Monarquía o democracia

Se ha abierto la veda. Después de 3 décadas de omertá, de guardar noticias en el cajón y de anular cualquier atisbo de crítica, ya podemos hablar mal de la monarquía.

Dos de sus más férreos guardianes han abierto las puertas: Iñaki Gabilondo y José Antonio Zarzalejos. El primero es el referente de cierta izquierda, la que lee El País y se considera socialdemócrata; el segundo fue director del muy monárquico ABC. Si ellos se atreven a criticar al Rey, es que el cordón sanitario se ha roto.

En el videoblog que publica en la SER y en El País, Gabilondo pronunció la palabra tabú: abdicación. Por su parte, Zarzalejos describió en su columna de El Confidencial cómo la monarquía “ha entrado en barrena”: malas compañías, amantes, amenazas entre padres e hijos, matrimonios de conveniencia… Todo lo que se necesita conocer el actual (mal)estado de la monarquía está ahí. También es bueno recordar los discursos de Juan Carlos anteriores a 1975 o leer Un rey golpe a golpe.

Criticar a la monarquía es signo de buena salud democrática, pero tengo la sensación de que lo hacemos por las razones equivocadas. Y eso, a la larga, puede jugar a favor de la institución y en contra de quienes ansiamos una república.

Muchas voces aluden al gasto excesivo, a la corrupción, al estilo de vida… Nos quedamos en la superficie del problema. Estoy de acuerdo con todos estos argumentos, pero se pasa por alto el primero y más importante: la monarquía no es democrática. No puede serlo. Una monarquía democrática es una contradicción en sus términos.

El artículo 14 de la Constitución dice que todos los españoles son iguales ante la ley. Miente. La figura del Rey es irresponsable; el monarca no responde por sus actos: lo hace el Gobierno. Si mañana Juan Carlos asesinase a su yerno delante de las cámaras de TVE, no iría a prisión; la Constitución lo prohíbe. Por supuesto, es altamente improbable que el Monarca acabe con la vida de un familiar, pero el argumento sigue siendo válido. La sucesión hereditaria también viola el principio de igualdad de acceso a los cargos. Cualquier ciudadano puede ser funcionario, rector de Universidad, concejal o presidente del Gobierno. Sólo unos pocos pueden ser jefe de Estado. La propia existencia de la monarquía contradice a la Constitución Española.

Partiendo de esa realidad, el resto de críticas son superfluas. Contraproducentes, incluso. Hay quien piensa que el Juan Carlos I está mayor y que debe dejar paso a su hijo Felipe, que él sabrá llevar la corona con más honradez, que está muy preparado para el puesto y que llevará un estilo de vida más decente (o más discreto). ¿Y eso qué importa? La clave es que un español nace con un derecho del que la mayoría carece. Por muy fiel que sea el actual príncipe de Asturias, por muchos idiomas que hable y por muchos negocios que consiga para empresas españolas, la situación será la misma.

Luis Alfonso Gámez resumía ayer este pensamiento con un certero tweet:

En realidad, la monarquía es una institución atávica, anacrónica (cuando las novelas de fantasía épica como Juego de Tronos se sitúan en una Edad Media alternativa, por algo es). En su momento, como escribe Miguel Izu, “basaba su legitimidad en pretextos que el mundo actual ha hecho inaceptables: la naturaleza divina del monarca, el origen sobrenatural de su poder, el derecho de conquista, el pacto con el pueblo, la elección entre los miembros de la aristocracia…” ¿Cuál es la legitimidad de los Borbones en 2012? Ninguna.

Hasta hace muy poco se sustentaba en un difuso apoyo de los españoles, pero todo apoyo necesita ser revalidado cada cierto tiempo. Lo que se aceptó en 1975 no tiene por qué ser válido 40 años después. Y da la impresión de que los últimos acontecimientos han debilitado este pacto. No sólo es necesaria la abdicación de Juan Carlos en su hijo, también lo es un referéndum. El día en que Felipe suba al trono Mariano Rajoy debería preguntar a los españoles si queremos monarquía o república.

En este punto del debate, suele aparecer el siguiente argumento: una república no es la panacea. Saldría igual de caro mantener a la familia del presidente, podríamos tener de jefe de Estado a un Aznar o un Zapatero y al menos el actual sabe idiomas… Recuerda demasiado al “virgencica, que me quede como estoy”. Al menos ese jefe de Estado sería elegido por los ciudadanos, podríamos mandarle a su casa al cabo de 4 años y su figura no será inviolable e irresponsable. Sería un paso hacia la verdadera democracia.

Por cierto, ¿donde está escrito que haya que tener un jefe de Gobierno y un jefe de Estado? Esa es la costumbre europea, pero no es la única. Cuando los países de América se independizaron de las metrópolis europeas se cuidaron mucho de cambiar a un Rey por otro; tampoco instauraron un doble poder. En la mayoría de los países de ese continente hay un jefe de gobierno, y punto. Se argumenta que en Europa el jefe de Estado sirve de freno a los excesos del Gobierno (o viceversa), pero para eso está el Parlamento.

