Abertzales en el Congreso

Durante años, todos los partidos políticos han insistido en una misma idea: la política se defiende en las urnas, no con pistolas y bombas. El apoyo de la izquierda abertzale a ETA (o la ausencia de condena) fue el argumento para ilegalizar las diversas formaciones en las que se mutaba. Ahora la situación ha cambiado. ETA ya no es una amenaza, sólo un lastre. La izquierda abertzale debería por tanto tener el camino libre para continuar con su “lucha” por medios democráticos. Pero no va a ser así.

Alfredo Pérez Rubalcaba ha dicho hoy en un mitin que, tras “quitarles las bombas”, el reto ahora es “quitarles los votos con la fuerza de la democracia”. ¿Perdón?

A ver si después de tantos años pidiendo a una parte de la sociedad vasca que apostara por la democracia va a resultar que hay a quien tampoco le gusta. Es muy peligroso querer miniminar los votos de la izquierda abertzale. Se corre el peligro de que piensen que por las vías democráticas no van a conseguir nada y se planteen volver al tiro en la nuca.

Porque parece que hay miedo a esos votos. Parece que intuyen una avalancha de papeletas de Amaiur, la coalición formada por Bildu y Aralar para el 20N. Es más que probable que esta formación logre una victoria similar a las obtenidas por Herri Batasuna en los años 80 y principios de los 90. Por entonces la izquierda abertazle no estaba ilegalizada y en diversas convocatorias envió a varios miembros al Congreso y al Senado. Suena tan lejano que parece increíble. Sin embargo, pronto volverá a ser una realidad.

A muchas personas les costará ver a un miembro de Amaiur en el Congreso. Es comprensible. Pero precisamente será el momento de actuar con cabeza, no con las vísceras. Actuar con sentido de Estado, pensando en el bien común, y no en ganar una hipotética batalla en la que todos podemos perder.

Quizá sea bueno recordar un ejemplo de cómo no hacer las cosas. En el año 2006 Hamás obtuvo una victoria aplastante en Palestina. Estas elecciones fueron auspiciadas por Israel y Estados Unidos; sin embargo, no les gustó el resultado y decidieron implantar un boicot. La comunidad internacional mostró sus verdaderos motivos, intereses y preferencias. Por  oposición a esa hipocresía, Hamás apareció entonces como una formación honesta, digna de gobernar; un partido asediado por todos. Sería catastrófico asistir a este espectáculo en España.

El viernes podíamos leer en el editorial del diario Gara:

Quienes han pasado los últimos años sembrando la desesperanza, el cinismo, el fatalismo, se han encontrado con que cada vez que a la sociedad vasca se le da un poco de libertad la ciudadanía responde. ¿Que no les gusta la respuesta? Es lo que tiene la democracia.

Una última reflexión. Estamos acostumbrados a que quien defiende mínimamente los derechos políticos de la izquierda abertzale (o los derechos humanos de los terroristas) es automáticamente acusado de proetarra. He llegado a leer que aquellos que estábamos a favor de la participación de Bildu en las autonómicas humillábamos a las víctimas. Es hora de abandonar este pensamiento de indios y vaqueros, este “o conmigo o contra mí”. Discrepo profundamente con las posiciones de la izquierda abertzale pero eso no significa que no acepte su existencia y su participación en el juego político.

Cien años después, todavía es necesario recordar a Evelyn Beatrice Hall: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Historia personal de ETA

Recuerdo que cuando era pequeño mi abuela me decía: “Pórtate bien, que si no vendrán los de la ETA y se te llevarán”. Yo no sabía qué era eso. “La ETA, me decía, son unos que van de negro y son muy malos”. Seguramente este recuerdo no sea del todo preciso pero sirve para entender que, a pesar de no vivir en el País Vasco, ETA ha estado en cierto modo siempre presente en mi vida.

También recuerdo a mi familia hablar del atentado de la Casa Cuartel de Zaragoza. Al parecer, mi abuelo pasó por delante minutos antes de la explosión. Creo que dentro estaba un tío segundo y sus hijas. Nadie cercano resultó herido.

Durante años, mi mejor amigo fue el hijo de un militar. Yo le preguntaba:” ¿No temes por tu padre?” Él se reía y en tono chulesco me decía que ETA “se la sudaba” y que lo que les pasara los “putos vascos” no iba con él. Yo no le comprendía.

A los 13 años compartí dos semanas de campamentos con adolescentes vascos y navarros. Una de las compañeras me dijo que sus padres habían sido de ETA. Le pregunté si aprobaban la violencia. Me dijo que antes sí, que con el franquismo tenía sentido.

Una vez vino a casa un familiar lejano, originario del País Vasco. Mientras tomaba una cerveza en el salón, en el Telediario informaron de la muerte de un dirigente de HB. Este familiar mostró su pesar y su apoyo a la formación. Me dio miedo.

Durante los años de instituto (1995-99) solía volver a casa con el temor de encontrarme un nuevo muerto en el informativo. Entonces no había internet y me enteraba de las noticias a la hora de comer. Tantos hubo que llegué a esperar la noticia los viernes por la tarde. Asociaba viernes a atentados; también el asesinato de Isaías Carrasco y las bombas de Calviá cayeron en viernes.

