Labordeta diputado

Esta semana he leído Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, el libro en el que José Antonio Labordeta recuerda su etapa de representante de Chunta Aragonesista en el hemiciclo. Y mientras lo hacía me invadía una insoportable sensación de tristeza. Ya es habitual que en las encuestas del CIS los políticos aparezcan como problema y no como solución; en estas páginas queda claro por qué.

Labordeta empieza su narración con esa mezcla de sarcasmo y lamento que por estas tierras se conoce como somarda. El cantautor (y escritor y presentador de TV y poeta…) es consciente de que su presencia en el Congreso es extraña, de que él desentona en aquel ambiente tan formal. Así que se crea un doble, y a través de sus ojos somos testigos de una pequeña parte de lo sucedido en el Congreso entre el año 2000 y 2008. Lo que este beduino deja traslucir de la política española no es agradable. Pero quizá por eso mismo hay que contarlo. Labordeta (perdón, el beduino) no se calla nada, escribe sus pensamientos como si no fueran a ser leídos, como si sólo estuviesen dedicados a sus amigos. Los enemigos, parece pensar, no van a abrir el libro; ¿entonces a qué fin contenerse?

En estas páginas recordamos a altanería de un Aznar bajo el influjo de la hubris. Nos vuelven a la retina los gestos de desprecio que dedicó a quienes no podían servirle de ayuda ni tampoco causar problemas. Volvemos a oír sus alegatos nacionalistas, sus mentiras. Y sus silencios. También sus compañeros de partido aparecen retratados de un modo nada favorable. En ese momento gozaban (nunca mejor dicho), de la mayoría absoluta y contra eso poco podían hacer los demás diputados. Las proposiciones no de ley se quedaban en nada, las preguntas no eran respondidas o si lo hacían era con tardanza, y cualquiera que criticase al Gobierno era tachado de antipatriota.

Han pasado 10 años desde entonces y si algo han demostrado, como bien señala el beduino, es que la derecha se cree en su derecho de gobernar siempre. Es lo normal, lo que debe ser. Los intervalos de gobiernos de izquierda sólo son paréntesis en el buen curso de la Historia. Ahora vuelven a tener mayoría absoluta y no hace falta ser un radical para darse cuenta de su actitud.

Por supuesto, Labordeta no sólo lanza dardos contra la derecha. También apunta a la burocracia, a las comisiones y subcomisiones que no sirven de nada, a los que votan sí cuando hay que votar sí y votan no cuando “desde arriba” les dicen que hay que votar no, a los zapatos de diputados lustrados por mucamas filipinas, a los banquetes pagados con dinero público, a los socialistas de Aragón, a la Iglesia, a la prensa…

Las últimas páginas del libro consisten en una sucesión de semblanzas de algunos de sus compañeros en el Congreso. Labordeta reparte elogios sin importar a qué siglas deban su sueldo, atiende sólo al carácter de los diputados. Pero a pesar de este final amable, queda un regusto amargo.

No nos merecemos la clase política que tenemos. En serio. No me importa que en teoría los diputados y senadores se sienten en su escaño gracias al voto de los ciudadanos. Todos sabemos, y los políticos especialmente, que las elecciones a Cortes son apenas un ritual, que en realidad son los aparatos del partido los que deciden quién va a vivir bien los próximos 4 años y quién no. También sabemos que las Cortes cada vez tienen menos relevancia, que sólo se limitan a votar lo que quiere el gobierno. Que la adulación está más premiada que la inteligencia, que con gritos e insultos se llega más lejos que con debates razonados. Todo esto lo sabemos, pero tratamos de olvidarlo porque si lo recordamos de forma constante nos saldrá una úlcera.

Lo malo es que entonces viene el cantautor de las narices y nos trata de quitar la venda de los ojos.

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Coda:

Labordeta se refiere en varias ocasiones a Jaume Matas, por entonces ministro de Medio Ambiente. Hoy está acusado de 12 delitos relacionados con la corrupción y ha perdido el favor de su partido. En esta entrevista concedida -mejor dicho: pedida- al equipo de Salvados, el ex presidente balear trata de limpiar su imagen. Muy interesante

Labordeta ciudadano

Estos dos días, como no podría ser de otra forma, he escuchado varias veces el Canto a la Libertad, de José Antonio Labordeta. En la versión que cuelgo, el cantante comienza así el himno: “Vamos a cantar colectivamente, como buenos ciudadanos”.

Es una palabra que me gusta mucho: ciudadano. Pocas veces se usa; ya sólo somos votantes, consumidores, clientes, usuarios. Como mucho, hay quien habla de españoles, catalanes, aragoneses, andaluces… Adjetivos, a mi juicio, muy limitados, que no abarcan la complejidad de la ciudadanía.

La RAE define así al ciudadano: “Habitante de las ciudades antiguas o de Estados modernos como sujeto de derechos políticos y que interviene, ejercitándolos, en el gobierno del país”.

Los usuarios, los clientes, los nacidos en, incluso los votantes… Así considerados, todos somos pasivos. El ciudadano es activo. Tiene el derecho de participar en la sociedad, pero quizá también el deber.

Ya es deporte habitual criticar a la clase política, pero pocos se anima a intentar cambiarla. Es muy cómodo, y perdonen la metáfora, ver el partido desde el sofá y criticar a los jugadores y al árbitro cerveza en mano. Siendo generosos, podemos considerarlo un primer paso. Hay quien no critica porque no se entera de nada.

No quiero mentir. Hay demasiados que hoy alaban su figura y anteayer lo despreciaban. Nunca he sido fan de Labordeta: sólo me emocionan dos o tres canciones, nunca vi su programa de TVE y no comparto las ideas de Chunta Aragonesista, partido con el que fue diputado en el Congreso. Pero ha demostrado algo muy importante: que un ciudadano normal puede hacer trabajar por sus conciudadanos en el terreno político. Un profesor de historia en una ciudad fantasma llegó a votar a favor del matrimonio homosexual. Todo un logro.

La prueba más fehaciente de que era un ciudadano más, y no un político profesional que habla porque le gusta oír el sonido de su voz está en aquella famosa intervención en el Congreso en la que mandó a la mierda a los diputados del PP. Más allá de la anécdota, dejó claro que la democracia, para algunos, sólo es un formalismo necesario para seguir en el poder. Y que los ciudadanos de a pie, ésos a quienes dicen representar, sólo podemos asentir y aplaudir (o gritar e insultar al contrario).

Ayer y hoy, miles de personas se han acercado a la Aljafería, sede de las Cortes de Aragón, para despedirse de un símbolo. Algunos recordaran al poeta, otros al cantante, al profesor, al aragonés. Yo pensaré en él como un ciudadano. Y un ejemplo para el resto.

Frente al pataleo, la acción. Frente a la queja constante, la palabra, la propuesta. Frente al hastío, el querer es poder.

Porque, aunque muchos pretenden que lo olvidemos, somos ciudadanos.