Se acabó el timo de las operadoras

¿Cuánto cuesta un móvil? La mayoría de la gente responderá “depende de la compañía, de las promociones, de lo pesado que te pongas con los de atención al cliente…” En España, pocas personas han pagado un móvil a tocateja; tengo amigos que se sorprendieron cuando les dije lo que había pagado por mi Blackberry libre (y no digamos por mi iPhone): ni siquiera sabían cuánto costaba su terminal en la tienda.

Durante los últimos 15 años, las grandes operadoras han impuesto un sistema perverso, una trampa. Nos han engañado. Telefónica, Orange y Vodafone nos hacían creer que nos regalaban los terminales o que nos los dejaban a muy buen precio. En realidad, nos salía mucho más caro.

Es cierto que de entrada no pagabas mucho por el terminal, pero las cuotas y la permanencia acaban por sumar más que lo que costaba el aparato. Aquí se puede ver una comparativa entre distintas operadoras. En resumen, a largo plazo sale más barato comprar un iPhone 4S libre y contratar una Operadora Móvil Virtual (las low cost de las operadoras). ¿Cuánto te ahorras? En 2 años hasta 1600 euros.

Es curioso que este sistema haya funcionado con los móviles pero no con otros objetos. Estamos acostumbrados a pagar un ordenador al contado, o a plazos como mucho. Pero el ordenador es nuestro, no queremos estar atados a ninguna compañía. Phonehouse intentó poner en marcha este sistema: subvencionaba portátiles a cambio de permanencia. No funcionó.

Lo raro es que haya funcionado con los móviles. Quizá, porque desde el inicio han impuesto este sistema; no concebíamos otra forma de adquirir un móvil que no fuera así. Nos hemos cambiado de compañía en busca de mejores terminales, hemos amenazado a la gente de atención al cliente con irnos si no nos mejoraban las condiciones… No es sano.

Ahora Telefónica cambia de estrategia. Ya no “regalará” más móviles. Quien quiera un iPhone, que lo pague. ¿No puedes gastarte 500 euros de golpe? No pasa nada, te lo financiamos a interés cero. Ahora que, puestos a necesitar financiación, prefiero acudir a un banco; ellos se dedican precisamente a eso (siempre hay que elegir el original, no la copia).

El nuevo presidente de Telefónica dio una entrevista a El País hace unas semanas. Me pareció un tipo muy sensato. Luis Miguel Gilpérez se ha dado cuenta de que con su actual estrategia no consiguen fidelizar la cliente, sino atarlo con cadenas. Así no hay empresa que aguante, no a largo plazo. Selecciono algunas de sus palabras:

Si tú vas a un banco y les preguntas si tienen un producto más rentable te dicen: “Si es dinero nuevo, sí; si ya está aquí, no”. Eso no tiene sentido. Y en nuestra industria pasa lo mismo.

Estamos maltratando a nuestra base de clientes con ese tipo de medidas promocionales, por mucho que consigas captar. Los índices de satisfacción que hay en España están por debajo de otros países, probablemente porque no se está trabajando suficientemente para el cliente, sino para el potencial cliente.

No podemos seguir manteniendo la subvención en estos niveles, no es sano. Porque cuando tú compras un televisor o cualquier otro bien de consumo, lo pagas. Es mucho más higiénico que la gente pague el terminal y que los operadores inviertan en redes y servicio.

Es de suponer que, tras Telefónica, el resto de grandes compañías también cambien su estrategia. En un par de años, nadie “regalará” móviles. Entonces tal vez ocurra una cosa interesante: al desaparecer este incentivo para irse a Telefónica o Vodafone, las OMV jugarán en igualdad de condiciones; comprobaremos que sus tarifas son más baratas y crecerá su cartera de clientes. Las grandes operadoras se darán cuenta y también bajarán sus tarifas. Habrá algo parecido a la libre competencia.

Quizá entonces nos parezcamos al norte de Europa, donde no saben lo que es el establecimiento de llamada, las tarifas son tan bajas que nunca han hecho “perdidas” y los usuarios de móviles no se sienten estafados cada vez que reciben la factura (o no tanto).

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Actualización 21-03: Vodafone sigue los pasos de Telefónica

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Coda:

Aprovecho para decir que yo tengo contratado este servicio con Pepephone: 8’4 céntimos por minuto, 651 megas al mes y sin establecimiento de llamada. Que sí, que el nombre suena a broma, pero mi factura ya no me asusta. Ojalá en 2 años todos paguemos menos que hoy.

