El capitalismo es un caballo salvaje

1.-

Primero, un chiste: Hay dos peces jóvenes nadando y se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. Éste les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”. Parecido podría decirse del capitalismo.

Es el sistema económico imperante y, sin embargo, pasa desapercibido. Es lo “normal”. Cuando alguien habla de ideología o de sistemas económicos siempre se refiere a otros sistemas, a otras formas de entender el mundo. Es un modo muy efectivo de apuntalarlo.

Parece que el capitalismo siempre ha existido, que siempre existirá. El Fin de la Historia y todo eso, ¿recuerdan? Sin embargo, el capitalismo sólo tiene 400 años. Aunque antes existían actividades que pueden encasillarse en él, comenzó a fortalecerse con la Reforma, como señala Max Weber. 400 años. Un suspiro. ¿Hasta cuando durará? No se sabe. Pero seguro que se extingue, que muta, que es sustituido por otro sistema. ¿Mejor o peor? Esperemos que lo primero.

Otro chiste: Dice un estudiante a un amigo: “Mi tesis trata sobre la supervivencia del sistema de clases en Estados Unidos”. El amigo se sorprende: “No sabía que hubiera sistema de clases en Estados Unidos”. “Nadie lo sabe”, responde el estudiante. “Precisamente es así como sobrevive”.

El diputado de IU Alberto Garzón ha resumido esta idea en el siguiente tweet: “Todo el mundo tiene ideología. Y quien cree que no tiene… se engaña, pues ha interiorizado la ideología del poder económico.”

Pero para cambiar algo lo primero es reconocer su existencia. El capitalismo ha utilizado el viejo truco del diablo, y parece que funciona.

2.-

El capitalismo es incompatible con la democracia. No lo digo yo, lo dice JA Schumpeter, un economista nada sospechoso de ser izquierdista: “El capitalismo, si permanece estable económicamente, e incluso si mejora en estabilidad, crea una mentalidad y un estilo de vida incompatibles con sus propias condiciones fundamentales, con sus motivaciones profundas y con las instituciones sociales necesarias para su supervivencia”.

El capitalismo es un caballo salvaje. Lucha por zafarse de su amo, de la política. Si el jinete no sujeta bien fuerte las riendas, se lanza al galope hasta derribarlo. El caballo, ahora libre, huirá pero terminará por morir. Pues no es nada sin su dueño.

Parece que en China lo ha logrado, allí el capitalismo sin democracia da unos resultados (económicos) asombrosos. Pero ¿hasta cuándo es viable esa situación? Por otra parte, que no haya democracia no quiere decir que no haya política. Al contrario. China gasta más en seguridad interna que en su ejército exterior. Quizá porque, como dice Eduardo Galeano, para que el dinero circule libremente hay que encarcelar a las personas.

Hace unos años se hizo un experimento con ratones para estudiar la adicción a la cocaína. En su jaula, tenían dos opciones: recibir una dosis de droga o comer. Si elegían una, no podían elegir la otra hasta horas después. Pues bien, su adicción era tan poderosa que preferían morir de hambre a privarse de una dosis de cocaína. Esto sucede con el sistema capitalista.

Los “mercados” son voraces, incansables, insaciables. Los especuladores son capaces de destruir el sistema antes que renunciar a los desorbitados beneficios. Piensan a corto lazo. La película Margin call es un buen ejemplo de este comportamiento. Aquellos ejecutivos, que ganaban millones al año, sabían que sus acciones iban a causar un severo daño a la economía mundial. Y aun así… bueno, ya sabemos lo que pasó.

3.-

No me considero anticapitalista. Primero porque prefiero definirme pro algo que contrario a algo. Así, me considero demócrata, partidario del estado de bienestar, de las empresas públicas, de los impuestos altos… Y segundo porque hoy todavía no existe una alternativa viable. Todavía no ha aparecido el Karl Marx del siglo XXI. Hasta que lo haga, sólo podemos sujetar con determinación las riendas. Domar al capitalismo. Que no se escape. Que no nos derribe.

Una tarea difícil. Los economistas de la ortodoxia (la ortodoxia capitalista, se entiende) son contrarios a poner coto a sus desmanes. Prefieren la “libertad de mercado” y la “desregularización”, dejar trabajar a la famosa mano invisible. Estas palabras tienen para mí otro significado: la ley de la selva. Karl Liebknecht lo expresó muy bien: “La ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo”.

Y los políticos son cada vez más débiles, cada día disminuye su poder de decisión. Dejan paso a los “expertos”, los tecnócratas. Pero un tecnócrata no es un informático. Un tecnócrata tiene ideología y, normalmente, suele ser neoliberal. ¿Qué freno van a poner los Draghi y Taguas del mundo? Ninguno.

¿Hay esperanza? Quiero pensar que sí. Pero está en el fondo de la caja, oculta bajo los demonios que nos saltan a la cara.

La economía no es una ciencia

Decía Harry S. Truman que quería un economista manco. Alguien que, cuando fuera preguntado por la mejor solución a un problema financiero, no respondiera: “por un lado.. pero por otro…”. Esta anécdota demuestra que la Economía no es una ciencia exacta. De hecho, quizá ni siquiera sea ciencia.

Si multiplicamos cuatro por tres, obtenemos doce; si juntamos cierta proporción de hidrógeno con cierta proporción de oxígeno, obtendremos agua; pero si reducimos el déficit, impulsaremos la actividad económica… o no. Depende de a quién pregunte.¿De dónde nace esta diferencia? ¿Por qué hay quien piensa que lo mejor para una sociedad es la primacía de las empresas públicas y otro que aboga por privatizar hasta el aire? Ambos extremos, por supuesto, podrán dar informes y cifras que apoyen su tesis. Pero todos los números del mundo no podrán convertir en ciencia lo que en realidad es ideología.

Estoy seguro de que de Esperanza Aguirre -por poner un claro ejemplo de neoliberal- sabe por qué dice lo que dice. Quiero creer que, al menos, no se engaña a sí misma. El problema es nos quiere vender gato por liebre. Y lo consigue.

Hemos asumido que el sistema económico actual funciona como una máquina perfecta en la que el ser humano no tiene voz ni voto. Las empresas cierran, los mercados castigan, las bolsas bajan… Es como el clima: llueve o hace sol. En realidad, se parece más al cambio climático: unos pocos manejan la situación y el resto sufrimos las consecuencias. En realidad, los accionistas deciden despedir trabajadores antes que seguir reduciendo sus beneficios, los especuladores se aprovechan de la debilidad de los políticos y los poseedores de acciones juegan a la ruleta con nuestro dinero.

Buena parte de la culpa la tenemos los medios de comunicación. Informamos sin ahondar en el significado de lo que decimos, copiamos teletipos porque no entendemos lo que allí está escrito y no nos arriesgamos a dudar de “los organismos internacionales” porque queremos cobrar a fin de mes. La economía no es tan difícil de explicar: quien usa argot lo hace porque no entiende lo que escribe o porque no quiere que se entienda lo que escribe.

Si el ciudadano cree que el sistema económico que rige su vida en una máquina perfecta hará poco más que patalear cuando sea despedido o su pensión reducida a mínimo. Si cree que el neoliberalismo es una ideología comparable a cualquier tendencia política, quizá intente desalojarla del poder. De ahí el inmenso interés en convencernos de que esto del intercambio de papeles firmados es una ciencia exacta.

La próxima vez que escuche a un político dar recetas económicas pregúntese de dónde saca su certeza. Y a quién beneficia su consejo.