Capitalismo de estado: ¿un sistema deseable?

1.-

La semana pasada, The Econonomist publicaba un especial de veinte de páginas al sistema económico en alza: el capitalismo de estado. El semanario se define como “liberal” y al inicio del especial ya avisa que se opone a cualquier intervención de los gobiernos en el llamado mercado libre. Durante los últimos años he considerado que el capitalismo de estado no era un sistema deseable, aunque lo hacía por razones diferentes a las de The Economist. Sin embargo, a medida que leía el especial me han surgido algunas dudas. ¿Es posible que este sistema tenga más beneficios que desventajas? ¿Es preferible al libre mercado?

Veamos antes de qué hablamos cuando nos referirnos al capitalismo de estado. En el imaginario liberal, las empresas de un país trabajan en competitividad pura, sin intervención positiva o negativa del gobierno. Se rigen exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda; cada empresa busca el máximo beneficio y, al hacerlo, toda la sociedad se beneficia. Esta situación, sin embargo, es utópica. Los gobiernos intervienen siempre; la única diferencia es el grado y el modo. Ya desde el inicio del capitalismo, la corona británica impulsó la actividad de la Compañía de las Indias Orientales (otorgándole permiso exclusivo para ejercer el comercio en esta región durante 15 años); y hace muy poco que el actual símbolo del liberalismo ayudó a General Motors.

En oposición a este mito se encuentran aquellos estados que intervienen de forma clara en la marcha de las empresas. Hoy por hoy, Rusia y China encabezan la lista. En este último país el 80% de la capitalización de las empresas pertenece al estado; en Rusia la cifra supera el 60%. No es que el Kremlin eche un cable a empresas con problemas, es que posee y administra estas empresas.

De acuerdo con The Economist, el actual capitalismo de estado tuvo un triple origen.

a) En Singapur, Lee Kuan Yew impulsó durante los 40 años de mandato una mezcla entre capitalismo y valores asiáticos (familia y autoritarismo); así convirtió a su país en uno de los más competitivos del mundo (Deng Xiaoping imitaría este modelo en China).

b) Por otra parte, la crisis del petróleo de 1973 demostró que la energía podía utilizarse como un arma en las relaciones internacionales; su control iba a ser prioritario para muchos países.

c) Finalmente, la caída de la URSS y su posterior “ley de la selva” dejó en evidencia no los fallos del comunismo, sino los de ultraliberalismo (los oligarcas saquearon Rusia y la esperanza de vida descendió 6 puntos en un lustro); Vladimir Putin decidió que ciertos sectores debían estar en manos del Kremlin y trató de atar corto a los oligarcas (algunos, como Jodorkovsky, acabarían en la cárcel).

Con estos inicios, no es de extrañar que el capitalismo de estado suscite recelos. Rusia, China o la OPEP no son precisamente ejemplos a seguir en materias políticas, laborales o de derechos humanos. Sin embargo, no son los únicos que poseen y dirigen empresas esenciales. Francia posee el 85% de EDF, una compañía energética; Japón posee el 50% de Japan Tobacco, la tercera empresa tabaquera del mundo; un tercio de Deutsche Telekom es propiedad del Alemania; y Noruega, la filial del paraíso en la tierra, es dueña del 67% de la compañía de energía Sukoil. Hace unos meses, El País dedicaba un reportaje a este modelo:

El objetivo del Estado noruego ha sido obtener el máximo valor económico del sector en su conjunto en comparación con lo que podría obtener por la simple venta del gas y el petróleo. Nada más descubrir crudo, el Gobierno noruego redactó los diez mandamientos del sector, que decían que el petróleo era propiedad de los noruegos; que el Gobierno tendría el control y la gestión de las operaciones; que el país necesitaba crear una industria propia; que el sector debía ser respetuoso con el medio ambiente y que ese descubrimiento debía proporcionar a Noruega un papel eminente en política exterior. Los mandamientos se han cumplido.

