Vídeo de la CGT animando a la huelga del #14N
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¿Qué hay detrás de la crisis de los controladores?
Ayer por la noche, cuando el asunto #controladores estaba en su pleno apogeo, escribí el siguiente tweet:
Tengo muchas dudas. Por una parte, es un chantaje; por otra, es la vía libre al Gobierno para privatizar AENA
Hoy, a medida que conocía los puntos de vista de los controladores y se sucedían los puñetazos en la mesa y las declaraciones del Gobierno, me he ido inclinando cada vez más hacia los trabajadores (sin estar plenamente de acuerdo con ellos: no son formas).
Estos son los artículos que me han hecho cambiar de opinión.
- Un controlador explica el origen remoto de esta crisis
- Otro controlador protesta ante el trato que se da a su profesión.
- Un guionista español atrapado en Londres imagina que esto fuera una película.
Dicen cosas que no escucharán en TVE, CNN+ ni leerán en El País. Es otra versión de la crisis.
Una crisis en la que son muy importantes los nombres, los adjetivos, las formas y los tiempos. Sólo analizando el tratamiento dado por prensa, gobierno y opinión pública podremos juzgar esta situación con independencia de criterio.
Para empezar, como en la anterior huelga general, y en todos las protestas de trabajadores, se presta más atención a las consecuencias que a las causas. Es decir, los medios gastan minutos y páginas en reproducir las quejas de ciudadanos (muchas veces elegidos a conciencia) que en explicar las razones de la huelga. Porque una cosa está clara: nadie va a la huelga por capricho. Es un asunto muy serio, con graves consecuencias y sólo se recurre a este derecho cuando las condiciones de trabajo son malas.
¿Era esto, sin embargo, una huelga? Yo diría que no; como mucho, encubierta. Quizá debieran haber utilizado su derecho para ejercerla según la Ley.
En cualquier caso, encubierta o no, la protesta no se diferencia de las anteriores. Y siempre se pone a la “opinión pública” en contra del trabajador. No hay más que recordar la huelga de Metro de Madrid o la huelga general. Parece que la ciudadanía no entiende o no quiere entender que sin perjuicio no hay protesta que valga. Sólo así se logra la atención de los medios y el gobierno.

Lo que sí hay de diferente en esta ocasión es la respuesta del Ejecutivo. La respuesta y la pregunta, más bien. Pues los paros de los controladores son la reacción a un decreto aprobado por el Consejo de Ministros en el que se modificaba las horas trabajadas. A día de hoy, muchos han cumplido todas sus horas anuales, pero con este decreto les obligan a trabajar más. Esto, en vísperas de puente, yo lo considero una provocación.
Una chulería infantil, o un paso bien estudiado hacia la privatización de AENA. Sin ánimo de parecer consipiranoico, hay que recordar que esta misma semana Zapatero anunció en el Congreso su parcial venta a empresas privadas (entre otras medidas vergonzosas). A muchos nos pareció una babaridad, una medida propia de Margaret Tatcher y sus afines. Hoy, muchos de estos izquierdistas aplauden la militarización y dicen eso de “Si trabajaran en una empresa privada, estaban ya en la puta calle”.
Señores, esto es la segunda regla de la manipulación, según la describió Noam Chomsky.
Crear problemas y después ofrecer soluciones. Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
Se mire como se mire, la militarización de un servicio público y el decreto de estado de alarma es una salvajada. Como decía un tuitero, si en lugar de estar Zapatero en La Moncloa estuviera Aznar, ¿qué diría media España?

En el telediario de TVE, al final de un larguísimo bloque dedicado a los controladores, han emitido una pieza recordando lo que hizo Ronald Reagan ante una situación similar. Me parece un insulto que se ponga como ejemplo al paladín del neoliberalismo. Al parecer, hay muchos que quieren que España vaya por el mismo camino que Estados Unidos bajo su mandato. Yo no.
Porque de eso se trata. De neoliberalismo versus socialdemocracia (o lo que queda de ella). Es el tema de todos esos meses, oculto bajo una crisis concreta.
Dentro de 2 años, cuando las hermanas Koplowitz o Florentino Pérez sean dueños de AENA, nos acordaremos de este puente.
De piquetes y esquiroles
Existen dos palabras, dos conceptos fuertemente asociados a toda huelga: piquete y esquirol.
