La amenaza del Kindle

El Kindle es el mejor lector electrónico del mercado. Es ligero, sencillo, agradable y barato. Su éxito en cierto modo es comparable al del iPod: antes de que Apple lo sacase al mercado existían numerosos aparatos para escuchar MP3, pero el iPod los barrió a todos (acabó incluso con Zune, la apuesta de Microsoft) y se convirtió en el ejemplo a seguir. También hoy existen muchos lectores electrónicos pero a largo plazo no tienen nada que hacer contra el dispositivo de Amazon.

Lo bueno del Kindle es la tienda que tiene detrás. Y lo malo del Kindle es la tienda que detrás.

Los problemas de comprar en Amazon vienen de 3 frentes: la gestión de los ebooks, el precio y el peligro del oligopolio.

Únete a la fuerza (de Amazon)

Amazon lo sabe todo de ti

Sobre el primer asunto se explayaba hace tiempo Richard Stallmann, fundador del movimiento por el software libre. En 2011 escribió The danger of ebooks, un documento en el que alertaba de los riesgos de tratar con Amazon. Estos son:

  • Amazon te obliga a registrarte en su tienda para comprar un ebook
  • En algunos países, Amazon especifica no eres dueño del libro que acabas de comprar
  • Es necesario aceptar unas licencias y unos términos de servicio muy severos
  • El préstamo de libros está muy restringido
  • Es imposible hacer copias del libro debido al DRM
  • Amazon se reserva el derecho de eliminar remotamente nuestros libros, como ya sucedió con miles de copias del libro de George Orwell 1984

En definitiva, comprar un ebook es Amazon es un acto menos libre que comprar un libro de papel en una librería. Nada sorprendente. Estamos acostumbrados a que Google conozca nuestros secretos y Facebook nuestras conversaciones; ¿qué importa que Amazon tenga un archivo de mis referencias literarias?

Mi historial de compra en Amazon

Lo cierto es que a mí me importa. Huí de Facebook hace unos meses y ahora estoy pensando en abandonar Google Docs debido a las cláusulas de su almacenamiento en la nube. Tampoco me gusta ser controlado por Amazon. Hoy vivimos en una democracia (aunque de bajo nivel) pero ¿y si en 10 años no es así? Todos hemos leído declaraciones de disidentes franquistas que leían libros de Marx o Lorca a escondidas; si un día prohiben los ensayos de Naomi Klein y Amazon los retira de sus estantes y de nuestros lectores ¿podremos leer sus necesarias palabras?

Una leyenda urbana sostiene que en el FBI salta una alarma cada vez que alguien saca de la biblioteca ciertos libros; ¿llegará el día en que vendrán a por nosotros al comprar en Amazon?

La guerra ha empezado

La estrategia de Amazon desde el nacimiento del Kindle ha sido ofrecer los ebooks más baratos del mercado. A primera vista, es una ventaja; pero puede resultar contraproducente. Amazon obliga a las editoriales a vender sus libros a un precio muy inferior al que desean. El gigante electrónico argumenta que los ciudadanos no están dispuestos a pagar 20 dólares por un ebook, así que las editoriales tienen 2 opciones: lo venden barato o lo venden en otras tiendas. El problema es que hoy por hoy Amazon copa el mercado de ebooks y si no estás allí, es como si no existieras.

Como digo, a corto plazo es ventajoso para el lector poder comprar un ebook a un mejor precio, pero a largo plazo puede salir muy caro. En el anterior post recordaba que el precio fijo en España permite la supervivencia de las pequeñas librerías; del mismo modo, la estrategia de Amazon puede acabar con las pequeñas editoriales.

Random House no tiene problemas en bajar sus precios, quizá hasta le salga a cuenta; pero Atalanta o Acantilado necesitan vender a un precio mayor para poder seguir editando. La semana pasada, la editorial para niños Educational Development Corporation anunciaba su retirada de Amazon. The New York Times recogía declaraciones de su director: “Nos están sacando del negocio con su guerra de precios”.

Días antes, la fiscalía de Estados Unidos había demandado a Apple y a 5 grandes editoriales por pactar precios para hacer frente a Amazon. El iPad de Apple es un serio competidor al Kindle, y varias editoriales se habían aferrado a él para poder vender sus ebooks a un precio mayor. La demanda ha dado alas a Amazon para bajar todavía más los precios, en la confianza de que la justicia fallará a su favor.

Jeff Bezos, fundador de Amazon

Amazon piensa a largo plazo. Actualmente no tiene grandes beneficios con estos precios, es imposible puede tenerlos. Su objetivo es desgastar a la competencia. Va a mantener su política de precios hasta que los comercios que pueden hacerle sombra quiebren (ha llegado a sugerir a sus clientes que hojeen los libros en una tienda cualquiera pero que los compren luego en su web y se ahorren unos dólares) y entonces subirá los precios para obtener verdadero beneficio. También Fnac, cuando abrió sus puertas en Zaragoza, vendió discos a un precio muy bajo y los libros siempre con el 5% de descuento; una vez hubo barrido a la competencia, subió los precios.

