Corrupción Con Mayúsculas

En España cada uno roba según sus posibilidades. El pobre evita el IVA y el rico vuela a Suiza. Es una cuestión de grado.

Oigo con frecuencia este argumento. Que no son los políticos, sino la sociedad entera la que está corrupta. Lo oigo y tengo que admitir que es cierto; pero me huele mal. Decir que todos somos corruptos no es describir una realidad, es justificarla. Si todos somos corruptos, nadie lo es. Si todos mentimos y evadimos impuestos nadie es culpable, nadie debe pagar por sus delitos. No van a meter a 46 millones de españoles a la cárcel. Me recuerda a aquello de que la crisis era culpa de todos. Falso.

Tampoco es una simple cuestión de grado la relación entre no pagar el IVA y llevarse 22 millones de euros a Suiza. No es lo mismo pagar 10 mil euros en B al comprar una casa que pagar 10 mil euros en B cada mes a dirigentes del principal partido político del país. Quien quiera compararlos, lo que hace es defender la Corrupción Con Mayúsculas.

Un ciudadano raso tiene una obligación con su conciencia y con Hacienda. Un responsable político la tiene con todos los ciudadanos a los que representa. Sus delitos, por tanto, son más graves.

La fórmula para erradicar la corrupción tampoco es echar a todos los políticos, ni bajarles el sueldo. Eso es mera demagogia. Ha quedado suficientemente comprobado que el poder corrompe, que quien tiene mucho siempre quiere más, que arriba se pierde el contacto con la realidad y es muy fácil desviarse al lado oscuro. La solución es poner barreras, limites. La solución no es cambiar de personas sino de sistema.

Los países que mejor funcionan (Dinamarca, Finlandia y Nueva Zelanda) tienen unos fundamentos políticos muy diferentes a los de España (que se sitúa en el puesto 30, a la par de Botswana). No se trata de ética o de cultura, tampoco de inflar el código penal. Es más profundo y más efectivo. La clave está en las instituciones.

Recuerdo un texto de Víctor Lapuente que ya cité:

Las administraciones más proclives a la corrupción son aquéllas con un mayor número de empleados públicos que deben su cargo a un nombramiento político. Y aquí, el contraste entre España y los países europeos con niveles bajos de corrupción es significativo. En una ciudad europea de 100.000 a 500.000 habitantes puede haber, incluyendo al alcalde, dos o tres personas cuyo sueldo depende de que el partido X gane las elecciones. En España, el partido que controla un gobierno local puede nombrar multitud de altos cargos y asesores, y, a la vez, tejer una red de agencias y fundaciones con plena discreción en política de personal. En total, en una ciudad media española puede haber cientos de personas cuyos salarios dependen de que el partido X gane las elecciones.

A esto hay que sumar el corporativismo propio de cualquier institución, sea un partido, una iglesia o una empresa. A la menor acusación, saltan como un resorte a defender a su compañero. Y no. Defender lo indefendible resta credibilidad. Caso a caso, vemos cómo se repite el ritual: acusación, defensa cerrada, contraataque desde el partido, nuevas pruebas, dimisión/cese reiterando su inocencia y olvido.

Quiero pensar que si yo estuviera en la posición de Cospedal o Rubalcaba, haría lo contrario. Que ante cualquier sospecha, me reuniría con la persona acusada, le informaría de su destitución y expulsión del partido y le prometería que, si se demostraba su inocencia, volvería por la puerta grande. Pero esto hoy no sucede. Hay demasiados intereses, demasiados favores debidos.

No es todo negro. Se puede cambiar el sistema; sólo hace falta voluntad. En este artículo recuerdan cómo Suecia pasó de ser un país caótico a ejemplo de buen gobierno. España debería fortalecer los tribunales de cuentas, las auditorías, los concursos públicos; eliminar cargos de libre designación, vertebrar una verdadera administración pública; limitar los periodos en el poder, cerrar las puertas giratorias.

Insisto, es cuestión de ganas.

