España en alquiler

Hubo un tiempo, durante el siglo XIX, en que cada partido que llegaba al poder perfilaba una España a su gusto. En 60 años se redactaron 9 constituciones. España era un cortijo, una casa de alquiler amueblada por cada dueño. En un momento dado, las cabezas pensantes se dieron cuenta de que eso no podía seguir así y acordaron turnarse en el poder sin cambiar la pintura de las paredes. Lo llamaron Restauración.

No hemos avanzado mucho. De hecho, casi parece que los actuales políticos han tomado lo peor de aquel sistema del siglo XIX y lo peor del turno de partidos. Ahora hay alternancia, que no alternativa. Y aun así, cada nuevo Gobierno arrasa con todo, hace limpieza y ordena el país a su capricho.

El último ejemplo lo hemos visto en el desmantelamiento de TVE. La Moncloa nombró a un gerente de hoteles para hacerse cargo de RTVE y, en efecto, se la va a cargar. No voy a entrar en si los de ahora eran pro-PSOE o anti-PP. Es casi lo de menos. Más preocupante me resulta que se considere normal que cada nuevo gobierno cambie a la cúpula de RTVE.

Tampoco es sólo en el Ente; hay cientos de personas que han sido relevadas de sus puestos tras el 20N, y cientos que han ocupado sus despachos. Directores de festivales de cine, gerentes de hospitales, jefes de policía, militares… ¿Por falta de profesionalidad? No. Simplemente, porque es lo que toca.

Durante los últimos meses hemos escuchado críticas al (para algunos) excesivo número de políticos; pero el verdadero problema viene de las personas no elegidas por los ciudadanos que esperan a que ganen “los suyos” para hacerse un hueco.

Un artículo de Víctor Lapuente, doctor en Ciencias Políticas en la Universidad de Oxford,  recogía un estudio sobre este asunto. Venía a decir que esta abundancia de cargos de confianza, este poner a los nuestros y quitar a los suyos cada 4 años es ineficiente y, además, fomenta la corrupción. Lo primero es de cajón: un profesional lleva 4 años al mando de un hospital o una empresa pública conoce sus ritmos, sus puntos fuertes, sus necesidades. Si es válido, ¿qué necesidad hay de cambiarle por otro? Y si no lo es, ¿por qué no fue destituido antes? ¿Sólo porque era “de los nuestros”?

En cuanto a la corrupción, el artículo (publicado en 2009 en El País) dice:

Las administraciones más proclives a la corrupción son aquéllas con un mayor número de empleados públicos que deben su cargo a un nombramiento político. Y aquí, el contraste entre España y los países europeos con niveles bajos de corrupción es significativo. En una ciudad europea de 100.000 a 500.000 habitantes puede haber, incluyendo al alcalde, dos o tres personas cuyo sueldo depende de que el partido X gane las elecciones. En España, el partido que controla un gobierno local puede nombrar multitud de altos cargos y asesores, y, a la vez, tejer una red de agencias y fundaciones con plena discreción en política de personal. En total, en una ciudad media española puede haber cientos de personas cuyos salarios dependen de que el partido X gane las elecciones.

Esto genera diversos incentivos perversos para la corrupción. Los empleados públicos con un horizonte laboral limitado por la incertidumbre de las próximas elecciones son más propensos a aceptar o a solicitar sobornos a cambio de tratos de favor que los empleados públicos con un contrato estable. En segundo lugar, a diferencia de lo que ocurre en la mayoría del mundo occidental, donde los políticos locales están forzados a tomar decisiones junto a funcionarios que estarían dispuestos a denunciar cualquier sospecha de trato de favor, en España toda la cadena de decisión de una política pública está en manos de personas que comparten un objetivo común: ganar las elecciones. Esto hace que se toleren con más facilidad los comportamientos ilícitos, y que, al haber mucho más en juego en las elecciones, las tentaciones para otorgar tratos de favor a cambio de financiación ilegal para el partido sean también más elevadas.

El ejemplo contrario a esta patrimonialización del Estado lo tenemos en el Reino Unido. Dentro de unas semanas el director general de la BBC dejará su puesto. Se llama Mark Thompson, lleva en el cargo desde 2004 y durante toda su vida ha trabajado en medios de comunicación (buena parte de su carrera la ha hecho en la propia BBC). Thompson fue nombrado bajo el gobierno de Blair, continuó con Gordon Brown y ha trabajado 2 años con David Cameron de primer ministro. No es destituido: se va porque piensa que ya ha cumplido una etapa. Tras conocerse su dimisión, la BBC publicó un anuncio en The Economist buscando sustituto.

Igual que aquí.

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Actualización 15-08-2012.

Víctor Lapuente vuelve a escribir otro artículo en El País donde reitera los argumentos expuestos en 2009. Claro que si entonces pasó más o menos desapaercibido, ahora sus palabras serán leídas con más atención. Selecciono algunos párrafos.

