La democracia desigual

Selecciono algunos párrafos del último artículo escrito por el economista de izquierdas Vicenç Navarro.

Existe una visión de la democracia que la considera el sistema político que iguala a todos los ciudadanos ante las urnas en el día de las elecciones. El voto del banquero, por ejemplo, cuenta tanto como el voto del trabajador. Es un voto por cabeza. Tal versión de la democracia está basada en unos supuestos altamente cuestionables. En España, el voto de una persona que viva y vote en territorios tradicionalmente conservadores, tiene mucho más valor en su capacidad de influenciar el proceso de gobernanza del país que una persona que viva y vote en un territorio tradicionalmente progresista. En otras palabras, el sistema electoral tiene un sesgo muy marcado que favorece a las derechas a costa de las izquierdas.

Y esto no ocurre por casualidad, pues responde a un diseño realizado en la época predemocrática, cuando la Asamblea del Movimiento Nacional puso como condición para su disolución que el proceso electoral tuviera un sesgo en contra de las izquierdas y muy en especial en contra del Partido Comunista que fue el partido clandestino que protagonizó la lucha contra la dictadura.

El segundo supuesto erróneo de la versión idealizada de nuestra democracia es asumir que los agentes limitadores de la democracia sean predominantemente externos. Pues bien, la banca española (no extranjera) ha sido el mayor poder fáctico (mayor que la Iglesia y el Ejército) que ha condicionado con mayor frecuencia e intensidad la acción de los gobernantes en España.

La enorme influencia de la banca se realiza no sólo directamente, actuando sobre los políticos, sino también indirectamente, a través de los medios de información sobre los cuales ejercen también gran poder. Los mayores medios de comunicación están altamente influenciados por la banca debido a su clara dependencia económica.

En realidad, lo que estamos viendo hoy es como el gobierno español está aplicando las medidas que la banca española y la gran patronal han estado deseando por muchos años utilizando el argumento de que la presión de una fuerza externa –los mercados- no permite otras políticas que las que se están realizando. No hay duda de que estas políticas se exacerbarán todavía más con el gobierno de derechas que ganó las elecciones legislativas este domingo.

La respuesta del PP y de economistas ultraliberales como Sala i Martín al hecho de que la economía española no se está recuperando, es que los recortes de gasto público (incluyendo el social) han sido demasiado pequeños y que las reformas laborales (encaminadas a facilitar el despido de los trabajadores) no han sido suficientemente duras. Tal postura carece de credibilidad científica. Es el triunfo del dogma sobre al evidencia empírica.

Por cada recorte que se está imponiendo a la población, existe una alternativa que ni se consideró y que habría afectado a los intereses de los sectores pudientes de la población en lugar de los sectores populares.

De ahí la enorme urgencia de informar a la población de que hay alternativas que favorecen a las últimas en lugar de a las primeras, rompiendo con el determinismo imperante de que las que se están imponiendo son las únicas posibles. Y una alternativa urgente y necesaria es democratizar el sistema electoral español para que las Cortes españolas defiendan los intereses de la mayoría de la población, lo cual no ha estado haciendo, resultado de la enorme desigualdad existente en la democracia española, causa del enorme desprestigio de la clase política del país.

Equo: el día después

1.-

Cada vez son más las voces que critican el actual sistema electoral y piden uno más proporcional, más representativo. Más justo, en definitiva.

Durante la jornada electoral de ayer se escribieron centenares de tweets sobre este asunto. Algunos simplemente afirmaban que el reparto de escaños no es equitativo; otros sugerían fórmulas alternativas y mostraban cómo quedaría el Parlamento de seguir sus propuestas. Hace varios meses desarrollé en este post un argumentario similar.

Es bueno que aumente el número de personas conscientes de que el sistema no es perfecto; es positivo tengamos espíritu crítico, que vayamos más allá de la queja y el pataleo y realicemos propongamos un modelo diferente. Es sano pero ¿hasta qué punto es útil?

Quiero pensar que llegará el día en que se modifique esa frase de la Constitución (“la circunscripción electoral es la provincia”). Quiero pensar que los partidos reconocerán que el sistema se diseñó con el objetivo de lograr gobiernos fuertes y limitar la presencia de partidos de izquierda en el parlamento. Quiero pensar todo esto pero me temo que es una utopía.

