hombres sí que van a la escuela, y después a la escuela de mayores y cuando les sale barba… A veces siento pena por ellos. Mi hombre llega a casa por la noche, agotado y con las manos sucias.

—¿Cómo ha ido el día, mujer?— pregunta al sentarse a la mesa.

Y yo me siento mal por haber pasado horas felices con mis niños. A la pequeña le gusta ayudarme en la cocina y ya prepara una masa de harina que luego pongo al fuego. El mayor prefiere mirar desde la salita; pronto comenzará el curso y quedaremos la pequeña y yo, disfrutando la una de la otra.

Por las mañanas, mientras lavo a mi madre, ella insiste en sus falsos recuerdos. Dice que su madre trabajó un tiempo, antes de dar a luz. Y que sabía leer y escribir libros enteros, no sólo las palabras necesarias para ir al mercado. Yo no la creo. Son delirios de la fiebre, que la come día a día.

Yo no la creo pero a veces, a escondidas, abro uno de los libros de mi hijo y trato de comprender lo que en él han escrito otros hombres.

Poco a poco, pienso; poco a poco seré como mi abuela.

***

Relato participante en el concurso Historias de superación de Zendalibros

En defensa de la cultura como negocio

La cultura no da trabajo. La cultura no sirve para pagar una hipoteca. ¿Quieres ser escritor, tal vez cantante? Muy bien, tu sácate unas oposiciones y por las tardes te dedicas a tu hobby. Porque no es más que un hobby, ¿verdad?

A fuerza de repetir este mantra, se ha convertido en verdad. O tal vez sea que los mayores ya saben que en España nadie respeta la cultura y es casi imposible vivir de ella. Mejor tener un colchón…

Tres de cada cuatro actores y actrices no pueden vivir de su trabajo. Han dedicado años de estudio y esfuerzo a una actividad que llena los corazones y las mentes de otras personas, pero no su cuenta bancaria. Cuando tu trabajo no sirve para pagar facturas, no es un trabajo.

Parecido sucede con los escritores. Son conocidos por sus libros, pero pagan las facturas con charlas, columnas o prólogos. Unas actividades que surgen del libro original y sirven para llenar la nevera.

Descubrimos que un actor al que se presuponía una estabilidad por salir en TV ahora sobrevive recitando poemas en el metro. La pobreza no conoce límites, no distingue de profesiones. Directoras de cine brillantes que han estado a punto de ganar un Goya deben dar clases para llegar a fin de mes.

¿Imaginamos a un trabajador de banca tan conocido por su trabajo en la oficina que le ofrecieran dar clases de economía y fueran esas clases las que realmente sustentaran sus finanzas?

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En este país la bohemia ha estado siempre mal vista. El mismo que disfrutaba con la música, la literatura o el cine despreciaba a los músicos, escritores y actores. ¡Qué contradicción!

De poco sirve decir que el arte eleva y completa a una sociedad, que es alimento para el cerebro; que sin escritores ni músicos ni personas que se transformen delante de una cámara todos estaremos un poco más vacíos. No, esas palabras no resuenan, ni siquiera llegan a entenderlas del todo. Vivimos en el capitalismo, guste o no. Y hay que hablar su lenguaje.

Tal vez haya que decir que la cultura es un contenido que el cliente puede consumir. Que hay millones de personas dispuestas a pagar una cantidad determinada por ver películas o leer libros. Ese dinero no sólo va destinado a los artistas; detrás de ellos hay mucha gente.

Detrás de un libro hay un escritor, un editor, maquetador, corrector, fotógrafo, responsable de prensa, distribuidor, señor que conduce el camión que va a la librería y librero (seguro que me olvido a muchos otros eslabones). De todas esas personas, sólo una es un creador, sólo una trata de vivir de su hobby, la escritura. Pero ese hobby crea puestos de trabajo, que hoy escasean.

Lo mismo sucede con el cine y la música, a mayor escala. La cultura también es un negocio, también crea empleo, sus trabajadores pagan impuestos y contribuyen a que la rueda siga girando.

Aunque sólo fuera por eso, las administraciones deberían dar el apoyo que se merece. Un apoyo que no tiene que ser sólo económico. Puede ser cambiando el relato, diciendo a los estudiantes que es igual de bueno ser artista que empresario o abogado, construyendo una educación artística sólida y completa…

Y tal vez, en un futuro, un padre no tiemble si su hija le dice que quiere ser artista.