Influencia de la religión en la economía: Calvinismo

1.-

Es un lugar común afirmar que los alemanes trabajan más que los españoles, que aquí la productividad es más baja que en el norte de Europa o que los países del Mediterráneo son unos derrochadores que no piensan en el futuro. Por supuesto, hay de todo en todos los países pero los tópicos suelen guardar un resquicio de verdad. Si admitimos que Alemania, Inglaterra o los países escandinavos tienen una actitud hacia el trabajo y el dinero diferente a la nuestra, la pregunta clave es: ¿por qué? ¿Va en los genes? ¿En la tradición?

Una posible respuesta es que esta actitud es influencia directa de la religión. Que, grosso modo, los países protestantes son más laboriosos, austeros y ahorradores que los católicos. Esta es la hipótesis expresada por el sociólogo Max Weber en  1905. Entonces publicó una obra titulada La ética protestante y el espíritu del capitalismo en la que relacionaba el comportamiento impulsado por los reformadores (especialmente por Juan Calvino) y lo que a su juicio es la esencia del capitalismo. La obra puede descargarse aquí.

Weber argumenta que siempre han existido atisbos de capitalismo (por ejemplo, en las ciudades-estado italianas) pero que “en Occidente existe un tipo de capitalismo desconocido en cualquier otra parte del mundo: la organización racional del trabajo”. Sin buscarlo, nos dice Weber, el esquema mental que impuso el calvinismo favoreció una diferente forma de entender el trabajo y el dinero. Veamos los principales puntos de esta teoría.

Max Weber

2.-

La Reforma Protestante significó en el siglo XVI un fortalecimiento de la influencia de la religión en la vida diaria. Frente a la laxitud de los principios cristianos y la corrupción de la Iglesia, Lutero propuso una vuelta a los orígenes (la fe y la Biblia debían ser las únicas armas de los creyentes) y un sentimiento más puro e intenso de la espiritualidad. De esta primera intención nacieron varias corrientes o movimientos: anglicanismo, luteranismo, metodismo… Uno de los más vigorosos fue el calvinismo. Este sistema teológico fue fundado por Juan Calvino, un hombre ascético que acabaría por instaurar en Ginebra una teocracia en la que estaba prohibido hasta brindar (Stefan Zweig escribió un libro estupendo sobre su batalla contra Castellio y Servet).

El catolicismo se basa en el perdón de los pecados. Quien actúa mal durante toda su vida pero se confiesa antes de morir, entrará en el Cielo. En cambio, el calvinismo suprimió la confesión y la sustituyó por la máxima “Dios ayuda a quien se ayuda a sí mismo”. No bastaba con hacer buenas obras de cuando en cuando, tampoco servía de nada dar dinero a la Iglesia (la famosa compra de indulgencias): era necesario trabajar sobre el cuerpo y mente cada día.

A esto hay que unir el concepto de predestinación. Esto es, que Dios ya tiene decidido quién irá al Cielo y quién no. Para los calvinistas, el destino de los hombres está escrito mucho antes de nacer; el ser humano no puede hacer nada para cambiarlo. La elección de Dios es incondicional.

Escribe Weber:

No había creyente que dejara de plantearse tales problemas irremediablemente: ¿soy parte integrante en el círculo de los elegidos? y, ¿cómo sabré que me asiste la seguridad de que lo soy? Tales problemáticas confinaban a un segundo plano toda obsesión mundanal. En esta vida de los condenados, ninguna apariencia distingue a los elegidos.

Juan Calvino, un hombre en guerra con la felicidad

Según nuestra mentalidad actual, esta predestinación podría haber llevado a los protestantes a comportarse como quisieran: robar, beber alcohol, cometer adulterio… ¿Qué importaba, si Dios ya había seleccionado a sus elegidos? Sin embargo, la forma de pensar del siglo XVI es muy diferente y, por un curioso giro mental, sucedió al contrario.

Empezó por interpretarse que los elegidos debían, por lógica, vivir rectamente. De ahí se pasó a entender que los que obedecían a Dios eran los elegidos, que vivir en temor de Dios era signo de ser uno de los afortunados con su gracia. En consecuencia, cada ciudadano comenzó a actuar de forma acorde con lo estipulado por Calvino y sus subordinados para que el resto pensase que eran los elegidos. Como escribe Dietrich Schwanitz, “la doctrina de Calvino era una especie de profecía e se cumplía a sí misma”.

Fulgencio Robledero explica la predestinación con las siguientes palabras:

Había un signo que delataba a los elegidos por Dios: su pureza moral se extiende a todos los actos de su vida, hasta el más nimio. Este puritanismo moral llevado al ámbito profesional hizo que el cumplimiento del deber del trabajo por sí mismo, rehuyendo el descanso en la riqueza y la ostentación fueran signos de la gracia divina.

El trabajo por el trabajo se convirtió en una forma de adorar a Dios, de abrir las puertas del Cielo. Mientras que la ética medieval había llegado a glorificar la mendicidad en las órdenes mendicantes, los protestantes no la admiten. El trabajo ya no es un castigo divino: es una forma de librarse de la angustia religiosa.

