La falacia de la deuda y el déficit

Hay reducir el déficit. No se puede gastar más de lo que se tiene. Un estado es como una familia. Durante meses, la mayoría de los políticos y los medios de comunicación han repetido estas frases y otras parecidas hasta lograr que la ciudadanía las asimile como verdades universales. Y, sin embargo, no son ciertas.

1. Déficit

La economía de un estado se puede dividir en ingresos (la mayor marte, vía impuestos) y gastos (pagar a los trabajadores públicos, invertir en infraestructuras, mantener servicios públicos…). Cuando un año se ingresa más de lo que se gasta, hay superávit; cuando se gasta más de lo que se ingresa hay déficit. Cada cifra de déficit se refiere al balance gastos/ingresos de un año determinado.

La intuición nos dice que lo ideal es tener superávit. Los ciudadanos estamos acostumbrados a lidiar con la economía doméstica. La comparación parece perfecta: si gasto más de lo que ingreso, estoy en problemas. Pero miremos los datos de Europa:

La zona euro en conjunto siempre ha tenido déficit. Alemania o Francia, también. España tuvo superávit durante la primera legislatura de Zapatero y el año 2011 lo cerró con un déficit del 8’5%.

Imaginen una familia que año tras año gastara más de lo que ingresa. Acabaría en la ruina. Sin embargo, Alemania o el Reino Unido funcionan perfectamente. Esto tiene un nombre: falacia de composición.

Consiste en creer que lo que es cierto para un individuo no tiene que serlo para toda la sociedad. Se nos dice que lo que vale para una familia, vale para el estado. Y no. Lo que es cierto para un individuo no tiene que serlo para toda la sociedad.

Durante años, los países tenían una poderosa herramienta para subsanar el déficit, para “tener más dinero”: fabricarlo. Cada país tenía su banco central y éste podía ordenar la creación de más dinero. La contrapartida era que la inflación aumentaba. En muchas ocasiones, merecía la pena. Pero ahora la situación ha cambiado. El Banco de España tiene menos poder que hace 20 años; es el Banco Central Europeo quien decide si imprimir o no más dinero. Y como el BCE es prácticamente alemán (y Alemania tiene fobia a la inflación), no imprime más dinero. La Reserva Federal de Estados Unidos tiene una política bien diferente. Ya lo dijo su anterior presidente, Alan Greenspan: “EEUU puede pagar cualquier deuda, porque la Reserva Federal puede imprimir dinero cuando quiera”.

2. Deuda

La deuda pública no es lo mismo que el déficit. La deuda se refiere a la cantidad total que un estado que un estado tiene que devolver porque en su día lo pidió prestado.

De nuevo, lo intuitivo es pensar que cuanto menor sea esta cantidad, mejor. Si una familia debe 300 mil euros por una hipoteca, por ejemplo, tratará de reducir esta cantidad es a mes hasta quedar a cero con el banco. Pero no sucede lo mismo con un país. Para empezar, una persona muere al cabo de varias décadas. Intentará no dejar deudas a sus hijos y vivir los últimos años con cierta tranquilidad económica. Un país, en teoría, no muere a las pocas décadas. Los tiempos son diferentes.

Además, un estado puede no pagar su deuda. No es lo usual, ni lo ideal, pero es perfectamente posible. Si un Gobierno estima que es imposible pagar lo que se debe, se declara en bancarrota y empieza de cero. Por supuesto, tendrá muchos problemas durante un tiempo para lograr préstamos pero se habrá quitado una pesada losa de encima.

España se ha declarado en quiebra 13 veces en los últimos 5 siglos. Y aquí seguimos. También Islandia, México, Dubai o el estado de California se han declarado en quiebra alguna vez en los últimos años. Pruebe usted a llamar a su banco y decir que no aga la hipoteca, a ver qué sucede.

La diferencia es que, como dice el refrán, “si debes un millón al banco, tienes un problema; si debes mil millones, es problema es del banco”. Así, es más fácil dejar caer a una familia qe a un país. La primera vez que España se declaró en quiebra, la banca del alemán Jakob Fugger también se fue a la ruina. Ahora, los principales acreedores de la deuda griega son el BCE y ciertos bancos franceses y alemanes; por eso hay “hombres de negro” en Atenas.