Lo ideal sería jugar en igualdad de condiciones, pero no va a ser así. Hay que aprender a jugar con las cartas dadas. Aprender a “aprovecharse” del sistema. (La idea de este post me la ha dado Sergio Barrejón)

2.-

Para empezar: ¿quien se beneficia de la ley electoral? Las formaciones que se presentan en pocas circunscripciones. El PNV se ha presentado en 3 provincias; Amauir en 4 (las vascas más Navarra); CiU y ERC en 4; Coalición Canaria en 2. Todos estos partidos logran más escaños de los que les correspondería en un sistema justo. (Izquierda Unida de Aragón ha sido consciente de esta realidad y la ha aprovechado; se ha coaligado con Chunta y juntos han logrado un escaño por Zaragoza)

Así pues, una clave es presentarse en pocas circunscripciones. ¿De qué le sirve a Equo tener candidatos en casi cada provincia cuando las encuestas sólo le prometían Valencia (en coalición con Compromís) y, como mucho, Madrid? ¿No hubiera sido mejor centrar los recursos en esas dos plazas?

Si en las siguientes elecciones generales Equo se centrase en las provincias con verdaderas oportunidades, las posibilidades de lograr escaño aumentarían. Estas provincias (yo apostaría por elegir un máximo de 3, para empezar) recibirían todo le dinero del partido. También los días de campaña podrían repartirse mejor. Y al tener más tiempo en cada ciudad, es más fácil aparecer en los medios de comunicación de masas (TV en especial) y darse a conocer al gran público (el mayor obstáculo de los partidos minoritarios).

3.-

Nos guste o no, la política es cada vez más personalista. Se vota al candidato, no al programa. Equo tiene un programa sólido, concreto y atractivo para un cierto público pero sólo tiene dos candidatos con cierta proyección pública. Y los dos se han presentado por Madrid. A mi juicio, han desperdiciado una oportunidad.

Entiendo que el cabeza de partido se presente en la capital pero ¿el segundo? Hay que recordar que Llamazares se ha presentado por Asturias, y no ha pasado nada. Es más: tanto Cayo Lara como él han logrado escaño. Tal vez Inés Sabanés debiera haberse presentado por ejemplo por Sevilla (que, después de Madrid, es la provincia que más votos ha dado a Equo).

Un ejemplo de este tirón del candidato en detrimento del programa lo hemos visto en Málaga. Allí se presentaba el economista Alberto Garzón por Izquierda Unida. Garzón es conocido bloguero y tuitero, también ha participado en varias ediciones de 59 segundos. Conozco a unas cuantas personas que no son votantes de Izquierda Unida pero que hubieran apoyado Alberto Garzón si se hubiera presentado por Zaragoza.

4.-

En resumen: Equo ha tratado de presentarse en el mayor número de provincias posibles pero ¿ha sido un acierto? A mi juicio, no. Si hubieran dedicado el mismo esfuerzo y dinero a promover dos candidatos, es posible que hubieran logrado entrar en el Congreso. (A pesar de que su coalición con Compromís ha logrado un escaño, en realidad el diputado es miembro de Compromís; no es lo mismo)

Supongo que es el eterno debate: hace años se discutía entre extender revolución o llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias en un país y, sólo entonces, intentarlo en el país vecino. Ahora hay que pensar qué es mejor para el movimiento que representa Equo: pelear en toda España o centrarse en unas pocas provincias. Soy de la opinión que los debates y trabajos de estudio deben realizarse a nivel estatal pero que en las elecciones hay que saber elegir las batallas.

Hoy Equo escribía en Facebook que tenían “reunión para analizar la situación y ver próximos pasos”. Como el PSOE, también esta formación debe hacer autocrítica sobre lo sucedido. Espero que estas reflexiones puedan servirles de ayuda.

Obviedades (no tan obvias) del sistema electoral

1.-

La mayoría de los ciudadanos no vamos a votar ni a Rubalcaba ni a Rajoy. Tampoco a Cayo Lara o Rosa Díez o Juantxo López de Uralde. ¿Por qué? Porque la mayoría de los ciudadanos reside fuera de la comunidad de Madrid.