La tarde en que secuestraron a Miguel Ángel Blanco estaba en el cine. Todavía era un estudiante que no sabía a qué se iba a dedicar. Al volver escribí un folio en el que trataba de expresar mi tristeza. Nadie lo leyó pero aquél fue mi primer artículo de opinión. Dos días más tarde, me senté ante el televisor a esperar la noticia de su asesinato.Dolió. Al día siguiente vi la fotografía de su cadáver en Heraldo de Aragón. Me descompuso.

Años después aplaudí la Ley de Partidos. Discutí en muchas ocasiones con un amigo que la criticaba y defendía que Batasuna estuviera en el Parlamento Vasco. Hoy no opino lo mismo. Creo que ha podido retrasar el final de ETA.

El 11 de marzo de 2004, a las 11 y media de mañana dije en voz alta, frente al televisor: “No ha sido ETA”. Pocos minutos después, Arnaldo Otegi confirmó mis palabras. Me sentí insultado por el entonces ministro del Interior, Ángel Acebes, cuando llamó “miserables” a aquellos que dudaran de la palabra del Gobierno.

El 7 de marzo de 2008 fue uno de los días más importantes de mi (todavía corta) carrera como periodista. Aquel viernes ETA mató a Isaías Carrasco. La tarde en la redacción de informativos de Aragón TV fue de infarto. Pero muy enriquecedora. Aprendí mucho y, por primera vez en los 3 meses que llevaba en el puesto, salí satisfecho del trabajo realizado.

Hoy no he podido informar del fin de ETA. Me hubiera gustado estar en la redacción. Me consuelo al pensar que nunca más tendré que escribir sobre un nuevo atentado de la banda.

Cesiones a ETA: dolorosas pero necesarias

Cuanto más débil está ETA, más duros se muestran algunos. De limitarse a escuchar las declaraciones de ciertos políticos, alguien desconocedor de la situación real de la banda podría pensar que está fuerte, que casi tiene de rodillas a Gobierno, que los políticos ceden a sus presiones cada semana.

El último ha sido José María Aznar. El ex presidente ha participado en la conferencia política del PP y no ha defraudado. Según Aznar, el Gobierno piensa “que para conseguir el fin de ETA lo mejor es darles la razón” y ya se están produciendo las terribles “cesiones”. Según Aznar, derrotar a ETA “significa que no se suplique cada día a la banda terrorista que por favor haga algún gesto, alguna declaración, algún documento, algo que se pueda llevar al próximo mitin y que justifique la colección de cesiones que se les están regalando”.

En un mundo ideal, ETA sería derrotada de la forma que desea Aznar. Cautiva y desarmada, se hinca ante la bandera de España y pide perdón por los muertos, heridos y secuestrados. Lamentablemente, no vivimos en un mundo ideal. Lo que desean (al menos públicamente) Aznar, Mayor Oreja y otros sencillamente no va a pasar.

Cualquier mediador de conflictos sabe que la paz no se consigue con la victoria total de una parte y la derrota absoluta de otra. En 1918, las naciones vencedoras de la Primera Guerra Mundial impusieron un duro castigo a Alemania. Era el causante de la guerra y tenía que pedir perdón  pagar los platos rotos. El Diktat de Versalles pesó como una losa sobre los alemanes durante dos décadas, la humillación se convirtió en rencor y al final, resurgió la violencia. Ya sabemos cómo acabó esa historia.

Salvando las distancias, me temo que sí que habrá que “regalar cesiones”. Especialmente en el tema de los presos. Hoy el diario Gara reseña las memorias del ex lehendakari José Antonio Aradanza. En ellas se revela que el Pacto de Ajuria Enea contemplaba la excarcelación de todos los presos tras el fin de ETA. Aquellos que no tuvieran delitos de sangre serían indultados, mientras que los que hubieran participado en atentados con muerte serían enviados al exilio en unos años.

Recuerdo que el Pacto de Ajuria Enea fue firmado por PSOE, PNV y Alianza Popular (antecedente del PP) entre otros. La propuesta de excarcelación de presos resultaba tan arriesgada, iba a ser tan incomprendida y rechazada por la población que el representante de Alianza Popular exigió que ese apartado no se hiciera público. Sin embargo, admitía aquellas medidas eran “servidumbres que exigía la solución del problema”.

Ya hace 20 años la derecha admitía que iba a tener que “regalar cesiones”. Los mismos que luego acercarían presos y hablarían de Movimiento Vasco de Liberación Nacional piden hoy no dar un paso, mantenerse firmes.

Nadie quiere ver a un asesino en la calle pero tendremos que verlo. Nadie quiere entrar a un bar y tomar una cerveza cerca de un secuestrador pero tendremos que hacerlo. Nadie quiere subir a un taxi y que el conductor sea un terrorista, pero quizá sea una forma de reinsertarlos en  la sociedad (porque un terrorista en paro es muy peligroso; le puede dar por pensar que la paz no merece la pena).

¿Es justo excarcelar a secuestradores, asesinos y extorsionadores? No. Pero será necesario.

El conflicto en Irlanda del Norte siempre ha servido de espejo (aunque distorsionado) del problema en el País Vasco. Pues bien, hay que recordar que Tony Blair firmó los Acuerdos de Viernes Santo al año de subir al poder pero lo hizo partiendo de 22 meses de negociaciones entre el IRA y el anterior primer ministro, John Major. No es descabellado pensar que sea Mariano Rajoy quien firme la paz en 2012; pero lo hará sobre unas condiciones forjadas por el PSOE, unas condiciones (alto el fuego, legalización izquierda abertzale…) que ahora critican con todas sus fuerzas.