La antítesis de Rusia es Brasil. En los 80 existían más de 500 empresas públicas; en los 90, sus dirigentes iniciaron una oleada de privatizaciones; Lula revirtió el proceso y hoy el estado controla el 38% de la capitalización de sus empresas. El capitalismo de estado brasileño se diferencia del ruso o chino en varios aspectos. El Estado no controla directamente las empresas, sino que lo hace a través de Banco Nacional de Desarrollo; tampoco posee la totalidad o la mayoría de las acciones, sino sólo una parte, la necesaria. Esto último presenta la ventaja de que limita la tentación de clientelismo y evita el uso de la empresa como arma o como estrategia de poder al tiempo que deja abierta la puerta a la ayuda estatal. Brasil también es uno de los pocos países que tiene una banca pública fuerte; gracias a ella, están saliendo de la crisis más rápido y con menos cicatrices que muchos países de Europa.

2.-

Según The Ecomonist, el capitalismo de estado es bueno para el estado pero malo para el libre comercio. A esto hay que responder que, en realidad, el libre comercio no existe. El propio semanario recuerda que el primer secretario del Tesoro de EEUU, Alexander Hamilton, puso en marcha un plan para impulsar la industria nacional, haciendo caso omiso de las prescripciones de Adam Smith. Hamilton comparaba a los países jóvenes con un niño; igual que se alimenta y protege a los hijos hasta que crecen, las economías en desarrollo necesitan protección y sustento para fortalecerse; sólo entonces pueden competir en los mercados mundiales. La actitud del incipiente estados unidos no es una excepción, sino la norma. El economista alemán Friedrich List afirmaba que los países ricos, una vez alcanzada la prosperidad gracias a la escalera del proteccionismo, le dan una patada a la escalera para que nadie más pueda alcanzarlos.

También se suele argumentar que el capitalismo de estado toma lo peor del capitalismo (explotación, conversión de las personas en trabajadores o consumidores) y lo peor del estado (corrupción, ineficacia, lentitud a la hora de innovar). Pero no es necesario que sea así. ¿Acaso no puede tomar lo mejor del capitalismo (producción masiva, innovación) y lo mejor del estado (preocupación por los ciudadanos y por el medio ambiente, respeto de derechos laborales, redistribución de beneficios…)? Hasta ahora los ejemplos del capitalismo de estado han sido Rusia y China. ¿Por qué no imitar a Noruega o Brasil?

Es cuestión de voluntad política. Uno de los sectores más propensos a ser administrados por el estado es la energía, seguido de las telecomunicaciones. Un estado puede utilizar el gas o del petróleo como arma (caso de Rusia con Gazprom), como herramienta de poder (las amenazas de la OPEP) o puede gestionar la empresa energética de forma que satisfaga las necesidades de sus habitantes por un precio más barato que el que ofrecerá una empresa privada (modelo noruego).

Parecido sucede con las telecomunicaciones. España decidió en su día vender Telefónica (por cierto, a un amigo del entonces presidente de Gobierno; ¿no quedamos en que el clientelismo era un mal exclusivo de la cosa pública?) y hoy miles de personas sufren sus servicios (no por nada se la suele llamar “Timofónica”). ¿Podría el estado ofrecer llamadas y datos a mejor precio que las operadoras tradicionales? Podría. ¿Perdería dinero? No.

Aquellos que duden de estas afirmaciones pueden acercarse a Mequinenza, donde el ayuntamiento se ha constituido en Operadora Móvil Virtual. A partir de este mes, quien quiera podrá contratar una línea con el ayuntamiento a precios más reducidos que los ofrecidos por el resto de compañías. Además, la intención del consistorio es alquilar la infraestructura municipal -repetidores, etc.- a otras compañías; con ello, esperan obtener un 15% de beneficio por la facturación de llamadas. ¿Imaginan un plan similar a escala nacional?

The Economist también dice que las empresas públicas son menos productivas. A este argumento se puede responder de dos formas:

a) A la cabeza de empresas hay que poner a profesionales, no a amigos de políticos (que, por otra parte, son quienes controlan muchas empresas privadas). China está aprendiendo a colocar al frente de sus empresas a personas que han estudiado en escuelas occidentales, no a comisarios políticos. Aquí podrían hacer lo mismo (aunque para eso tendría que cambiar la mentalidad política, y eso sí es mucho pedir).

c) ¿Qué más da si no son productivas? El objetivo de una empresa pública no es únicamente ganar dinero, el servicio que proporciona ya es un beneficio. Además, el (presunto) poco beneficio que reportase la empresa pública, iría a parar a las arcas del estado, no a manos privadas.

