Sobre los peligros de la moderación salarial

Un empresario puede querer que los salarios de sus trabajadores bajen y así pueda él tener más dinero para invertir y mejorar su empresa. Pero a la vez querrá que el resto de trabajadores de otros empresarios cobren más, porque a alguien hay que venderle los productos. Sin embargo, como el sistema económico es caótico lo que sucede en realidad es que todos los empresarios proponen la bajada de salarios, lo que hace que todos los trabajadores en conjunto cobren menos y por lo tanto tengan menor capacidad de compra conjunta. Entonces los empresarios en su conjunto también venden menos e incluso pueden tener pérdidas porque antes vendían a los trabajadores de otras empresas… a los cuales también les han bajado los sueldos. El sistema entra en crisis a través de lo que se llama una “crisis de demanda”.

Cuando se produce una crisis de demanda lo primero que deja de comprarse son los bienes duraderos (electrodomésticos, coches, etc.) y los bienes de lujo, ya que son los que se necesitan menos. Las empresas de esos sectores empiezan a tener pérdidas y despiden trabajadores, lo que agudiza el problema porque también esos trabajadores dejan de consumir en otras empresas. La crisis se extiende y al final invade toda la economía.

La cuestión salarial es de mayor importancia cuando hablamos de las pequeñas y medianas empresas, porque éstas operan fundamentalmente en el mercado interno. Por el contrario las grandes empresas operan en el mercado internacional, lo que significa que puedan escapar del efecto perjudicial de la bajada de salarios.

En definitiva, las medidas neoliberales machacan a las pequeñas y medianas empresas (que son las que crean la mayor parte del empleo: en torno al 70 u 80%), porque deprimen la demanda que les permite vender sus productos y servicios, pero favorecen a las grandes empresas que siguen haciendo beneficios fuera del país y tienen menores costes salariales que soportar.

Más en este clarificador artículo de Alberto Garzón.

La codicia

“Es fácil ganar dinero si lo único que se quiere es ganar dinero”. No recuerdo dónde leí esta frase pero me ha venido a la cabeza al leer este artículo de Carlos García Gual en Babelia. Allí escribe: “La educación es mucho más que prepararse para el éxito económico (y más cuando ni siquiera garantiza éste).” No puedo estar más de acuerdo.

Es tentador relacionar este artículo y esta frase con la deriva de la mayoría de los estados europeos. Hay quienes pretenden gobernar un país como si fuera una empresa. Una gran fábrica cuyo único objetivo es producir beneficios. Los trabajadores, por supuesto, somos los ciudadanos; ellos (la clase política, digo) serían los administradores, directores, gerentes y demás gente trajeada. Pero me surge una duda: ¿quién es el dueño?

No. Por mucho que se empeñen, un país no es una empresa.

Tampoco es una familia (comparación absurda pero eficaz por su simplismo). Porque, llevando este símil al absurdo, ahora está mal visto que los padres peguen a sus hijos y sin embargo los ciudadanos recibimos palos cada semana; tampoco ahora es usual que los hijos se independicen pronto sino que chupan del sueldo paterno, pero el Estado da cada vez menos prestaciones.

El objetivo de un país, vuelvo a la idea inicial, no es ganar dinero. El dinero es un medio para lograr el bienestar de los ciudadanos. Ése es el fin último de un estado. Pero debe ser un fin bien entendido. Demasiadas veces se ha confundido el ansia imperialista con el bienestar de los ciudadanos; los delirios de grandeza de un gobernante con la satisfacción de los ciudadanos; la codicia de la clase empresarial con las necesidades de los ciudadanos.

En realidad, la mayoría de la población necesitamos muy poco: trabajo digno, casa digna y un dinero extra para permitirnos un capricho de cuando en cuando. No es mucho.

Sucede que hemos perdido el norte (o nos han pisoteado la brújula) y hemos dejado que el afán de unos pocos por el dinero llevara a muchos si no a la ruina a una situación no querida. Y estamos dejando -a nuestro pesar, pero estamos dejando- que el FMI y los malditos mercados financieros conviertan a Europa en un zombi para volver a ganar los kilos de grasa y codicia que perdieron en 2008.

Es fácil ganar dinero si lo único que se quiere es ganar dinero. Hemos visto ejemplos suficientes durante los últimos años. Pero sólo se logra llenando el armario de cadáveres. Los nuestros.

Casi 5 millones

El gobierno ha vuelto a cambiar de slogan. Si hace unas semanas repetía eso de que “España no es Portugal”, ahora promete que no llegaremos a 5 millones de parados. Pero es difícil creer en las palabras de este gobierno. Por mucho que se intente, 4.910.200 está muy cerca de 5 millones.

Es sólo una cifra simbólica; poco importa ya (salvo para el que lo sufre) un parado más o menos. Pero de alguna forma se piensa que superar la barrera de los 5 millones es admitir la derrota. Y entonces, con las defensas por los suelos, quizá España tomaría el camino de irlanda, Grecia o Portugal.

El dato de la EPA viene a recordar a los que estaban demasiado pendientes de las monarquías ajenas, de las propias, de partidos de fútbol que se repiten semana tras semana, de sucesiones inútiles, de ganar o perder elecciones… viene a recordarnos a todos que la crisis no ha terminado.

Porque a veces parece que sí. Parece que la crisis es una enfermedad crónica, que molesta de vez en cuando pero que se puede sobrellevar con la medicación adecuada.

Pero no. Ni la crisis ha terminado, ni la medicación es la correcta. todavía nos quedan muchos achaques por delante, alguna visita al hospital y, me temo, un jarabe de sabor repugnante y efectos secundarios peligrosos.

El dato de la EPA también corrobora de que las medidas tomadas hasta ahora no han sido las correctas. Cada vez que el FMI y la gran banca, a través del Gobierno, recortaba derechos de los trabajadores y apretaba un poco más la soga de la que colgamos (casi) todos, se decía a los ciudadanos que era por nuestro bien, que era lo justo y necesario, que a la larga, sería beneficioso para todos.

Viñeta de Vergara

Pero resulta que las consecuencias de estas medidas -desaconsejadas por economistas de izquierda- se resumen en la palabra récord: récord de beneficios para grandes empresas como Telefónica y récord de parados.