El problema más serio no es tanto que las personas nombradas políticamente sean menos “capaces” que los funcionarios de carrera, aunque eso también se puede dar, claro. El problema principal es que la existencia de un número elevado de cargos que dependen de la confianza de sus superiores políticos genera incentivos negativos en todos los niveles organizativos. Los que están arriba no tienen ni el tiempo ni los incentivos suficientes para invertir esfuerzos en adquirir los conocimientos adecuados para gestionar de forma eficiente el área bajo su dirección. Los que están abajo carecen de incentivos para dar lo mejor de sí mismos.

La diferencia clave entre España y otros países radica en el marco legislativo de su función pública. En primer lugar, las regulaciones en países como el nuestro admiten que un grueso número de niveles administrativos quede en manos de personal de confianza política. Por ejemplo, no tiene sentido que el gerente de un hospital sea elegido siguiendo un criterio político. Es decir, sufrimos una fuerte politización “desde arriba”.

En segundo lugar, padecemos también la denominada politización “desde abajo”; es decir, nuestros funcionarios pasan con enorme facilidad a desempeñar cargos de responsabilidad política. Váyase tranquilo a hacer carrera política que, si no le sale bien, podrá volver a su puesto de trabajo cuando lo desee, porque se lo vamos a guardar a modo de confortable red protectora. Irónicamente, los empleados que deberían mantener una mayor neutralidad política y prestar los servicios públicos de la forma más imparcial posible son aquellos que tienen más facilidades para hacer carrera política.

En definitiva, el problema de España no es solo que los partidos políticos hayan colonizado la Administración pública sino más bien que nuestra política está colonizada por administradores públicos. No es política lo que sobra en España, sino corporativismo.

El otro

Dice Tzvetan Todorov que la política consiste en reconciliar intereses divergentes. Para llevarla a cabo, pues, es necesario conocer y respetar esos intereses. Algo muy difícil. El primer paso es estar dispuesto a escuchar al otro. ¿Cuántos de nuestros políticos realmente se detienen a escuchar, entender y estudiar las opiniones de sus contrincantes? ¿Cuántos periodistas escriben siempre a favor de un partido y siempre en contra de otro? Está comprobado que tendemos a creer con más facilidad lo que está de acuerdo con lo que ya pensábamos previamente; y al contrario, a dudar de lo que choca con nuestro sistema de pensamiento. Por eso mismo es necesario realizar un esfuerzo extraordinario en algunas ocasiones.

Todos creemos estar en posesión de la verdad; son los demás quienes se equivocan. Incluso aunque cedamos en un debate en la sobremesa de un restaurante, al volver a casa siempre nos queda un resquicio de perverso pensamiento que dice: “Yo tengo razón”. La periodista Kathryn Schulz dio una charla en TED sobre este asunto. Se pregunta:

¿Qué se siente, emocionalmente, qué se siente estar equivocado? Es terrible, vergonzoso… No. Esa es la respuesta a otra pregunta. Es la respuesta a: ¿qué se siente al darse cuenta de estar equivocado? Pero no se siente nada al estar equivocado. Mejor dicho: sí se siente algo cuando se está equivocado; se siente como tener razón.

Creerse en lo cierto es pensar que las creencias de uno reflejan perfectamente la realidad. Lo primero que hacemos por lo general si alguien no está de acuerdo con nosotros es suponer que son ignorantes. Cuando eso no funciona, pasamos a una segunda suposición: son todos idiotas. Y cuando eso tampoco funciona -cuando resulta que la gente que está en desacuerdo tiene los mismos datos que nosotros y realmente son inteligentes- entonces pasamos a una tercera suposición: saben la verdad y la distorsionan deliberadamente para sus propios fines.

Lo admito: he caído en estas tres suposiciones. Es difícil quitarse ciertas armaduras mentales. Es difícil porque si admites que el otro puede tener razón todo se tambalea. Quizá se parezca, salvando las distancias, al vértigo que puede sentir un creyente al admitir que los ateos pueden tener razón.

Los lectores de este blog sabrán que me considero de izquierdas. Soy un firme defensor de la educación pública, la sanidad gratuita universal y, en general, del Estado de Bienestar; también creo que el neoliberalismo es perjudicial para la mayoría de la población. Sin embargo, de cuando en cuando trato de ponerme en el lugar de, por ejemplo, Esperanza Aguirre. Repaso una tras otra las suposiciones de las que hablaba Kathryn Schulz: ¿de verdad piensa así la lideresa? ¿lo hace por pura maldad? ¿o es sincera, y cree que es lo mejor para la sociedad?

A veces, este ponerse en el lugar del otro puede llevar a extremos y termino por darme cuenta de que, como canta Bob Dylan, todos los ejércitos creyeron en su momento tener razón, todos creyeron tener a Dios de su lado.