Capitalismo de estado: ¿un sistema deseable?

1.-

La semana pasada, The Econonomist publicaba un especial de veinte de páginas al sistema económico en alza: el capitalismo de estado. El semanario se define como “liberal” y al inicio del especial ya avisa que se opone a cualquier intervención de los gobiernos en el llamado mercado libre. Durante los últimos años he considerado que el capitalismo de estado no era un sistema deseable, aunque lo hacía por razones diferentes a las de The Economist. Sin embargo, a medida que leía el especial me han surgido algunas dudas. ¿Es posible que este sistema tenga más beneficios que desventajas? ¿Es preferible al libre mercado?

Veamos antes de qué hablamos cuando nos referirnos al capitalismo de estado. En el imaginario liberal, las empresas de un país trabajan en competitividad pura, sin intervención positiva o negativa del gobierno. Se rigen exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda; cada empresa busca el máximo beneficio y, al hacerlo, toda la sociedad se beneficia. Esta situación, sin embargo, es utópica. Los gobiernos intervienen siempre; la única diferencia es el grado y el modo. Ya desde el inicio del capitalismo, la corona británica impulsó la actividad de la Compañía de las Indias Orientales (otorgándole permiso exclusivo para ejercer el comercio en esta región durante 15 años); y hace muy poco que el actual símbolo del liberalismo ayudó a General Motors.

En oposición a este mito se encuentran aquellos estados que intervienen de forma clara en la marcha de las empresas. Hoy por hoy, Rusia y China encabezan la lista. En este último país el 80% de la capitalización de las empresas pertenece al estado; en Rusia la cifra supera el 60%. No es que el Kremlin eche un cable a empresas con problemas, es que posee y administra estas empresas.

De acuerdo con The Economist, el actual capitalismo de estado tuvo un triple origen.

a) En Singapur, Lee Kuan Yew impulsó durante los 40 años de mandato una mezcla entre capitalismo y valores asiáticos (familia y autoritarismo); así convirtió a su país en uno de los más competitivos del mundo (Deng Xiaoping imitaría este modelo en China).

b) Por otra parte, la crisis del petróleo de 1973 demostró que la energía podía utilizarse como un arma en las relaciones internacionales; su control iba a ser prioritario para muchos países.

c) Finalmente, la caída de la URSS y su posterior “ley de la selva” dejó en evidencia no los fallos del comunismo, sino los de ultraliberalismo (los oligarcas saquearon Rusia y la esperanza de vida descendió 6 puntos en un lustro); Vladimir Putin decidió que ciertos sectores debían estar en manos del Kremlin y trató de atar corto a los oligarcas (algunos, como Jodorkovsky, acabarían en la cárcel).

Con estos inicios, no es de extrañar que el capitalismo de estado suscite recelos. Rusia, China o la OPEP no son precisamente ejemplos a seguir en materias políticas, laborales o de derechos humanos. Sin embargo, no son los únicos que poseen y dirigen empresas esenciales. Francia posee el 85% de EDF, una compañía energética; Japón posee el 50% de Japan Tobacco, la tercera empresa tabaquera del mundo; un tercio de Deutsche Telekom es propiedad del Alemania; y Noruega, la filial del paraíso en la tierra, es dueña del 67% de la compañía de energía Sukoil. Hace unos meses, El País dedicaba un reportaje a este modelo:

El objetivo del Estado noruego ha sido obtener el máximo valor económico del sector en su conjunto en comparación con lo que podría obtener por la simple venta del gas y el petróleo. Nada más descubrir crudo, el Gobierno noruego redactó los diez mandamientos del sector, que decían que el petróleo era propiedad de los noruegos; que el Gobierno tendría el control y la gestión de las operaciones; que el país necesitaba crear una industria propia; que el sector debía ser respetuoso con el medio ambiente y que ese descubrimiento debía proporcionar a Noruega un papel eminente en política exterior. Los mandamientos se han cumplido.

La antítesis de Rusia es Brasil. En los 80 existían más de 500 empresas públicas; en los 90, sus dirigentes iniciaron una oleada de privatizaciones; Lula revirtió el proceso y hoy el estado controla el 38% de la capitalización de sus empresas. El capitalismo de estado brasileño se diferencia del ruso o chino en varios aspectos. El Estado no controla directamente las empresas, sino que lo hace a través de Banco Nacional de Desarrollo; tampoco posee la totalidad o la mayoría de las acciones, sino sólo una parte, la necesaria. Esto último presenta la ventaja de que limita la tentación de clientelismo y evita el uso de la empresa como arma o como estrategia de poder al tiempo que deja abierta la puerta a la ayuda estatal. Brasil también es uno de los pocos países que tiene una banca pública fuerte; gracias a ella, están saliendo de la crisis más rápido y con menos cicatrices que muchos países de Europa.

