Libia: un mar de dudas

Hace unas horas, los aviones franceses han comenzado a atacar Libia y no sé si estoy a favor o en contra.

Es complicado pensar hoy de forma autónoma. Es difícil abstrarse del ruido y formar una opinión propia, libre de la intoxicación de otras voces. Es ardua la tarea de desgranar el grano de la paja, la información de la propaganda, el texto del subtexto.

Sin embargo, reviso mi timeline en twitter y parece que soy el único que todavía no se ha pronunciado. Hay quien rescata el #noalaguerra, quien recuerda que el Congreso no ha dado su autorización, quien sostiene que es una excusa para invadir el país, quien piensa que es la guerra que se necesitaba para salir de la crisis…

Y hay otro bando: el que habla de zona de exclusión aérea, no de guerra, el que aplaude a los aviones franceses cada vez que disparan como si se tratase de un partido de fútbol, el que acusa a quienes se oponen al uso de la fuerza de querer que mueran rebeldes.

Es complicado. Por lo visto, ni siquiera la cúpula del Gobierno tiene clara su posición, a juzgar por la conversación entre Zapatero, Rubalcaba y Chacón recogida por Guerra Eterna.

Lo pienso una y otra vez y a todo le pongo pegas. (Cambio a monólogo interior, a lo Joyce).

Gadafi es un canalla, pero hay otros como él. Además, ¿por qué no acabaron con él antes? Pandilla de hipócritas… Pero no es excusa. Que se haga tarde y mal no significa que no sea necesario. Gadafi debe ser depuesto. Luego, si procede, iremos a por los demás. El miedo es que las fuerzas extranjeras se queden en el país, no sería la primera vez. O que tutelen la transición y empresas europeas se hagan con el control del petróleo. ¿Y qué? Tampoco ahora revierte en los ciudadanos… La ONU ha dado su visto bueno. Hace tiempo que esa organización no sirve de mucho. También ha condenado la política de Israel o el embargo a Cuba y aquí no pasa nada. Ya estamos otra vez: siemre recurriendo a los judíos… Por otra parte, seguro que mueren civiles en los ataques. Ya, también mueren ahora. Sí, ¿y quién vendió las armas a Gadafi? Europa, está claro. Ya no se puede remediar. De todas formas, si Gadafi deja de matar a los rebeldes, ¿la OTAN se retira? En teoría, sí. Pues vaya. Si entra en razón, puede seguir gobernando unos año más. ¿Entonces?

Quizá dentro de unos días tenga más clara mi postura. Quizá no.

Y los lectores de este blog, ¿lo tienen claro?

Sobre revoluciones y gurús

Empiezo a estar cansado de los artículos de periódico, piezas de informativos y posts que hablan de la importancia de las “redes sociales” en las revueltas de los últimos meses. Tan cansado que ni les presto atención. Sé lo que van a decir; y sé que, en general, es falso.

Dice la Wikipedia:

Las redes sociales son estructuras sociales compuestas de grupos de personas, las cuales están conectadas por uno o varios tipos de relaciones, tales como amistad, parentesco, intereses comunes o que comparten conocimientos.

En esta definición no se menciona a internet, ni a aplicaciones como Twitter, ni Facebook. ¿Por qué? Porque, como me decía Purnas hace un rato, redes sociales ha habido siempre.

Las personas han vivido en familias, tribus, clanes, aldeas, ciudades… Siempre se han relacionado entre sí.Y los que no lo han hecho, han sucumbido. Recordemos las palabras de Aristóteles: el hombre que no necesita a nadie, el hombre solitario y aislado de la sociedad, o es una bestia es un dios.

Sin embargo, la memoria es un bien escaso y hay quien olvida que antes de que el ejército estadounidense decidiese unir sus ordenadores ya se habían producido revueltas. Muchas, por cierto.

Los sans culottes de 1789 no quedaron por Twitter para atacar La Bastilla. Los burgueses de media Europa no crearon una página en Facebook llamada “reventemos lo que queda del Antiguo Régimen”. Y Lenin no tenía un blog; escribió un panfleto llamado ¿Qué hacer?

Ahora, es el mundo árabe el que se levanta contra sus tiranos. Y, a juzgar por ciertas informaciones, lo hacen vía Twitter o Facebook. Si fuera malpensado, diría que los medios potencian este tipo de análisis para que los ciudadanos creamos que, en efecto, las revoluciones se ganan frente a la pantalla del portáti y no salgamos a la calle a defender lo nuestro.

Pero no soy malpensado y me decanto por la opción más sencilla: hay demasiados que miran el dedo y no la luna.