La muerte en Qala-i-Naw

Recupero un texto escrito hace casi dos años; mutatis mutandis, suscribo cada línea.
 

Es tan obvio que se nos escapa. O queremos que se nos escape. Es el peligro de aceptar la realidad sin preguntar su porqué, de creer a los medios -con su hábil utilización de palabras e imágenes- sin dudar de lo que nos cuentan.

Cuando caemos en la cuenta, todos decimos: “Pues es verdad”. Pero a veces es demasiado tarde.

Aquí algunas puntualizaciones que viene bien recordar:

  • La muerte de un soldado es una tragedia, pero no debe ser portada de informativos. Un soldado no vale más que un obrero de la construcción. Ayer falleció un trabajador sin contrato en Valencia. Se cayó del tejado del chalet donde trabajaba. Hoy, como mucho, ha sido publicado en un breve o en una noticia de 20 segundos en los informativos (y no en todos).
  • Lo de Afganistán no es una guerra: es una invasión. Estados Unidos lideró en 2001 un grupo de países occidentales, entraron a sangre y fuego en el país, acabaron con su gobierno, con su ejército y dijeron a los ciudadanos que iban a salvarlos de los talibanes. Como no podía ser de otro modo, muchos no quisieron ser salvados, o no de esa manera. El problema de fondo no es el fanatismo religioso, sino la pobreza (y de esto sabe bastante Ramón Lobo)
  • Parece que sólo el dolor hace ver la realidad. Ayer la abuela del soldado (¿por qué esa insistencia en repetir su nombre?) decía: “Le dijeron que iba en misión humanitaria y le llevaron a una guerra”.
  • El Ministerio de Defensa condecorará al soldado con la Cruz al Mérito Militar. Su familia, recibirá una indemnización de 140.000 euros. El Gobierno redactó una ley en 2004 para dar este dinero a los familiares directos de los militares que pierdan la vida en el curso de una operación de mantenimiento de la paz o de asistencia humanitaria. Al albañil fallecido ayer, ¿qué le dará el Gobierno? Algunos muertos, por lo visto, merecen más consideración que otros.

La misión en Afganistán comenzó con 70 soldados. En breve habrá casi un millar. ¿Para cuando la retirada?

No seguir al abanderado

Es algo atávico. Un año más los tanques han salido a la calle para celebrar la Fiesta Nacional, un día para recordar el desembarco de Cristóbal Colón en América. Coincide con el día grande de las fiestas del Pilar, pero no es lo mismo.

Curiosa forma de reivindicar un país. Con armas y balas. Claro, parecido ocurre con los himnos nacionales, todos tan guerreros.

El “coñazo del desfile”, Rajoy dixit, está presidido por el rey, que, cómo no, va vestido de militar, supongo que para recordar que es el supremo comandante de las Fuerzas Armadas. Después están los miembros del gobierno, el líder del principal partido de la oposición y, aquí ya empieza a haber baile, los presidentes de las comunidades autónomas. Quién asiste y quién se queda en casa es asunto de interés público. El político, embajador o representante que va, muestra respeto a la bandera, a España, al Rey y, por lo visto, a todos los ciudadanos; el que no, es un rojo, separatista, ingrato que no merece el cargo que tiene. Ésa es, más o menos, la lectura de casi todos los medios.

Después están los familiares de los militares, que acuden a la Castellana como quien acude a la graduación de su niño en la Universidad. También asisten las familias de los soldados muertos durante el año. Unos señores, a juicio del relator del acto, que son más héroes que Ulises y Aquiles juntos. Por lo visto construyen y aman a España, y por eso sus familias tienen el honor de tocar la mano de un anciano tembloroso (las mujeres e hijos de los obreros muertos no están; será que ellos no amaban a España, que trabajaban nada más que por el vil metal).

La que nunca falta es  la cabra, que hace mucha gracia. A algunos.

Me da que es la más sensata, porque va por obligación y no siente ningún orgullo de su paseo. Será que el resto estamos como cencerros.

Bring our boys home

60 mil millones de dólares. Es el dinero que la comunidad internacional ha destinado a la reconstrucción de Afganistán. Una ayuda que no siempre ha ido a parar a las manos adecuadas. Estados Unidos calcula que 3 mil millones han salido del país por la puerta de atrás. En metálico y en maletas.

Los países donantes acusan al Gobierno de Hamid Karzai de permitir la corrupción y éste ha dicho que para evitarla lo mejor es que su equipo controle directamente las ayudas.

Un ejemplo de esta mala gestión es el suministro eléctrico. A pesar de los objetivos propuestos, sólo 1 de cada diez habitantes tiene luz. Un residente de Kabul asegura que esperan día y noche a los escasos minutos de electricidad con que cuenta. Y afirma que sin electricidad la vida no tiene sentido.

Corrupción, falta de luz y de agua, opresión de las mujeres, atentados, narcotráfico… Pruebas suficientes de que el país no ha experimentado las mejoras prometidas. Muchos creen que la conferencia que hoy tiene lugar en la capital no va a solucionar nada.

Una activista política dice que será como las anteriores: no solucionará nada. Sólo buenas promesas. Dice que los afganos están cansados de falsas alabanzas a la democracia, de atentados y de vivir en guerra.

Mientas, la última propuesta de la coalición internacional es lograr la integración de los talibanes. Si aceptan un estado de derecho y respetan a las mujeres, podrán volver al poder.

La conferencia empieza dos días después que de el ministro español de Exteriores llegara a Afganistán. Moratinos ha visitado a las tropas, ha elogiado su “labor humanitaria” y ha participado en una jiga, una asamblea de notables en la que se pudo ver a dos mujeres completamente tapadas con un burka.

Hace unas semanas se descubrieron varios yacimientos minerales. Servirán para fabricar tecnología en Occidente.

Si unimos estas informaciones, el resultado es claro: la “guerra de Afganistán” es una invasión motivada por la economía. España no debe estar allí. Zapatero debe traer las tropas a casa. Ahora.