Otras voces: Antisistema

Texto del periodista David Jiménez, @DavidJimenezTW

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De todos los improperios que de vez en cuando dejan los lectores en la sección de comentarios, a veces con motivo, me llama la atención especialmente el de “antisistema”. Uno creía ser todo lo contrario: prosistema. Muy a favor de un sistema donde las leyes se aplican a todos por igual, no en función de la posición económica o política. A favor de un sistema de televisión pública al servicio de todos y no del gabinete de prensa del partido de turno. A favor también del sistema judicial, preferiblemente independiente y sin el compadreo político al que acostumbra. Y a favor, incluso, del sistema financiero: uno en el que los bancos no salgan a bolsa facilitando cuentas falsas para embaucar a los inversores, los grandes banqueros no reciban privilegios para regularizar fortunas no declaradas en Suiza, el consumidor no sea estafado y las entidades no dejen en la calle a quien se retrasa unos meses en el pago de la hipoteca, mientras reciben ayudas de sus impuestos.

Diga usted algo de esto y le llamarán antisistema. Es más: se lo llamarán los políticos, banqueros, empresarios, golfos y trincones que más han hecho por corromper el sistema. La confusión carecería de importancia, si no fuera porque esconde la más trágica de las consecuencias de la crisis: los millones de parados, los sacrificios impuestos, la destrucción de sueños personales, esa generación de jóvenes desperdiciada, el deterioro de los derechos sociales, todo va camino de no haber servido de nada. Se ha recortado en todo, sin reformar nada. Se ha exigido todo, a cambio de nada. Por parte de una casta política y económica que tiene la determinación de mantener el sistema en su actual estado de putrefacción. Queda mucho por saquear. Impunidades por mantener. Corrupciones que tapar. Silencios que comprar.

Quienes controlan el timón saben que el barco presenta graves desperfectos, pero asisten a la zozobra general desde la seguridad del bote salvavidas. Piden a los pasajeros de tercera, los que tienen el agua al cuello, que se sacrifiquen un poco más por mantener la embarcación a flote, dándoles tiempo a arramplar con lo que queda. Y si alguien levanta la voz, o protesta, le dicen airados: “No sea usted antisistema”

Oda a la concejala masturbadora

Cuentan los viejos del lugar que antaño la masturbación estaba vetada por los sumos sacerdotes. Desde las aulas y los púlpitos amenazaban a los adolescentes con el fuego eterno y, tal vez peor, con la ceguera. Duro castigo por “hacer el amor con la persona que más quieres”, Woody Allen dixit. Hoy la Iglesia ya no tiene tanto poder pero sigue intentando controlar la vida sexual de los ciudadanos. Ahora el castigo por masturbarse viene de otras esferas y es más leve: dimisión.

Es lo que le ha sucedido a la concejal socialista Olvido Hormigos. Esta señora se masturbó y grabó en vídeo sus movimientos. La cosa no hubiera pasado del círculo íntimo de no ser porque alguien (que ya ha sido arrestado) colgó el vídeo en un portal de vídeos X y en estos momentos lleva 400 mil visitas. No voy a enlazarlo aquí. Sólo diré que, como otros, lo he visto y no me ha parecido escandaloso, indigno o inmoral.

Cada uno disfruta de la vida como quiere, siempre que no perjudique a los demás. O debería. Porque es muy fácil recordar a otros cargos públicos disfrutando de la vida y perjudicando al resto.

Hay quien caza elefantes en África mientras España se hunde, quien se va de viaje con su novio a costa del dinero público, quien se gasta en cocaína 900 mil euros destinados a pagar EREs, quien conduce borracho, quien se aprovecha de su poder para hacer negocios más o menos turbios, quien dilapida dinero de los ciudadanos en construirse estatuas que glorifiquen su imagen, quien guarda lingotes de oro en su casa… La lista es larga.

Será que soy un libertino, pero me molesta mucho más cualquiera de los casos anteriores que el hecho de que una concejal se masturbe. De hecho, en estos tiempos en que parece que retrocedamos hacia el nacionalcatolicismo, resulta inspirador comprobar que todavía hay políticos que saben apreciar su cuerpo.