Cuarto Poder, documental sobre manipulación mediática

La desinformación es cuestión de grado. Todos estamos manipulados, unos más que otros. Yo no me considero totalmente libre, pero sí creo que estoy mejor informado que hace 10 años; y dentro de otros 10 espero romper alguna de esas cadenas invisibles que me todavía atenazan. No sé si será posible.

La verdadera manipulación es la que no se nota, la invisible, la sutil. Por eso es tan difícil luchar contra ella. ¿Cómo puedes luchar contra un veneno que carece de forma definida, del que nadie admite su existencia y a la vez te animan a tomarlo como si fuera vino de calidad?

El Roto, viñeta publicada en El País

Lo primero, por supuesto, es admitir su presencia y sus efectos en nuestra forma de pensar. Ninguno queremos admitir que hemos sido engañados, que nuestra ideología no es nuestra, sino que -como en la película Origen- ha sido plantada en nuestra mente. Una vez admitido el problema, es posible encontrar una solución.

El siguiente paso es averiguar las técnicas de esta manipulación. Noam Chomsky ya las catalogó hace unos años. Puede resultar interesante leer un periódico o ver un informativo con ellas en la mano.

El Roto, viñeta publicada en El País

De todo esto se habla en este documental, titulado Cuarto Poder. Está producido por el colectivo Tres y un Perro, un grupo de personas que pretende “transformar nuestra realidad económica, política y social, derribando los mitos, los prejuicios y las certidumbres sobre las que se asienta”.

En el prólogo, diferentes personas opinan sobre la situación de los medios, la credibilidad que les otorgan y sobre Hugo Chávez, actual presidente de Venezuela. No es un capricho: su caso es un claro ejemplo de manipulación y desinformación.

El Roto, viñeta publicada en El País

A los conversos, buena parte de lo que se dice en este documental les resultará conocido; también habrán leído textos de algunas de las personas que aparecen (como Pascual Serrano). En realidad, no va destinado a ellos.

El público de Cuarto Poder es el que ve los informativos de Antena 3 y cree que que informan, el que piensa que Chávez quiere “perpetuarse en el poder”, el que siente pena por los israelíes y no por los palestinos, el que ignora las relaciones entre los grandes grupos de comunicación, el que todavía no sabe qué une a PRISA con el PSOE de los 80 y 90, qué une a Mediapro con el PSOE del siglo XXI… El que, salvando las distancias, todavía vive en Matrix.

¿Hay solución? Sí. Cuesta tiempo y esfuerzo, pero es posible informarse de forma digna. La clave está en ver diferentes informativos, leer diferentes periódicos, navegar mucho por internet, preguntarse por las razones de la presencia una noticia frente a la ausencia de otra.

Un primer paso puede ser ver este documental:

Sus extras también son muy interesantes.

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Coda:

Y nunca hay que bajar la guardia

El Roto, viñeta publicada en El País

Radical

La RAE define “radical” de diversos modos:

  1. Perteneciente o relativo a la raíz.
  2. Fundamental, de raíz.
  3. Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático.
  4. Extremoso, tajante, intransigente.

Me han llamado radical muchas veces, y cada vez con más frecuencia. Cuando lo hacen, me siento elogiado e insultado a partes iguales. Me duele porque sé que utilizan el adjetivo de forma despectiva, como si fuera una cualidad negativa. Y me siento halagado al pensar que cada vez tengo las ideas más claras y me da  menos reparo exponerlas. Aunque no sea del todo cierto.

No me considero radical. No me considero extremista ni intransigente, aunque muchas veces -sobre todo en una conversación- pueda marcar mis ideas con contundencia. Pienso en lo escrito en este blog y creo que las ideas son relativamente moderadas y están desarrolladas desde varios puntos de vista (¿cuántos blogueros de izquierda escribieron ayer que la suspensión de Garzón, aunque dolorosa, es justa). Entonces se me ocurre: si dicen que yo soy un radical, ¿no será que los demás están demasiado centrados?

Quizá ésa sea la estrategia. Pervertir la palabra, robarle su valiente significado (recuerden la segunda acepción de la RAE) y otorgarle uno mucho más negativo. No en balde los medios llaman “radicales” a los miembros de la kale borroka o a los simpatizantes de Batasuna o Al Qaeda.

No es una estrategia nueva. Empiezan por robarnos el lenguaje y terminan por robarnos el futuro y la esperanza. ¿Hace falta recurrir a la neolengua de Orwell?

