Lecturas de 2016

2016 ha sido el año en que he retomado la lectura, después una etapa en la que escasearon los libros y abundaron las notas de prensa.

He terminado 55 libros, uno por semana, más o menos. Y estoy satisfecho porque ha habido mucha variedad: novela “literaria”, fantasía, ensayo, ciencia ficción, relato… En cierto modo, he redescubierto muchos géneros y estilos que tenía olvidados. A mi edad, voy aprendiendo a disfrutar de los libros, y no a tratarlos como retos u obligaciones.

Comparto aquí los que, para mí, han sido los 5 mejores libros que he leído este año.

Agota Kristof, El gran cuaderno – Magnífica novela sobre dos niños bastante malvados durante la Segunda Guerra Mundial.

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Bill Bryson, Una breve historia de casi todo – Divulgación científica de calidad y con mucho humor británico.

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Brad Anderson, Elantris – Fantasía de la buena; como volver a la niñez, cuando no existía mundo fuera de las páginas de un libro.

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VV.AA., Mañana todavía – Colección de relatos de ciencia ficción escritos por autores españoles. Todos centrados en futuros posibles. Muy recomendable.

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Yuval Noah Harari, Sapiens – Una brillante y original (en el buen sentido) historia de la humanidad.

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El tiempo de las mujeres

Una alerta salta en los teletipos y pronto pasa a los diarios digitales, las radios y las redes sociales. El titular es siempre parecido: “Una mujer muere a manos de su ex pareja en XXX”. Comienza la cadena de reacciones, campañas en Twitter, manifestaciones, artículos (como éste). Comienza y termina. El ciclo es corto, menos de 48 horas. Hasta la siguiente mujer asesinada.

Es casi un lugar común comparar los asesinatos de mujeres con los de ETA y preguntarse qué ocurriría si la banda todavía matase a 50 personas cada año. Ya lo sabemos. Nada. Cuando ETA asesinaba a 1 persona a la semana, media España miraba a otro lado. Eran los años de la vergüenza, del “algo habrá hecho”. Duele recordarlo pero fue así. Se tardó demasiado en crear una conciencia social frente a los atentados. Mutatis mutandis, sucede igual en la violencia de género.

Sólo hay que dar un paseo por las redes después de un asesinato. Hay medios que dicen “una mujer ha muerto” en lugar de “ha sido asesinada”, hay quien rechaza el concepto de “terrorismo de género” porque lo de ETA fue mucho peor, hay periodistas (por llamarlos de alguna manera) para quienes la ley contra la violencia de género causa locura y ésta lleva al asesinato de mujeres. Y, por supuesto, está el tradicional racaraca de las denuncias falsas. Todo un rosario de frases y comportamientos que deberían avergonzarnos como ciudadanos pero que campan a sus anchas por la red.

En este vídeo de eldiario.es se desmontan algunos de esos mitos.

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Suele decirse decir que el asesinato de Ana Orantes supuso un cambio en la forma en la que los españoles veíamos la violencia de género. Concretamente, sirvió para que la viéramos. Lo que antes era un asunto doméstico, un crimen pasional, cosas que siempre han ocurrido, pasó a ser de dominio público. Los nombres de las mujeres salían en las noticias (nunca los de los hombres), poco a poco se modificó el tono con el que se informaba se convocaban concentraciones tras cada asesinato… Pero desde 1997 han sido asesinadas cientos de mujeres; en muchos casos, el hombre también ha matado a sus hijos.

Y aquí seguimos.

Cuatro décadas después del primer atentado de ETA, el rey presidía por primera vez el funeral por un asesinado. Sin embargo, todavía no hemos visto a ningún miembro de la “primera familia de España” consolar al hijo de una mujer asesinada por su pareja. Tampoco el ministro del Interior se trasladó a Cuenca para asistir al funeral por las 2 jóvenes asesinadas en el verano de 2015. Rajoy dijo en una rueda de prensa que los 2 asesinatos eran “una horrible tragedia” y envió todo su “afecto para las familias y amigos”.

