Zapatero, Cañizares y Hitchens

El expresidente Zapatero y el cardenal Cañizares “debatieron” el 28 de junio sobre humanismo en la Universidad de Ávila. Zapatero se considera agnóstico (quizá porque no se atrevió en su momento a declararse ateo) y Cañizares cree que el preservativo no ayuda a erradicar el sida en África y que los miles de niños violados por curas no son nada al lado de los millones de no nacidos porque sus madres han abortado.

A pesar de estas diferencias de opinión, ambos líderes (cada uno en lo suyo) llegaron a puntos de encuentro. El dialogo entre religiones, concluyeron, es positivo.

Discrepo.

Cualquier diálogo entre personas que creen en seres imaginarios está condenado al fracaso. Es un absurdo. No sé dónde leí que aceptar discutir de religión con un creyente no es muy diferente a aceptar discutir sobre la batalla de Austerlitz con alguien que se cree Napoleón. Me gusta la cita.

Pero luego escucho a Christopher Hitchens y dudo. A veces, hay quien sí sabe discutir con un creyente. Aquí dejo un vídeo (en inglés y subtitulado en español) con una selección de declaraciones suyas en debates y entrevistas.

Informe de la situación

A veces, me siento un abuelo. Suele ocurrir a la hora de comer y de cenar. Acostumbro a engullir las judías mientras veo el informativo y, claro, la comida se me atraganta. Cada día subo un escalón en mi indignación. Por cierto, una palabra bonita y necesaria a la que están vaciando de contenido.

Ahora resulta que vamos a ser parte de la Guerra de las Galaxias. El mismo señor que sacó las tropas de Irak cree que el escudo antimisiles es una buena idea. Hace unos años no pensaba lo mismo. Decía Úrsula Iguarán que “el tiempo pasa, pero no tanto”. Parecido podría decirse de Zapatero: todos cambiamos, pero no tanto.

Quien no ha cambiado nada es el señor Rajoy, también conocido como el-próximo-presidente-de-Españistán. A don Mariano le gusta Jarabe de Palo y por eso todo depende (pinchar para escuchar). ¿De qué? Es un misterio. Vamos a pasar de un presidente que incumple sus promesas a otro que ni siquiera se molesta en hacerlas.

Es la estrategia contraria a Rubalcaba. La versión castiza de Fouché promete el oro y el moro y lo hace sabiendo que tampoco va a romper su palabra. Los votantes no le darán la oportunidad.

Mientras, en la periferia de la política el cinismo y la hipocresía tiene nombre de mujer. La señora Aguirre se quedó en la caja de Pandora para recordarnos que ella siempre cae de pie, que al final sólo queda ella y que el resto somos unos fanáticos de Robespierre que deseamos hundir a escuela pública.

Igual de tranquilo que la antigua ministra de Cultura está el actual ministro de Fomento. El señor Blanco no tiene nada que ocultar, aquel día necesitaba echar gasolina y se encontró por casualidad con el señor Dorribo. Por supuesto, es inocente. Pero lo más asombroso es que los ciudadanos no pidamos a gritos su dimisión. ¿Será que no nos sorprende?

Por cierto que todo está relacionado y quien ha destapado este caso (inventado, digo: don Pepiño es tan puro como su apellido) es el mismo que ha escrito un mamotreto sobre Robespierre, el Terror y los peligros del 15M. A la presentación del mejor libro escrito desde Hamlet (palabra de Pérez-Reverte) acudió la flor, nata y caspa de la política de Españistán. Así se entiende todo.

Hay más motivos para que se me atragante la comida, pero ahora prefiero olvidarlos. No me culpen. ¿No es acaso el olvido el deporte nacional?

Jueces para la Democracia contra la reforma de la CE

Copio y pego el texto escrito por Jueces para la Democracia sobre la reforma constitucional impulsada (o impuesta) por PP y PSOE.

