El otro

Dice Tzvetan Todorov que la política consiste en reconciliar intereses divergentes. Para llevarla a cabo, pues, es necesario conocer y respetar esos intereses. Algo muy difícil. El primer paso es estar dispuesto a escuchar al otro. ¿Cuántos de nuestros políticos realmente se detienen a escuchar, entender y estudiar las opiniones de sus contrincantes? ¿Cuántos periodistas escriben siempre a favor de un partido y siempre en contra de otro? Está comprobado que tendemos a creer con más facilidad lo que está de acuerdo con lo que ya pensábamos previamente; y al contrario, a dudar de lo que choca con nuestro sistema de pensamiento. Por eso mismo es necesario realizar un esfuerzo extraordinario en algunas ocasiones.

Todos creemos estar en posesión de la verdad; son los demás quienes se equivocan. Incluso aunque cedamos en un debate en la sobremesa de un restaurante, al volver a casa siempre nos queda un resquicio de perverso pensamiento que dice: “Yo tengo razón”. La periodista Kathryn Schulz dio una charla en TED sobre este asunto. Se pregunta:

¿Qué se siente, emocionalmente, qué se siente estar equivocado? Es terrible, vergonzoso… No. Esa es la respuesta a otra pregunta. Es la respuesta a: ¿qué se siente al darse cuenta de estar equivocado? Pero no se siente nada al estar equivocado. Mejor dicho: sí se siente algo cuando se está equivocado; se siente como tener razón.

Creerse en lo cierto es pensar que las creencias de uno reflejan perfectamente la realidad. Lo primero que hacemos por lo general si alguien no está de acuerdo con nosotros es suponer que son ignorantes. Cuando eso no funciona, pasamos a una segunda suposición: son todos idiotas. Y cuando eso tampoco funciona -cuando resulta que la gente que está en desacuerdo tiene los mismos datos que nosotros y realmente son inteligentes- entonces pasamos a una tercera suposición: saben la verdad y la distorsionan deliberadamente para sus propios fines.

Lo admito: he caído en estas tres suposiciones. Es difícil quitarse ciertas armaduras mentales. Es difícil porque si admites que el otro puede tener razón todo se tambalea. Quizá se parezca, salvando las distancias, al vértigo que puede sentir un creyente al admitir que los ateos pueden tener razón.

Los lectores de este blog sabrán que me considero de izquierdas. Soy un firme defensor de la educación pública, la sanidad gratuita universal y, en general, del Estado de Bienestar; también creo que el neoliberalismo es perjudicial para la mayoría de la población. Sin embargo, de cuando en cuando trato de ponerme en el lugar de, por ejemplo, Esperanza Aguirre. Repaso una tras otra las suposiciones de las que hablaba Kathryn Schulz: ¿de verdad piensa así la lideresa? ¿lo hace por pura maldad? ¿o es sincera, y cree que es lo mejor para la sociedad?

A veces, este ponerse en el lugar del otro puede llevar a extremos y termino por darme cuenta de que, como canta Bob Dylan, todos los ejércitos creyeron en su momento tener razón, todos creyeron tener a Dios de su lado.

No hace falta llegar a esas elucubraciones (que, por otro lado, no conducen a nada). Pero sí creo necesario modificar esta cultura de la razón. Es imposible que todos estemos en lo cierto. Hay que admitir con más frecuencia los errores. No sólo a nivel personal, sino colectivo. Todavía no he escuchado a ningún economista de La Moncloa decir: “Me equivoqué en mis predicciones; las medidas que propuse no eran las adecuadas”. ¿Algún directivo del Santander o de el BBVA ha dicho: “Somos en parte culpables de la crisis: dimos demasiados créditos sin pensar a largo plazo?”

Llevamos años viviendo en un ambiente político tóxico. Parece que estemos enfrentados unos contra otros, que andemos siempre a la greña, buscando desesperadamente que el contrario se equivoque, al tiempo que maquillamos y escondemos nuestros fallos (o los fallos de nuestro partido). Los que trabajamos en medios de comunicación tenemos mucha culpa. A la hora de seleccionar las declaraciones de los políticos nunca elegimos las más suaves, las conciliadoras. Siempre buscamos el rifirrafe, como si de una película se tratara. Eso, cuando no tergiversamos los hechos descaradamente. Es un tópico decir que según escuches la SER o la COPE sientes que vives en una u otra España (en parte porque muchos ciudadanos sólo escuchan lo que quieren oír).