No hace falta llegar a esas elucubraciones (que, por otro lado, no conducen a nada). Pero sí creo necesario modificar esta cultura de la razón. Es imposible que todos estemos en lo cierto. Hay que admitir con más frecuencia los errores. No sólo a nivel personal, sino colectivo. Todavía no he escuchado a ningún economista de La Moncloa decir: “Me equivoqué en mis predicciones; las medidas que propuse no eran las adecuadas”. ¿Algún directivo del Santander o de el BBVA ha dicho: “Somos en parte culpables de la crisis: dimos demasiados créditos sin pensar a largo plazo?”

Llevamos años viviendo en un ambiente político tóxico. Parece que estemos enfrentados unos contra otros, que andemos siempre a la greña, buscando desesperadamente que el contrario se equivoque, al tiempo que maquillamos y escondemos nuestros fallos (o los fallos de nuestro partido). Los que trabajamos en medios de comunicación tenemos mucha culpa. A la hora de seleccionar las declaraciones de los políticos nunca elegimos las más suaves, las conciliadoras. Siempre buscamos el rifirrafe, como si de una película se tratara. Eso, cuando no tergiversamos los hechos descaradamente. Es un tópico decir que según escuches la SER o la COPE sientes que vives en una u otra España (en parte porque muchos ciudadanos sólo escuchan lo que quieren oír).

El director de cine Kelly Nyks cuenta en un documental cómo las nuevas tecnologías permiten crear tu propia realidad. Asegura que los ciudadanos podemos elegir la realidad que preferimos y encerrarnos en ella como si fuera una burbuja. Estas realidades paralelas están cada vez más alejadas del centro, quienes viven en ellas son muy de derechas o muy de izquierdas (o muy cristianos, o muy ateos, o muy nacionalistas o…). Así, pues, cada vez es más difícil estar de acuerdo en algo, cada vez hay más antagonismo y menos colaboración y, en definitiva, es cada vez más complicado sostener el concepto de comunidad o bien común (un concepto del que se hablaba en este reportaje sobre Noruega). Nycks concluye: “Tienes derecho a elegir una opinión. No unos hechos”. No puedo estar más de acuerdo.

Retomo el inicio de este artículo: la política consiste en conciliar intereses divergentes (que no opuestos). Para ello es necesario escuchar al otro y admitir que quizá uno está equivocado. Es muy difícil que nuestros líderes políticos cambien de actitud. Pero podemos dejar de imitarles; no sirven como ejemplo. Sólo cambiando la cultura política desde la base, la cultura política de cada ciudadano, sólo así es posible lograr un cambio real. Lo demás son sólo cambio de siglas y colores.

Informe de la situación

A veces, me siento un abuelo. Suele ocurrir a la hora de comer y de cenar. Acostumbro a engullir las judías mientras veo el informativo y, claro, la comida se me atraganta. Cada día subo un escalón en mi indignación. Por cierto, una palabra bonita y necesaria a la que están vaciando de contenido.

Ahora resulta que vamos a ser parte de la Guerra de las Galaxias. El mismo señor que sacó las tropas de Irak cree que el escudo antimisiles es una buena idea. Hace unos años no pensaba lo mismo. Decía Úrsula Iguarán que “el tiempo pasa, pero no tanto”. Parecido podría decirse de Zapatero: todos cambiamos, pero no tanto.

Quien no ha cambiado nada es el señor Rajoy, también conocido como el-próximo-presidente-de-Españistán. A don Mariano le gusta Jarabe de Palo y por eso todo depende (pinchar para escuchar). ¿De qué? Es un misterio. Vamos a pasar de un presidente que incumple sus promesas a otro que ni siquiera se molesta en hacerlas.

Es la estrategia contraria a Rubalcaba. La versión castiza de Fouché promete el oro y el moro y lo hace sabiendo que tampoco va a romper su palabra. Los votantes no le darán la oportunidad.

Mientras, en la periferia de la política el cinismo y la hipocresía tiene nombre de mujer. La señora Aguirre se quedó en la caja de Pandora para recordarnos que ella siempre cae de pie, que al final sólo queda ella y que el resto somos unos fanáticos de Robespierre que deseamos hundir a escuela pública.

Igual de tranquilo que la antigua ministra de Cultura está el actual ministro de Fomento. El señor Blanco no tiene nada que ocultar, aquel día necesitaba echar gasolina y se encontró por casualidad con el señor Dorribo. Por supuesto, es inocente. Pero lo más asombroso es que los ciudadanos no pidamos a gritos su dimisión. ¿Será que no nos sorprende?

Por cierto que todo está relacionado y quien ha destapado este caso (inventado, digo: don Pepiño es tan puro como su apellido) es el mismo que ha escrito un mamotreto sobre Robespierre, el Terror y los peligros del 15M. A la presentación del mejor libro escrito desde Hamlet (palabra de Pérez-Reverte) acudió la flor, nata y caspa de la política de Españistán. Así se entiende todo.

Hay más motivos para que se me atragante la comida, pero ahora prefiero olvidarlos. No me culpen. ¿No es acaso el olvido el deporte nacional?