Y por eso se ha rescatado a la banca española.  Alemania es dueña de casi el 20% del dinero que se debe a los bancos internacionales. Francia se queda en el 15%. En ambos casos, la deuda es, principalmente, de bancos, empresas del Estado y los particulares.

Durante los últimos meses los políticos y los medios se han referido a la deuda de España (aquello de “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”). Pero veamos datos concretos. En estos momentos, la deuda de España ronda el 80% del PIB.

(Actualización: El Banco de España cifra la deuda en 775 mil millones, el 72% del PIB. El Gobierno espera llegar al 80% en diciembre.)

¿Parece mucho? A primera vista, sí. Pero en realidad estamos por debajo de la media europea (83%); también nos supera Bélgica (98,0%), Francia (85,8%), el Reino Unido (85,7%) o Alemania (81,2%).

El rescate, como explica el economista Eduardo Garzón, repercutirá en la deuda española pero no en el déficit. Los 100 mil millones de euros irán a la casilla del “debe”; en algún momento habrá que pagarlos. Pero a la hora de incluirlos en el balance de 2012, no se puede encajar el dinero en ingresos ni en gastos. Quedan en una suerte de limbo, así que es difícil que repercuta en el déficit. Otra cosa son los intereses:

Si la economía española finalmente usa los 100.000 millones de euros que puede emplear, y el tipo de interés del préstamo es del 3% (como parece que será finalmente), el estado tendrá que devolver los 100.000 millones de euros en un futuro pero además tendrá que pagar 3.000 millones de euros extra por haber pedido el préstamo. Los 3.000 millones de euros de intereses no se añadirían a la deuda pública, sino que quedarían contabilizados como gastos del estado. Y este aumento de gastos obviamente repercutiría negativamente sobre el déficit público del estado.

Al otro lado del charco, Estados Unidos tiene una deuda del 101%; buena parte de este dinero lo ha prestado China. Y, claro, quiere cobrar. El pasado agosto una agencia de noticias de Pekín publicó. “China, el mayor tenedor de deuda de la única superpotencia mundial, tiene ahora todo el derecho de exigir que Estados Unidos aborde sus problemas estructurales de deuda y garantice la seguridad de los activos en dólares de China”. Y animaba a Washington a recortar servicios públicos para ir reduciendo el déficit. ¿Les suena?

Es muy importante señalar que la mayor parte de la deuda española es privada (familias y empresas).  Desde 2001 a 2008, esta deuda pasó del 100% al 200% del PIB. Este hecho demuestra que el motor del crecimiento económico en España estuvo basado en la industria del crédito. Es cierto que el estado ha derrochado millones de euros en aeropuertos vacíos y centros culturales estériles; pero el greso de la deuda es consecuencia de la avaricia de los bancos, que daban créditos sin control.

Ahora se quiere  reducir el déficit y la deuda mediante el recorte de inversión pública. Los economistas críticos Alberto Garzón y Juan Torres-López explican por qué no es buena idea:

El gasto público es un estimulante del crecimiento económico. Aunque bajemos el gasto público, lo que conseguiremos será deprimir la economía (que entrará en recesión) y por lo tanto también los ingresos públicos, lo que significa que la relación ingresos-gastos se mantendrá igual. O, lo que es lo mismo, tendremos los mismos problemas de deuda que antes de comenzar a rebajar el gasto pero, además de ello a una población que en conjunto será más pobre (porque verá cómo los servicios públicos se deterioran y se pierden puestos de trabajo y caen los salarios).

Se puede vivir con déficit y con deuda, siempre que éstos sean estables. De hecho, el sistema se basa en el crédito bancario. Quien trate de vender como ciencia la reducción del déficit, en realidad está vendiendo ideología.

23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo

Decía Woody Allen que todo lo que nuestros padres consideraban bueno, era malo; y viceversa. Algo parecido puede aplicarse a la actual situación económica. Tiendo a pensar que todo lo que el FMI, el Banco Mundial y ciertos economistas de renombre consideran adecuado para un país, es en realidad una receta para el desastre. Admito que es una visión maniquea de la realidad, pero también una buena estrategia de defensa.