Es una obviedad pero, como tantas otras, es necesario recordarlo. Hace unos días Jorge Romance escribía en su blog que los candidatos en realidad no son candidatos. Muy cierto. Alfredo Pérez Rubalcaba es el cabeza de la lista del PSOE por Madrid. Nada más. Y Mariano Rajoy es el cabeza de la lista del PP por Madrid. Esto significa que si el PSOE o el PP de Madrid lograra un único escaño, éste sería para Rubalcaba o Rajoy.

La sociedad ha asumido que estos cabezas de lista de la capital son los aspirantes a presidente del Gobierno. Y no tiene por qué. La Constitución dice que el Rey consultará con los grupos parlamentarios surgidos de las elecciones y propondrá un candidato. Esta persona debe cumplir dos requisitos: ser español y ser mayor de edad. Rubalcaba, Rajoy y millones de ciudadanos los cumplen.

Lo común es que los grupos parlamentarios propongan a sus líderes, es un pacto tácito. Pero podría no ser así. De hecho, el PP podría sugerir al rey el nombre de José María Aznar y, gracias a la probable mayoría absoluta, este señor podría volver a ser presidente.

2.-

También es común pensar que los diputados deben cumplir los deseos de la ciudadanía. Y no es así. Veamos por qué.

La Constitución reza:

Los miembros de las Cortes Generales no estarán ligados por mandato imperativo.

El mandato imperativo es una figura jurídica de los primeros tiempos del parlamentarismo. Este mandato obligaba a los representantes a seguir la voluntad de aquellos que les eligieron. Fue suprimido en la Revolución Francesa bajo el argumento de que los diputados representaban a la Nación, y la Nación no debe obedecer a nadie. En su momento fue una buena idea: así los diputados tenían libertad para legislar (algo que en aquellos años escaseaba). La pregunta es: ¿y ahora?

En la España actual rige el mandato representativo. En teoría los diputados son libres, pueden votar según su conciencia y nadie puede presionarlos o sancionarlos por votar en uno u otro sentido. Pero ya se sabe: en teoría funciona hasta el comunismo.

Bromas aparte, lo cierto es que hoy rige un peculiar mandato imperativo: el de las directivas de los partidos políticos. El diputado del PSOE por Zaragoza es, en principio, libre de apoyar o no las iniciativas de su grupo parlamentario. Pero en la práctica debe obedecer la disciplina de voto. Y quien no lo hace es castigado con una multa.

También existe un soterrado mandato imperativo cuando los diputados “barren para casa”, cuando quieren apoyar a sus ciudades, Comunidades Autónomas… Olvidan que representan a todos los ciudadanos, no sólo a los de su ciudad, no sólo a los de su comunidad, y no sólo a quienes les votaron.

Por estas razones, las listas abiertas son inútiles. Ya existen para el Senado y no cambian nada. ¿Quién conoce al diputado de su provincia? Y aun conociéndolo ¿de qué sirve, si va a votar lo que diga su partido?

3.-

La pregunta que surge al unir estas dos realidades (las listas y la disciplina de voto) es: ¿tiene sentido que existan tantos diputados? ¿Para qué queremos 150 diputados de un mismo partido si todos van a opinar igual? ¿No sería mejor que hubiera un diputado por partido y que su voto valiera más o menos según el apoyo recibido en las elecciones?

La contraargumentación es que los diputados son necesarios ya que constituyen la asamblea legislativa, de ellos nacen las leyes. De nuevo, en teoría sí. En teoría hay separación de poderes: las Cortes legislan y el Gobierno ejecuta estas leyes. Pero ¿se cumple? Da la impresión de que es el gobierno quien impulsa las leyes que luego son aprobadas por los diputados (que, claro está, deben votar siempre según las órdenes de su jefe). Eso, cuando no gobierna a golpe de decreto ley, sin pasar por las Cortes.

Por supuesto, no sugiero reducir a 5 o 6 el número de diputados. Es una exageración, pura retórica. No quiero diezmar el Congreso, pero sí sería bueno pararse a pensar en la contradicción entre ciertas costumbres y la ley.

Sólo entendiendo la divergencia entre teoría y realidad, comprendiendo cómo funciona el sistema de representación política podemos empezar a cambiarlo.

4.-

El 20 de noviembre sería bueno fijarse en los nombres que figuran en la papeleta que elijamos, para seguirles el rastro durante los próximos 4 años. No sea que en la fiesta de la democracia nos den garrafón.