Durante años, a quienes me preguntaban por mi sentimiento patriótico (algo que por fortuna sucede cada vez con menos frecuencia) solía responder: “Me gusta considerarme europeo”.
No sólo me sentía parte de un megaestado formado por España, Alemania, Francia, Inglaterra… (pero también Lituania, Polonia y Bulgaria); también me resultaba en cierto modo placentero. Europa no era sólo un lugar, era un horizonte; era algo más que una unión monetaria, era también la promesa de no caer en la ruina; era la paz frente a la guerra; la literatura frente a los tratados; era, como escribe hoy Javier Cercas, una utopía posible.
Hoy, sin embargo, esta utopía nos muestra su verdadera cara.
Hemos perdido de vista el horizonte, o éste ha desaparecido. Europa navega a la deriva, y ese barco, patera más bien, está dirigido por una panda de adictos al vil metal dispuestos a tirar a los viajeros por la borda con tal de salvar un porcentaje de su tesoro.
Ya han tirado a Grecia al agua, lo hemos visto en televisión. Ahora Irlanda, Portugal y España se acurrucan en una esquina, tratando de permanecer ocultos a los ojos inyectados en sangre de los llamados mercados. Si deciden ir a por nosotros, nadie nos salvará.
En cuanto a la guerra, no ha desaparecido: ha cambiado de signo. Ya no luchan los estados entre sí. Ahora vuelven a la vieja costumbre de aplastar a los súbditos. Y si éstos se rebelan, lo llaman violencia.
Finalmente, los tratados parecen una mezcla de cuentos de hadas y chistes; y la poesía ya no logra emocionar a nadie. El Himno de Europa resulta ingenuo en estos tiempos cínicos.
Quien quiera recordar el pasado puede leer a Stefan Zweig. Pero quien quiera atisbar nuestro futuro tendrá que visitar la isla de Utoya.
Casi da vergüenza sentirse europeo.