¿Serviría la presencia de las autoridades en los funerales para detener los asesinatos? No. Pero sería una señal de que este Gobierno se preocupa de verdad por la seguridad de las mujeres. Lo cierto es que no es su prioridad. En un folleto que parece sacado del franquismo, daba algunos consejos a las mujeres para no ser violadas. También el área de Igualdad del PP aseguraba que “ser promiscua” y tener relaciones tempranas son un un “factor de riesgo” para des maltratadas.

El peso de la culpa cae en las mujeres, una vez más. Son ellas quienes eligen a un maltratador, quienes dan “motivos”, quienes aguantan, quienes callan… Son ellas quienes mueren. Lo que hay que hacer es prestar atención a un sistema que obliga a una chica a pedir ayuda para recoger la ropa de casa de su ex pareja por temor (fundado) a ser asesinada. Y cambiarlo.

Más de 50 asesinatos al año no son suficientes para que la conciencia nacida el día en que Ana Orantes fue calcinada se convierta en una verdadera acción política que ataje el goteo de asesinatos. Todos recordamos el secuestro de Miguel Ángel Blanco. Aquello caló en la sociedad, incluso los ciegos más voluntarioso comenzaron a abrir los ojos.

¿Qué atrocidad es necesaria para que el presidente del Gobierno hable a los españoles en directo y diga “Esta sangría se va a acabar”? ¿Qué hace falta para cerrar la boca a personas como Hermann Tertsch o Joaquín Leguina?

Tal vez los medios policiales no sean suficientes. Tal vez lo único que pueda hacerse es educar a los jóvenes, a los mismos que ven normal controlar a su pareja (ellos) y que su pareja de vez en cuando la insulte (ellas). Pero la educación lleva su tiempo.

Y muchas mujeres no lo tienen.

Las palabras de la abuela

Usted no me va a creer, pero mi madre jura que su madre estudió en una escuela. Antes se podía, dice.

Yo no conocí a mi abuela, murió dos días después de empezar la guerra, cuando cayó una bomba en la misma calle que recorría cada mañana para comprar el pan.

Está mayor, mi madre.

Lleva ya varias semanas en la cama, y cada vez la veo más pequeña. Su cuerpo ya sobra entre las sábanas y apenas siento su peso al levantarla. Su voz, sin embargo, sigue siendo fuerte, redonda.

Habla y habla de cosas imaginarias. Las mujeres nunca hemos ido a la escuela, ni falta que nos hace. El mundo nos necesita en casa, cuidando de los nuestros. Somos las guardianas del hogar.

Siempre ha sido así.

Los hombres sí que van a la escuela, y después a la escuela de mayores y cuando les sale barba… A veces siento pena por ellos. Mi hombre llega a casa por la noche, agotado y con las manos sucias.

—¿Cómo ha ido el día, mujer?— pregunta al sentarse a la mesa.

Y yo me siento mal por haber pasado horas felices con mis niños. A la pequeña le gusta ayudarme en la cocina y ya prepara una masa de harina que luego pongo al fuego. El mayor prefiere mirar desde la salita; pronto comenzará el curso y quedaremos la pequeña y yo, disfrutando la una de la otra.

Por las mañanas, mientras lavo a mi madre, ella insiste en sus falsos recuerdos. Dice que su madre trabajó un tiempo, antes de dar a luz. Y que sabía leer y escribir libros enteros, no sólo las palabras necesarias para ir al mercado. Yo no la creo. Son delirios de la fiebre, que la come día a día.

Yo no la creo pero a veces, a escondidas, abro uno de los libros de mi hijo y trato de comprender lo que en él han escrito otros hombres.

Poco a poco, pienso; poco a poco seré como mi abuela.

***

Relato participante en el concurso Historias de superación de Zendalibros