En definitiva, que el capitalismo de estado no tiene por qué ser un mal sistema. Depende de la calidad del estado que lo ponga en marcha y del uso que quiera dar a la empresa pública. Pero si algo podemos aprender de Vladimir Putin o Hu Jintao es que los países que controlan las actividades estratégicas (energía, comunicaciones, sistema financiero) son más poderosos. Si no se quiere nacionalizar Endesa o Telefónica por ideología, al menos debería hacerse por patriotismo.

Que vienen los rojos

En menos de 24 horas he recibido informaciones muy diferentes sobre el miedo a los comunistas. Primero a través del blog de Pascual Serrano. El periodista transcribe unas declaraciones de una congresista de Estados Unidos: “¿De dónde proviene esta idea de que todo el mundo merece una educación gratuita, atención médica gratuita, libre de lo que sea? Viene de Moscú, de Rusia. Viene directamente de la boca del infierno”.

Estamos en 2011, por si alguien lo ha olvidado. El muro de Berlín ha caído, las políticas marxistas se refieren a Groucho y las ideas del alemán sólo sobreviven a duras penas en una isla calurosa. Y, aún así, hay quien utiliza el comunismo para atemorizar, ahuyentar la tentación de alcanzar o mantener el estado de bienestar y llenarse los bolsillos (pues si no hay educación pública, es privada; y ya sabemos quién se beneficia de estas cosas)

También desde la ficción me llegan ecos del odio al comunismo. En 1989, Costa Gavras rodó La caja de música, una película en la que se acusa a un anciano de haber pertenecido a las SS húngaras durante la Segunda Guerra Mundial, antes de emigrar a Estados Unidos. Sus supuestos crímenes son atroces. Como testigos, el fiscal hace subir al estrado a supervivientes de sus cacerías. Y la clave de la abogada para descalificarlos es, pura y simplemente, insinuar que simpatizan con el gobierno comunista de Hungría.

Eran otros tiempos, sí. Pero no deja de resultarme extraño que se considerase peor abogar y luchar por un mundo sin clases sociales que por un mundo sin judíos, gitanos, homosexuales y discapacitados (y seguro que me dejo algún colectivo por el camino). Fallaron en el intento, sí. Pero, como dice el chiste, ni el comunismo era tan malo ni el capitalismo tan bueno.

Hoy ya no se dice que los comunistas se comen a los niños pero sigue sin verse bien ciertas ideas. Hace una semana el dictador de Túnez huyó del país. Como bien recordó, una vez más, Pascual Serrano, sólo entonces los medios le llamaron dictador (y no todos, y no tantas veces). Los dictadores son los otros. Castro, Chávez, Evo Morales… En cambio, todos esos países del norte dde África tan bonitos y exóticos son democracias ejemplares ¿O no?

No seré yo quien defienda a capa y espada el sistema cubano (ya hablé una vez de su extraño funcionamiento) pero sí lo haré frente a otros modelos. El racista de Israel, el clasista de Estados Unidos, la cleptocracia de Rusia, la teocracia de Irán…

De nuevo, recurro al velo de ignorancia. Si naces pobre, con serios problemas médicos y no te educan en la religión oficial, ¿en qué país de los citados prefieres vivir?

He escrito este post para tratar de responder a una pregunta: ¿por qué se sigue temiendo y odiando al comunismo? No he logrado mi propósito.

 

Actualización 31-01-2011

Gracias a un tweet de Raúl Sensato encuentro una posible respuesta a la pregunta anterior. La da el filósofo Slavoj Zizek. En este artículo dice:

¿De dónde brota la fuerza de esta resurrección del anticomunismo? ¿Por qué resucitan los viejos fantasmas en países donde buena parte de la juventud ni siquiera recuerda los tiempos del comunismo? El nuevo anticomunismo da una respuesta sencilla a la pregunta: “Si el capitalismo es realmente tanto mejor que el socialismo, ¿por qué entonces llevamos una vida tan miserable?”