Hasta hace poco, la llegada de la III República era sólo una utopía. Hoy es una posibilidad. Gracias, Majestad.

19 telediarios

Podría empezar este post diciendo que una sociedad sin medios de comunicación libres e independientes es una sociedad enferma. O también escribir que el cierre de CNN+ supone una estocada mortal al panorama audiovisual español. Grandes frases que demostrarían lo vacío que está mi pensamiento.

Porque la decisión del que fuera jefe de informativos de TVE con Franco -a veces parece que queremos olvidar el origen de PRISA, yo el primero- no debe sorprendernos. Es lo que un empresario de verdad está obligado a hacer. Cebrián y el resto de accionistas de PRISA (o de Mediapro, o de Unidad Editorial) sólo tienen como misión ganar más dinero. Y más. Y un poco más.

Para lograrlo no hay que ser demasiado escrupuloso. Además, ¿qué son 1.400 trabajadores a la calle cuando hay otros 4 millones haciendo fila en el INEM?

Y los que estamos a este lado de la pantalla, pues ya nos acostumbraremos. Como hemos hecho siempre. Somos langostas: nos calientan poco a poco y no nos quemamos. Pero acabaremos en el plato de algún accionista. Ya verán.

Nos acostumbramos a las Mamá Chicho y a Esta noche cruzamos el Mississippi; a la Teletienda y a los realities; a la pornografía intelectual de Telecinco y los infotainment de Antena 3; a Matías Prats y a JJ Vázquez. Tampoco salimos a la calle cuando retiraron a la vieja guardia de TVE, o cuando El País recolocó a la 2 junto con la TDT, en letras pequeñas, certero símbolo de la importancia de este canal.

Tragamos carros y carretas, y ahora nos duelen las astillas clavadas en el estómago.

De todas formas, ¿cuánta gente veía CNN+?

El año que viene algunos echaremos de menos las entrevistas de Antonio San José, quizá el único periodista que de verdad se informaba antes de sentarse frente a su invitado; las conexiones con Atlanta, donde Belén Chiloeches, sonoro nombre donde los haya, nos hablaba con cercanía y claridad de lo que ocurría por el Imperio; los informativos cíclicos con el veterano José Ramón Pintado y David Tejera, el periodista con las espaldas más anchas de la televisión.

Y, cómo no, echaremos en falta a Iñaki Gabilondo. Sus homilías, sus entrevistas, sus pausas, sus respuestas.

Pero nos durará poco la tristeza. Entre la crisis, los berridos de Belén Esteban, los escotes de La Sexta, los graznidos de los políticos y nuestro ombligo olvidaremos pronto que ya sólo nos queda el 24 Horas para reflexionar sobre la actualidad que nos amenaza.

Se truncó el sueño pueril. Ése de terminar una pieza diciendo Raúl Gay, CNN+, Zaragoza.

¡Es una bruja!

Cuentan que en la Edad Media (e inicios de la Moderna) había mujeres que, en realidad, eran brujas. Para averiguar su verdadera identidad, lo más eficaz era someterlas a tortura. O, directamente, quemarlas en una hoguera. Si sobrevivían, quedaba demostrada su identidad oculta. Si fallecían, el pueblo quedaba también quedaba tranquilo: era una aldeana normal y corriente.

Me vino a la cabeza este fenómeno al ver a Iñaki Gabilondo entrevistar a Jorge Alarte. El secretario general de los socialistas valencianos -cargo que no aceptaba ni regalado, tal y como andan las cosas por el Levante- respondió largamente a preguntas sobre la presunta corrupción de decenas de personas pertenecientes al PP valenciano. Durante esta parte del cuestionario, mantuvo una línea clara: hay demasiados imputados, no son casos aislados, la dirección de Madrid tiene conocimiento de la trama y los imputados deben dimitir.

Estoy de acuerdo con todas estas afirmaciones.

Pero después Gabilondo le preguntó por las acusaciones de corrupción que pesan sbre el portavoz del PSOE en las Cortes valencianas, Ángel Luna. Y aquí Alarte no fue tan riguroso.

En realidad, ni siquiera contestó a la pregunta.

La respuesta de Alarte fue la misma de Camps, Cospedal, Fabra y tantos políticos (presuntamente) corruptos o encubridores de corrupción. No es cierto, todo es un montaje, una persecución.

Hay que reconocerlo: aunque en las películas pierdan, en la realidad los malos son más listos. Y además tienen las de ganar, porque les faltan escrúpulos. Ya se sabe: la mejor defensa es un buen ataque. Si es contra inocentes, mejor que mejor.

Yo creo de verdad en las palabras de Alarte; pero es difícil defender su postura sin caer en las prácticas del contrario.

Así que lo que debería hacer Ángel Luna es poner en practica lo que lleva años pidiendo desde su escaño: dimitir.

Por honradez, para ser consecuente con sus ideas, para dar ejemplo. Todo cargo público imputado de corrupción u  otro delito debe abandonar su puesto hasta que se demuestre que es inocente.

Esto, que parece tan lógico, no se diferencia mucho del deporte del que hablaba al principio. Si no es un brujo, podrá volver a su escaño.

Y una vez más, pagarán justos por pecadores.