Bárbara Ehrenreich escribe en Sonríe o muere:

El calvinismo es un sistema al que se podría describir como una depresión obligatoria. [El deber de los creyentes] era examinar sin cesar las terribles abominaciones de sus entrañas, y extirpar como pudieran los pensamientos pecaminosos, signo seguro de condenación. Para el calvinismo sólo había una forma de descansar de esa forma angustiosa de auto-examinarse, y era trabajar en firme en otra cosa: desbrozar, plantar, bordar, levantar casas y negocios. Todo lo que no fuera trabajo, físico o espiritual, era un pecado despreciable, por ejemplo vaguear tranquilamente o intentar divertirse.

A esta ética del trabajo, los calvinistas sumaron la austeridad en la vida diaria. Ropas y comidas las justas. Nada de lujos. El dinero ganado se reinvierte. ¿No recuerda a las ideas que estos meses llegan de Alemania?

Angela Merkel, la austeridad hecha mujer

3.-

Esta es, a grandes rasgos, la teoría de Weber. Pero ¿hasta qué punto es verdad? ¿Puede influir una corriente religiosa surgida hace 500 años en la situación financiera de Europa? Puede. Hoy la religión es un asunto relativamente secundario, reducido al ámbito privado. Pero no siempre ha sido así. Durante siglos, la religión ha sido una fuerte influencia; todavía hoy nos llegan ecos de esa mentalidad religiosa.

Por otra parte, Max Weber argumenta que cuando el capitalismo ya está consolidado, los principios puritanos ya no son necesarios, puesto que el sistema se mantiene a sí mismo. Muy cierto. Sucede parecido con los conocimientos y sentimientos adquiridos (o impuestos) en la infancia. Duran para siempre, aunque no seamos conscientes de ellos.

Reflexiones sobre la violencia

El idioma alemán tiene una sola palabra para decir “violencia”, “poder” y “autoridad”: Gewalt. Quizá porque sus hablantes entendieron antes que nadie que el monopolio de la violencia reside en la autoridad; después, Max Weber sistematizaría esta definición. En consecuencia, toda violencia ejercida por alguien ajeno al Estado es delito.

Me ha venido a la cabeza esta palabra tras leer varios artículos sobre los sucedido ayer en el Parlament: uno de Purnas, otro de Rosa María Artal y otro de Isaac Rosa.

Todavía no sé qué pensar del asunto. Por eso no puedo definirlo con palabras; depende de mi posición elegiré unas u otras. Si hablo del “sitio al Parlament” se entiende que estoy en contra; si digo hablo de “episodio aislado de violencia” se entiende que estoy a favor. He escuchado y leído demasiados análisis y argumentos en uno y otro sentido. Parece que en este como en tantos asuntos -como escribió Javier Marías- todo el mundo tiene clara su postura. ¿Seré el único indeciso?

Supongo que la clave está en establecer el límite, la línea de divide lo admisible y lo inadmisible. Pero cada uno la coloca en un sitio diferente. ¿Es admisible ocupar una plaza pública para fines políticos? ¿Y para celebrar la victoria de la selección española de fútbol? ¿Es admisible ocupar las gradas de un parlamento y gritar contra los diputados? ¿Es más admisible si lo hace un grupo de afiliados a un partido político que un grupo de ciudadanos? ¿Es admisible impedir la entrada al Parlament a un diputado elegido por los ciudadanos? ¿Es similar a las actividades de un piquete que bloquea el paso de un camión?

También puede preguntarse: ¿son admisibles las medidas económicas impuestas por el Gobierno, unas medidas que cuentan con el rechazo de la mayoría de la población? Si la respuesta es “no”, entonces puede argumentarse que lo sucedido ayer es la lógica y necesaria reacción ante una política que va en contra del bienestar de los ciudadanos. ¿O no?

Por otra parte, es inútil atacar a los políticos. Más bien demuestra que hay muchos que todavía no han entendido quién detenta el poder. Quizá sea bueno recordar que, aunque formalmente reside en el Parlamento, la realidad es que estamos sometidos a los poderes financieros, los famosos mercados. Cuando se me hincha la vena de ira y rabia pienso que deberíamos empezar a quemar bancos; ése sería un buen inicio de revolución. Luego me calmo, recuerdo en estos tiempos queda mal ser violento y que no tengo fuerza ni para tirar una piedra a un cristal.

Günther Anders no lo tenía tan claro. Al final de su vida escribió un librito (Estado de necesidad y legítima defensa) en el que abogaba por el uso de la violencia contra aquellos que pueden destruirnos. Argumentaba que puede ser necesaria y legítima como defensa propia. Es una reflexión a tomar en cuenta. ¿Hasta cuándo van a abusar de nuestra paciencia? ¿Como estaremos en 20 años si continúa esta ofensiva neoliberal? ¿Nos asemejaremos a China, donde el capitalismo de Estado resulta sumamente eficaz? ¿Cuándo diremos basta? ¿Y cómo?

Aunque, siendo realistas, lo más probable es que nunca lo hagamos. Que a lo sumo protestemos un poco, pero sin pasarnos, que una cosa es una cosa y lo demás es inadmisible; que dentro de las instituciones todo cabe, pero fuera nada está permitido (¿pero no estábamos precisamente en contra de las instituciones?); que hay que respetar, aunque no nos respeten.

Termino. Todavía dudo.