Sin embargo, en ocasiones tengo problemas al argumentar por qué creo que los consejos neoliberales son sentencias de muerte. Me falta preparación académica y carezco de los datos suficientes; tampoco me contento con la falacia ad hominem. Creo que no soy el único que se encuentra en esta situación: intuimos que os están engañando pero no sabemos cómo.

El economista surcoreano Ha-Joon Chang ofrece una respuesta a este problema. En 2010 escribió en inglés el libro 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo y ahora Debate lo publica en español. Chang recorre en 300 páginas los principales “engaños” del neoliberalismo. Cada capítulo empieza con “lo que nos cuentan” y luego demuestra cuál es la realidad.

Lo mejor de todo es que utiliza un lenguaje muy claro, escoge ejemplos muy certeros y salpica el texto de un sentido del humor muy british (no en vano da clases en Cambridge).

Pero no hay que engañarse: Chang no es anticapitalista. Considera que el capitalismo es el menos malo de los sistemas económicos y aboga por un capitalismo “con rostro humano” (si es que eso es posible). Según Chang hay muchos capitalismos posibles, y la versión neoliberal no es la mejor. Se muestra partidario de un capitalismo al estilo escandinavo, con un fuerte estado de bienestar. En el último capítulo del libro, resume los problemas del neoliberalismo:

Sus teorías han generado un crecimiento más lento, una mayor desigualdad, unos puestos de trabajo menos seguros y unas crisis financieras más frecuentes. Han presionado a favor de políticas que debilitaban las perspectivas de crecimiento a largo plazo en los países en desarrollo. En los países ricos, estos economistas han desestabilizado cada vez más la vida de los ciudadanos y les han hecho perder el control nacional de su economía. Por si fuera poco, también insisten en que todo lo que a mucha gente le parece cuestionable -desigualdad, sueldos astronómicos de los ejecutivos, pobreza extrema-, es inevitable.

Las ciencias económicas, tal y como han sido aplicadas en las últimas tres décadas, han perjudicado claramente a la mayoría de las personas.

Ahora parece que nos estamos dando cuenta de esta realidad, y empezamos a rebelarnos. Pero los poderes económicos y políticos tratan de acallarnos a toda costa. Como escribe hoy José Luis Trasobares:

El proceso revolucionario puesto en marcha a escala global por los neocones necesita imperiosamente visiones autoritarias, salvajes, retrógradas, alejadas de cualquier tentación relativista. Si la gente ha de meterse entre pecho y espalda los ajustes, será preciso llevarla al redil por las malas; si la ciudadanía se rebela ante el empobrecimiento que le decretan, habrá que ponerla en su sitio. A la postre, fue en el ensangrentado Chile de Pinochet donde la escuela económica de Chicago llevó a la práctica sus primeras teorías sobre el estado de shock.

Para combatir al neoliberalismo, Chang aboga por escuchar a los economistas críticos. Comparto su opinión. En España tenemos al trío formado por Alberto Garzón, Vicenç Navarro y Juan Torres López. En sus blogs y sus libros ofrecen un diagnóstico muy diferente al que estamos acostumbrados a escuchar el los medios de comunicación. Quizá si siguiéramos sus consejos nos iría mejor.

El capitalismo es un caballo salvaje

1.-

Primero, un chiste: Hay dos peces jóvenes nadando y se encuentran con un pez más viejo que viene en sentido contrario. Éste les saluda con la cabeza y dice “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóvenes nadan un poco más y entonces uno de ellos se vuelve hacia el otro y dice “¿Qué diablos es el agua?”. Parecido podría decirse del capitalismo.

Es el sistema económico imperante y, sin embargo, pasa desapercibido. Es lo “normal”. Cuando alguien habla de ideología o de sistemas económicos siempre se refiere a otros sistemas, a otras formas de entender el mundo. Es un modo muy efectivo de apuntalarlo.

Parece que el capitalismo siempre ha existido, que siempre existirá. El Fin de la Historia y todo eso, ¿recuerdan? Sin embargo, el capitalismo sólo tiene 400 años. Aunque antes existían actividades que pueden encasillarse en él, comenzó a fortalecerse con la Reforma, como señala Max Weber. 400 años. Un suspiro. ¿Hasta cuando durará? No se sabe. Pero seguro que se extingue, que muta, que es sustituido por otro sistema. ¿Mejor o peor? Esperemos que lo primero.