“Ante el anuncio de la reforma de la Constitución que se ha producido sorpresivamente en estos días, JUECES PARA LA DEMOCRACIA quiere manifestar públicamente su rechazo a la precipitada alteración de nuestra norma básica de convivencia.

Los textos constitucionales no son simples leyes que configuren opciones económicas coyunturales. Son el fundamento y motivo de la conformación de un grupo humano como sociedad democrática en la que es la ciudadanía la que se dota de unas normas de juego básicas rectoras de la vida en común y dentro de las que deben pugnar las distintas propuestas y opciones políticas. Por ello, es fundamental que sean producto del consenso ciudadano. Su función no es sólo regular aspectos concretos de la organización política o económica, sino fundamentar esa propia organización, ser la fuente y el límite de futuras decisiones. Los partidos políticos son instituciones políticas fundamentales de representación democrática, pero no pueden pretender suplantar la totalidad de la participación social. Los debates públicos en los que participan múltiples agentes sociales, son los que permiten construir consensos y hablar de ciudadanía y no de súbditos. Los debates de calado precisan de tiempo para escuchar las voces diversas, sopesar sus aportaciones y decidir de una forma libre y consciente.

Se ha propuesto una reforma por sorpresa, en período estival y de forma precipitada, marcando plazos imposibles y con negociaciones opacas sólo participadas por las cúpulas de dos partidos. Esos dos partidos ostentan legitimidad democrática para lo que han resultado elegidos, pero no pueden arrogarse la totalidad de la voluntad de quienes votaron. Representar no es sustituir completamente la voluntad de quien es representado. Estas formas han impedido que conozcamos los motivos concretos de la reforma, el texto completo de la misma con tiempo para su análisis, y las opciones alternativas que se pudieran presentar. Ni siquiera se ha respetado a las Cortes Generales como lugar de debate, imponiendo a las mismas el voto disciplinado a ciegas de las opciones. El debate en las cámaras no tiene sólo la función de convencer a los grupos parlamentarios, permite que la totalidad de la sociedad contemple los argumentos que cada opción presenta. Cuando el debate es una mera verificación de lo preacordado, a espaldas de las propias organizaciones políticas, por algunas personas de la dirección de cada partido, se vacía peligrosamente de contenido la función democrática de las Cámaras.

La democracia debe reconquistar la economía, la política debe reocupar sus espacios en las decisiones económicas. Cuando hace unos años estalló la actual crisis financiera, muchas voces autorizadas hablaron de la necesidad de revisar las decisiones de desregulación económica y liberalización de unos mercados instalados en la impunidad del derroche y la ganancia privada desmedida. Tras entregar grandes recursos públicos en rescate de instituciones privadas, la desmemoria se ha instalado a sorprendente velocidad. Las decisiones económicas aparecen nuevamente abocadas a un discurso de necesidad indiscutible. Nos cuentan, de nuevo, que los Mercados exigen reformas que la población no puede discutir, que requieren sacrificios que no pueden cuestionarse. Decidir qué hacemos con las políticas presupuestarias, fiscales o económicas en general, permite múltiples respuestas. Pero lo propuesto no es una política económica a votar por la ciudadanía, sino elevar una determinada opción económica de corte neoliberal a definidora de nuestro marco permanente de convivencia. Se pretende expulsar y marginar a legítimas opciones económicas del campo de juego, no por explicar los motivos contrarios a ellas, sino para contentar exigencias mercantiles de quienes siguen apostando por campar a sus anchas en un descontrolado mercado de ganancias ciegas e injusticias bien visibles.

En consecuencia, JpD rechaza que se banalice el valor y significado de la Constitución, que se juegue con ella a espaldas de la ciudadanía suplantando a los propios representantes políticos, y se nos pretenda imponer como única opción posible una determinada orientación de política económica. Todo ello, con el objetivo último de contentar los intereses concretos de quienes se esconden detrás de los supuestos Mercados”