2.-

Según The Ecomonist, el capitalismo de estado es bueno para el estado pero malo para el libre comercio. A esto hay que responder que, en realidad, el libre comercio no existe. El propio semanario recuerda que el primer secretario del Tesoro de EEUU, Alexander Hamilton, puso en marcha un plan para impulsar la industria nacional, haciendo caso omiso de las prescripciones de Adam Smith. Hamilton comparaba a los países jóvenes con un niño; igual que se alimenta y protege a los hijos hasta que crecen, las economías en desarrollo necesitan protección y sustento para fortalecerse; sólo entonces pueden competir en los mercados mundiales. La actitud del incipiente estados unidos no es una excepción, sino la norma. El economista alemán Friedrich List afirmaba que los países ricos, una vez alcanzada la prosperidad gracias a la escalera del proteccionismo, le dan una patada a la escalera para que nadie más pueda alcanzarlos.

También se suele argumentar que el capitalismo de estado toma lo peor del capitalismo (explotación, conversión de las personas en trabajadores o consumidores) y lo peor del estado (corrupción, ineficacia, lentitud a la hora de innovar). Pero no es necesario que sea así. ¿Acaso no puede tomar lo mejor del capitalismo (producción masiva, innovación) y lo mejor del estado (preocupación por los ciudadanos y por el medio ambiente, respeto de derechos laborales, redistribución de beneficios…)? Hasta ahora los ejemplos del capitalismo de estado han sido Rusia y China. ¿Por qué no imitar a Noruega o Brasil?

Es cuestión de voluntad política. Uno de los sectores más propensos a ser administrados por el estado es la energía, seguido de las telecomunicaciones. Un estado puede utilizar el gas o del petróleo como arma (caso de Rusia con Gazprom), como herramienta de poder (las amenazas de la OPEP) o puede gestionar la empresa energética de forma que satisfaga las necesidades de sus habitantes por un precio más barato que el que ofrecerá una empresa privada (modelo noruego).

Parecido sucede con las telecomunicaciones. España decidió en su día vender Telefónica (por cierto, a un amigo del entonces presidente de Gobierno; ¿no quedamos en que el clientelismo era un mal exclusivo de la cosa pública?) y hoy miles de personas sufren sus servicios (no por nada se la suele llamar “Timofónica”). ¿Podría el estado ofrecer llamadas y datos a mejor precio que las operadoras tradicionales? Podría. ¿Perdería dinero? No.

Aquellos que duden de estas afirmaciones pueden acercarse a Mequinenza, donde el ayuntamiento se ha constituido en Operadora Móvil Virtual. A partir de este mes, quien quiera podrá contratar una línea con el ayuntamiento a precios más reducidos que los ofrecidos por el resto de compañías. Además, la intención del consistorio es alquilar la infraestructura municipal -repetidores, etc.- a otras compañías; con ello, esperan obtener un 15% de beneficio por la facturación de llamadas. ¿Imaginan un plan similar a escala nacional?

The Economist también dice que las empresas públicas son menos productivas. A este argumento se puede responder de dos formas:

a) A la cabeza de empresas hay que poner a profesionales, no a amigos de políticos (que, por otra parte, son quienes controlan muchas empresas privadas). China está aprendiendo a colocar al frente de sus empresas a personas que han estudiado en escuelas occidentales, no a comisarios políticos. Aquí podrían hacer lo mismo (aunque para eso tendría que cambiar la mentalidad política, y eso sí es mucho pedir).

c) ¿Qué más da si no son productivas? El objetivo de una empresa pública no es únicamente ganar dinero, el servicio que proporciona ya es un beneficio. Además, el (presunto) poco beneficio que reportase la empresa pública, iría a parar a las arcas del estado, no a manos privadas.

En definitiva, que el capitalismo de estado no tiene por qué ser un mal sistema. Depende de la calidad del estado que lo ponga en marcha y del uso que quiera dar a la empresa pública. Pero si algo podemos aprender de Vladimir Putin o Hu Jintao es que los países que controlan las actividades estratégicas (energía, comunicaciones, sistema financiero) son más poderosos. Si no se quiere nacionalizar Endesa o Telefónica por ideología, al menos debería hacerse por patriotismo.