Así que doy un paso al frente y me declaro radical. Y grito que los problemas del mundo no son coyunturales sino sistémicos; que hay que construir el edificio desde los cimientos; que nos roban cada día que pasa; que no quieren argumentos, que usan la fuerza; que el sistema no funciona; que compran nuestras conciencias a precio de saldo; que la realidad se camufla y se oculta por los mismos que deben sacarla a la luz; que el poderoso caballero sigue sesgando cabezas con su espada; que hay que galopar hasta enterrarlos en el mar; que los tiempos nos están cambiando; que la política asquea; que la economía esclaviza; que la poesía, desgraciadamente, ya no es un arma; que tenemos que plantarnos y decir no; que estamos tocando el fondo; muchos, cuantos más mejor; y que lo vamos a perder todo.

Espero no gritar en el desierto. No quiero ser el único radical. No creo serlo. Quizá hay muchos que lo son, y no lo saben. Quizá necesitemos un Neo, que nos desconecte de Matrix.

Si lo piensas dos veces, te pueden llamar Bertolt Brecht

Todos hemos sufrido los efectos de la educación. Desde los 4 años, la escuela nos inyecta un sistema de pensamiento, unos modos de vida, una jerarquía de valores. A medida que avanzamos cursos memorizamos datos, fechas y nombres. Aprendemos historia, literatura, geografía. Los colegios públicos -se supone- educan en valores laicos y los privados en los fundamentos de la religión.

A los 18 años somos clones. Lo aprendido en la niñez y adolescencia -y no me refiero sólo a la lista de los Austrias o la tabla de los elementos- ha calado en nuestra mente.

Como escribió José Agustín Goytisolo:

Trabaja niño, no te pienses
que sin dinero vivirás.
Junta el esfuerzo y el ahorro
ábrete paso, ya verás,
como la vida te depara
buenos momentos, te alzarás
sobre los pobres y mezquinos
que no han sabido descollar.

No es posible implantar la igualdad entre hombre y mujer si de pequeños cantábamos aquello de:

Lunes antes de almorzar,
una niña fue a jugar
pero no pudo jugar
porque tenía que lavar
Así lavaba, así, así,

Una vez terminada la educación oficial viene la deseducación. El que la quiera, por supuesto.

Y quizá descubramos que los moros no eran tan malos como decían; que estuvieron 800 años en esto que ahora se llama España y no fue para tanto; aún más, que aportaron muchas cosas a la cultura y la ciencia, a la civilización. ¿Fue entonces positiva la Reconquista? Ay, asalta la primera duda.

Isabel la Católica expulsó a los judíos, dicen en la escuela. Claro, no eran españoles, piensa el alumno. Pero poco enseñan que este destierro acabó con la clase media y, a la larga, llevó al proverbial atraso de España y, si nos ponemos, a la Guerra Civil. Y su cruz sigue siendo el mayor honor que alguien puede recibir. Y Hitler era muy malo, pero Isabel muy buena…

La Guerra de la Independencia, ¿fue beneficiosa? Cada año celebramos sus batallas, y recordamos a los “héroes”. ¿Pero no sucede ahora algo parecido en Irak? Ojo del escolar que se atreva a comparar a Palafox con Al Sader…

España fue un imperio, en sus territorios no se ponía el Sol. ¿Y nos debemos enorgullecer por ello?

La historia, lo sabemos, la escriben los vencedores. Pero la repiten como papagayos los maestros de escuela.

Cuesta trabajo deseducarse, liberar la mente de los corsés impuestos como verdades absolutas, repetidos a lo largo de los años por los medios de comunicación, la familia, el cine, la iglesia.

Yo intento deseducarme poco a poco: libro a libro, canción a canción, persona a persona. Lo que en un principio te parece de extremistas desfasados tiene sentido al poco tiempo, las revoluciones no lo son tanto y lo obvio es cada vez más dudoso.

Durante los últimos meses he leído libros que me han mostrado un mundo diferente al que nos venden; he visto películas que revelaban lo que no quieren que sepamos; he escuchado canciones que vuelven a apelar a la extinta solidaridad. Y los radicales son los que van a la raíz del problema.

  • Desinformación, de Pasual Serrano
  • Espejos, de Eduardo Galeano
  • Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano
  • La doctrina del shock, de Naomi Klein
  • La corporación, de Mark Achbar
  • De igual a Igual, de León Gieco

Pequeñas aportaciones para ser más libre. Yo lo intento. Poco a poco. Me falta mucho. Pero ya estoy mejor.

Escribí este post en 2009 y lo publiqué en mi anterior blog. Me apetecía rescatarlo.