El director de cine Kelly Nyks cuenta en un documental cómo las nuevas tecnologías permiten crear tu propia realidad. Asegura que los ciudadanos podemos elegir la realidad que preferimos y encerrarnos en ella como si fuera una burbuja. Estas realidades paralelas están cada vez más alejadas del centro, quienes viven en ellas son muy de derechas o muy de izquierdas (o muy cristianos, o muy ateos, o muy nacionalistas o…). Así, pues, cada vez es más difícil estar de acuerdo en algo, cada vez hay más antagonismo y menos colaboración y, en definitiva, es cada vez más complicado sostener el concepto de comunidad o bien común (un concepto del que se hablaba en este reportaje sobre Noruega). Nycks concluye: “Tienes derecho a elegir una opinión. No unos hechos”. No puedo estar más de acuerdo.

Retomo el inicio de este artículo: la política consiste en conciliar intereses divergentes (que no opuestos). Para ello es necesario escuchar al otro y admitir que quizá uno está equivocado. Es muy difícil que nuestros líderes políticos cambien de actitud. Pero podemos dejar de imitarles; no sirven como ejemplo. Sólo cambiando la cultura política desde la base, la cultura política de cada ciudadano, sólo así es posible lograr un cambio real. Lo demás son sólo cambio de siglas y colores.

El futuro que nos espera (de la mano del PP)

Una de las claves del actual Partido Popular es, como escribe hoy Carlos E. Cué, no dar titulares. No lanzar mensajes claros, no decir nada que no pueda ser rechazado una semana después. No mojarse.

Esta delirante estrategia parece que les dará buenos resultados (aunque más por culpa del PSOE que por ser, en efecto, una buena línea de acción) y, en consecuencia, su programa electoral es un ejemplo de imprecisión.

Cualquier escolar que tuviera que escribir una redacción con el tema “Si yo fuera presidente del Gobierno” pariría un texto similar. El programa del PP es un programa de buenos deseos que, claro, compartimos el 90 por ciento de los ciudadanos. Les ha faltado decir: “Impulsaremos el canto de los pájaros al amanecer y la sonrisa de los niños en la calle”.

Sin embargo, entre tanto buenismo hay algunas medidas reales. Me parece oportuno resaltarlas aquí.

1.-

Presentaremos un plan completo y coherente de reformas estructurales para la estabilidad presupuestaria, el saneamiento del sector financiero, la liberalización de la economía, la reforma laboral y el impulso de la competitividad.

De la estabilidad financiera ya hablé aquí. Es muy peligrosa.

La liberalización de la economía también suena muy bien pero es igual de perjudicial. Veamos un ejemplo: En España el precio de los libros está fijado. Las librerías pueden hacer un 5% de descuento a quien desee. A primera vista puede perjudicar al cliente, pues está obligado a pagar casi lo mismo en cualquier tienda. Pero es la única forma de que las librerías pequeñas sobrevivan. En el año 1997 Inglaterra “liberalizó” este sector. Ahora apenas hay librerías pequeñas.

Sucede parecido en otros sectores. Si se “liberalizan” horarios comerciales se permite que El Corte Inglés abra 365 al año. ¿Qué pequeña tienda puede competir con estas cadenas?

La “liberalización” es una medida que beneficia al grande y perjudica al pequeño.

2.-

Simplificaremos la tipología de contratos laborales para reducir la temporalidad y dar expectativas de estabilidad, flexibilidad y seguridad a todos los trabajadores y empresas. 

Nueva reforma laboral en el horizonte. Y, pueden estar seguros, no favorecerá a los trabajadores. El contrato único es, de nuevo, una propuesta neoliberal que maquillan para que parezca lógica y necesaria. Hace 2 años lo proponía la CEOE; y, ya se sabe, si lo quiere la patronal ¿a quién beneficiará?

Ayer la propuesta venía del Nobel de Economía Christopher Pissarides. Se supone que un Nobel da prestigio y garantiza amplios conocimientos. Es decir: su palabra más que la mía. Pero la Economía no es una ciencia, es ideología; ¿y qué ideología tiene este señor Pissarides? En la entrevista dice: “A finales de los años setenta y a los años ochenta, se dio a los trabajadores unos poderes y privilegios que la economía no podía permitirse”. Más claro, agua.

3.-

Modernizaremos el impuesto sobre la renta con el objetivo de favorecer el ahorro, la inversión y el empleo. Fomentaremos fiscalmente el ahorro a largo plazo mediante la creación de una nueva deducción en el IRPF por el incremento anual del ahorro, que incluya la adquisición de vivienda habitual.