La RAE define al primero como “grupo de personas que pacífica o violentamente, intenta imponer o mantener una consigna de huelga”. (Por cierto, que me parece que entonces usamos mal la palabra; no se puede individualizar). Y del esquirol dice que es quien “se presta a ocupar el puesto de un huelguista” o quien no se adhiere a una huelga”.
Durante el #29s, twitter ardió; y, como no podía ser de otra forma, muchos de los mensajes hablaban de esquiroles y de piquetes. Los medios de comunicación tradicionales, en cambio, hablaron más de unos que de otros.
Lo suyo, y más aún estos días, es tener una posición clara y firme ante estos dos conceptos. No se puede estar en misa y repicando, el momento de las equidistancias pasó, si no estás conmigo estás contra mí, la unión hace la fuerza, divide y vencerás… Y todo eso. Yo, a veces, quiero ser así: pensar siempre lo mismo, defenderlo a muerte, tragarme mis propias contradicciones y escupirlas a la cara de mi adversario dialéctico. Pero no puedo: en el fondo soy muy aristotélico y tiro por el camino de en medio.
Así, según me da el día, la rabia acumulada, el estrés en el trabajo, la música que haya escuchado antes… soy más o menos radical (en este tema; en otros tengo las cosas muy claras).
Empecemos por los piquetes:
- La Constitución -que, nos guste o no, por el momento rige nuestro ordenamiento jurídico- expresa claramente el derecho al trabajo. Nadie puede impedirte ir a tu puesto el día de huelga. Es ilegal. Los piquetes dicen ser informativos, pero en demasiados casos se exceden en sus funciones. El que acude a las 5 y pico de la mañana a las puertas de una fábrica no va sólo a informar a los trabajadores. Quien se pone delante de un camión ejerce una presión que más más allá de lo admisible. No son el peligro del que habla la patronal y ciertos medios de (in)comunicación pero tampoco son angelitos.
O bien:
- La ciudadanía, en general, no tiene la más remota idea de lo que le viene encima. No se han informado, porque no han querido y porque tampoco lo ponen fácil. En ocasiones se comporta como un niño de 5 años que patalea cuando le quitan un caramelo y se va feliz de la mano de un extraño que va a asesinarle en un callejón. Será por miedo, por comodidad, por buscar beneficios laborales… El caso es que no actúa como le conviene. Hay que darle un empujoncito. En ocasiones, no basta con mostrarle un papel. Hay que impedirle trabajar. Va a ser bueno para él, a largo plazo. No lo sabe, o si lo sabe olvida. Por eso hay que obligarle, como quien da una medicina de sabor desagradable.
Y sobre los esquiroles.
- Para empezar, es ofensivo definir así a quien trabaja un día de huelga. Cada uno tiene sus razones para ir o no ir. La huelga es, debería ser, como la religión, íntima, personal. No se puede obligar a alguien a comulgar, y tampoco criticarlo por no hacerlo. Hay que respetar a quien no ejerce su derecho a huelga del mismo modo que hay que se respetar al que no vota en las elecciones. En ocasiones tienen razones, pero, aunque no las tuvieran, existe una muy poderosa: el miedo. Un miedo triste, que atenaza, que limita, que impide, pero que está ahí. Cada uno gestiona su miedo como puede, y es sagrado.
Pero también:
- Son una lacra para la lucha del trabajador, para el avance de la sociedad. Parásitos que se aprovechan del esfuerzo de los compañeros. Como dice el evangelio de San Juan: “Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis de sus fatigas”. Por mucho que puedan perder el día de la huelga, más perderán cuando el despido libre caiga sobre sus cabezas. Pero si se consigue modificar la ley, ellos también saldrán beneficiados, ¿verdad? Entre los esquiroles hay varias clases: los que tienen verdadero miedo, los acomodaticios y los trepas. Los primeros deben recordar la frase de F.D Roosevelt: “De lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo.” Los acomodaticios han destruido la unidad de la clase trabajadora (casi todos, al fin y al cabo). Se han tragado la propaganda y creen que nada sirve de nada, que todo es inútil, que virgencica que me quede como estoy, que no lo ven claro. Los trepas son los que el día de huelga van a trabajar aun que estén con 39 de fiebre, los que pasean por el despacho del jefe, los que se alegran en secreto de ser servicio mínimo. Sólo merecen desprecio.
Diversas interpretaciones. Cada uno, que elija.