La RAE define “radical” de diversos modos:
- Perteneciente o relativo a la raíz.
- Fundamental, de raíz.
- Partidario de reformas extremas, especialmente en sentido democrático.
- Extremoso, tajante, intransigente.
Me han llamado radical muchas veces, y cada vez con más frecuencia. Cuando lo hacen, me siento elogiado e insultado a partes iguales. Me duele porque sé que utilizan el adjetivo de forma despectiva, como si fuera una cualidad negativa. Y me siento halagado al pensar que cada vez tengo las ideas más claras y me da menos reparo exponerlas. Aunque no sea del todo cierto.
No me considero radical. No me considero extremista ni intransigente, aunque muchas veces -sobre todo en una conversación- pueda marcar mis ideas con contundencia. Pienso en lo escrito en este blog y creo que las ideas son relativamente moderadas y están desarrolladas desde varios puntos de vista (¿cuántos blogueros de izquierda escribieron ayer que la suspensión de Garzón, aunque dolorosa, es justa). Entonces se me ocurre: si dicen que yo soy un radical, ¿no será que los demás están demasiado centrados?
Quizá ésa sea la estrategia. Pervertir la palabra, robarle su valiente significado (recuerden la segunda acepción de la RAE) y otorgarle uno mucho más negativo. No en balde los medios llaman “radicales” a los miembros de la kale borroka o a los simpatizantes de Batasuna o Al Qaeda.
No es una estrategia nueva. Empiezan por robarnos el lenguaje y terminan por robarnos el futuro y la esperanza. ¿Hace falta recurrir a la neolengua de Orwell?
Así que doy un paso al frente y me declaro radical. Y grito que los problemas del mundo no son coyunturales sino sistémicos; que hay que construir el edificio desde los cimientos; que nos roban cada día que pasa; que no quieren argumentos, que usan la fuerza; que el sistema no funciona; que compran nuestras conciencias a precio de saldo; que la realidad se camufla y se oculta por los mismos que deben sacarla a la luz; que el poderoso caballero sigue sesgando cabezas con su espada; que hay que galopar hasta enterrarlos en el mar; que los tiempos nos están cambiando; que la política asquea; que la economía esclaviza; que la poesía, desgraciadamente, ya no es un arma; que tenemos que plantarnos y decir no; que estamos tocando el fondo; muchos, cuantos más mejor; y que lo vamos a perder todo.
Espero no gritar en el desierto. No quiero ser el único radical. No creo serlo. Quizá hay muchos que lo son, y no lo saben. Quizá necesitemos un Neo, que nos desconecte de Matrix.