Vuelta a premiar al ladrillo. ¿No hemos aprendido nada desde 2008?

4.-

En el impuesto de sociedades generalizaremos la aplicación a las empresas de reducida dimensión el tipo impositivo del 20 por ciento; extenderemos el ámbito de aplicación del tipo del 25 por ciento. Simplificaremos el sistema de deducciones.

Reducir impuestos es un regalo para ciertos oídos. Pero ya vimos lo bien que funcionaba en Irlanda el reducido Impuesto de Sociedades. Ya es muy bajo en España (9’9 el tipo medio real). Bajarlo más es un error.

En general, bajar impuestos es un error. Hoy El País publica un reportaje sobre Noruega. Allí se pagan impuestos muy altos pero también se reciben muchas prestaciones. A la larga, compensa.

5.-

Impulsaremos el mecenazgo para que tanto particulares como empresas se involucren en la financiación y promoción de la cultura, sustituyendo progresivamente el actual modelo basado en subvenciones

Es curioso que la derecha quiera que el Estado se desprenda siempre de ciertos sectores. El primero, la cultura. Bajo la acusación de ser “caldo de subvenciones”, abogan por quitarle todo el apoyo estatal. Pero cuanto más apoyo tenga, mejor para el país. Francia, por ejemplo, defiende su cine con uñas y dientes; también Estados Unidos utiliza Hollywood como embajador mundial. Y nadie acusa a sus gobernantes de favorecer a “tiririteros”.

Durante los próximos meses iremos conociendo más medidas del PP. Sin embargo, con este avance ya nos podemos hacer una idea del modelo de España que quieren.

Arriesgo una predicción: dentro de 4 años, las clases altas serán más ricas que hoy; las bajas tendrás más problemas para llegar a fin de mes; y la clase media será mucho más delgada. Ojalá me equivoque.

Informe de la situación

A veces, me siento un abuelo. Suele ocurrir a la hora de comer y de cenar. Acostumbro a engullir las judías mientras veo el informativo y, claro, la comida se me atraganta. Cada día subo un escalón en mi indignación. Por cierto, una palabra bonita y necesaria a la que están vaciando de contenido.

Ahora resulta que vamos a ser parte de la Guerra de las Galaxias. El mismo señor que sacó las tropas de Irak cree que el escudo antimisiles es una buena idea. Hace unos años no pensaba lo mismo. Decía Úrsula Iguarán que “el tiempo pasa, pero no tanto”. Parecido podría decirse de Zapatero: todos cambiamos, pero no tanto.

Quien no ha cambiado nada es el señor Rajoy, también conocido como el-próximo-presidente-de-Españistán. A don Mariano le gusta Jarabe de Palo y por eso todo depende (pinchar para escuchar). ¿De qué? Es un misterio. Vamos a pasar de un presidente que incumple sus promesas a otro que ni siquiera se molesta en hacerlas.

Es la estrategia contraria a Rubalcaba. La versión castiza de Fouché promete el oro y el moro y lo hace sabiendo que tampoco va a romper su palabra. Los votantes no le darán la oportunidad.

Mientras, en la periferia de la política el cinismo y la hipocresía tiene nombre de mujer. La señora Aguirre se quedó en la caja de Pandora para recordarnos que ella siempre cae de pie, que al final sólo queda ella y que el resto somos unos fanáticos de Robespierre que deseamos hundir a escuela pública.

Igual de tranquilo que la antigua ministra de Cultura está el actual ministro de Fomento. El señor Blanco no tiene nada que ocultar, aquel día necesitaba echar gasolina y se encontró por casualidad con el señor Dorribo. Por supuesto, es inocente. Pero lo más asombroso es que los ciudadanos no pidamos a gritos su dimisión. ¿Será que no nos sorprende?

Por cierto que todo está relacionado y quien ha destapado este caso (inventado, digo: don Pepiño es tan puro como su apellido) es el mismo que ha escrito un mamotreto sobre Robespierre, el Terror y los peligros del 15M. A la presentación del mejor libro escrito desde Hamlet (palabra de Pérez-Reverte) acudió la flor, nata y caspa de la política de Españistán. Así se entiende todo.

Hay más motivos para que se me atragante la comida, pero ahora prefiero olvidarlos. No me culpen. ¿No es acaso el olvido el deporte nacional?