Otro chiste: Dice un estudiante a un amigo: “Mi tesis trata sobre la supervivencia del sistema de clases en Estados Unidos”. El amigo se sorprende: “No sabía que hubiera sistema de clases en Estados Unidos”. “Nadie lo sabe”, responde el estudiante. “Precisamente es así como sobrevive”.

El diputado de IU Alberto Garzón ha resumido esta idea en el siguiente tweet: “Todo el mundo tiene ideología. Y quien cree que no tiene… se engaña, pues ha interiorizado la ideología del poder económico.”

Pero para cambiar algo lo primero es reconocer su existencia. El capitalismo ha utilizado el viejo truco del diablo, y parece que funciona.

2.-

El capitalismo es incompatible con la democracia. No lo digo yo, lo dice JA Schumpeter, un economista nada sospechoso de ser izquierdista: “El capitalismo, si permanece estable económicamente, e incluso si mejora en estabilidad, crea una mentalidad y un estilo de vida incompatibles con sus propias condiciones fundamentales, con sus motivaciones profundas y con las instituciones sociales necesarias para su supervivencia”.

El capitalismo es un caballo salvaje. Lucha por zafarse de su amo, de la política. Si el jinete no sujeta bien fuerte las riendas, se lanza al galope hasta derribarlo. El caballo, ahora libre, huirá pero terminará por morir. Pues no es nada sin su dueño.

Parece que en China lo ha logrado, allí el capitalismo sin democracia da unos resultados (económicos) asombrosos. Pero ¿hasta cuándo es viable esa situación? Por otra parte, que no haya democracia no quiere decir que no haya política. Al contrario. China gasta más en seguridad interna que en su ejército exterior. Quizá porque, como dice Eduardo Galeano, para que el dinero circule libremente hay que encarcelar a las personas.

Hace unos años se hizo un experimento con ratones para estudiar la adicción a la cocaína. En su jaula, tenían dos opciones: recibir una dosis de droga o comer. Si elegían una, no podían elegir la otra hasta horas después. Pues bien, su adicción era tan poderosa que preferían morir de hambre a privarse de una dosis de cocaína. Esto sucede con el sistema capitalista.

Los “mercados” son voraces, incansables, insaciables. Los especuladores son capaces de destruir el sistema antes que renunciar a los desorbitados beneficios. Piensan a corto lazo. La película Margin call es un buen ejemplo de este comportamiento. Aquellos ejecutivos, que ganaban millones al año, sabían que sus acciones iban a causar un severo daño a la economía mundial. Y aun así… bueno, ya sabemos lo que pasó.

3.-

No me considero anticapitalista. Primero porque prefiero definirme pro algo que contrario a algo. Así, me considero demócrata, partidario del estado de bienestar, de las empresas públicas, de los impuestos altos… Y segundo porque hoy todavía no existe una alternativa viable. Todavía no ha aparecido el Karl Marx del siglo XXI. Hasta que lo haga, sólo podemos sujetar con determinación las riendas. Domar al capitalismo. Que no se escape. Que no nos derribe.

Una tarea difícil. Los economistas de la ortodoxia (la ortodoxia capitalista, se entiende) son contrarios a poner coto a sus desmanes. Prefieren la “libertad de mercado” y la “desregularización”, dejar trabajar a la famosa mano invisible. Estas palabras tienen para mí otro significado: la ley de la selva. Karl Liebknecht lo expresó muy bien: “La ley básica del capitalismo es tú o yo, no tú y yo”.

Y los políticos son cada vez más débiles, cada día disminuye su poder de decisión. Dejan paso a los “expertos”, los tecnócratas. Pero un tecnócrata no es un informático. Un tecnócrata tiene ideología y, normalmente, suele ser neoliberal. ¿Qué freno van a poner los Draghi y Taguas del mundo? Ninguno.

¿Hay esperanza? Quiero pensar que sí. Pero está en el fondo de la caja, oculta bajo los demonios que nos saltan a la cara.