A veces olvidamos que publicar libros cuesta dinero. Es cierto que un ebook se salta el gasto en papel, la distribuidora, la tienda física… Pero todavía es necesario un autor, un editor, una campaña de publicidad… Como dice el portavoz de las editoriales independientes de EEUU, “Amazon quiere libros a un precio muy bajo, más bajo del que la industria puede soportar”.

Es normal querer pagar poco por los ebooks; pero corremos el riesgo de que en un futuro no haya libros (o sólo existan bestsellers; no sé qué es peor).

Tres anillos para dominarlos a todos

En 20 años, el mercado del libro electrónico será un oligopolio. Si las actuales tendencias siguen su rumbo y no se pone freno a las aspiraciones de los gigantes, sólo quedarán Amazon, Apple y Google.

Sucedió con los videoclubs y está sucediendo con el mercado del audiovisual (en Estados unidos ya se alquilan por streaming más películas de las que se compran). Sucederá con los libros. Mientras la industria se preocupa de los que piratean libros, ignoran la verdadera amenaza.

Amazon venderá libros para su Kindle, Apple para su iPad y Google habrá escaneado todos los libros del mundo.

iPad vs Kindle

Si nada ni nadie lo impide, desaparecerán las grandes librerías y las pequeñas editoriales. Algunas pequeñas librerías resistirán gracias a la venta de libros descatalogados (en papel) y a la atención al cliente fetichista. Las grandes editoriales (que habrán absorbido a las pequeñas) se habrán plegado a los deseos de Amazon y Apple y publicarán menos libros y buscarán el bestseller rápido (como ocurre con las películas de Hollywood, creadas para ganar el máximo de dinero en la primera semana).

La clave para conseguirlo es unir dispositivo y contenido. Es lo que hizo Apple con el iPod y iTunes; y es lo que ha hecho Amazon con Kindle. En teoría se puede comprar un ebook en Fnac, Casa del Libro… En la práctica sólo compro en Amazon. Y no soy el único.

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"Aquí no vendemos apestosos Kindles"

Es un diagnóstico muy pesimista. ¿Hay alternativa a este futuro? Sí. En el próximo post hablaré de las opciones que tienen autores, editoriales y librerías.

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Feliz Día del Libro (electrónico)

Cada vez leo más ebooks. No es nada extraño; todos sabemos que Amazon vende Kindles como churros, que ha sido el regalo estrella de las Navidades y de muchos cumpleaños. Lo raro es que cada vez compro más ebooks. Porque un cosa es pagar por un Kindle y otra pagar por los libros que vas a leer en él. Y ahí, me temo, las cifras no son tan espectaculares.

Una de las razones es que en Españistán nadie paga por algo si puede conseguirlo gratis. Ocurrió con la música, con las películas y ahora está ocurriendo con los libros. Hay quien me mira raro cuando descubre que pago por los contenidos digitales, cree me sobra el dinero. Luego nos extrañamos de que haya corrupción…

El otro problema para comprar ebooks es que no lo ponen nada fácil. Sucede algo similar al negocio audiovisual: parece que quieren que pirateemos. Hace 2 años, un puñado de editoriales crearon un portal digital para, en teoría, vender ebooks. La idea parecía buena: a falta de la versión española de Amazon, era necesario un portal donde encontrar libros de muchas editoriales. Sin embargo, el objetivo oculto era otro.

Ante el temor de que los españoles comenzáramos a comprar Kindles y piratear libros de Alfaguara, Random House y compañía, sus ejecutivos decidieron tomarnos por estúpidos y crearon Libranda, un portal destinado a no vender ebooks. Ricardo Galli resumió la experiencia en un tweet:

En teoría, Libranda fue un fracaso. En realidad fue un éxito. Consiguió retrasar un par de años la llegada masiva del libro digital. Hasta hace unos meses, la lectura de ebooks en España se reducía a un puñado de personas relacionadas con la Universidad o el periodismo, algunos frikis de la tecnología y poco más. Yo mismo me compré un Kindle DX en 2010 y no tengo reparos en decir que no ha sido hasta la apertura de Amazon.es cuando realmente he empezado a aprovecharlo.

Una vez superada esta barrera inicial, nos topamos con el precio. Hay que decirlo alto: los ebooks son demasiado caros. Hay quien no está dispuesto a pagar 13 euros por un archivo digital cuando puede tener la edición en papel por 18. Y es lógico. La distribución, el material, la tienda, los vendedores… todo eso se elimina. Entonces ¿por qué es tan caro? Hay 2 motivos: el precio fijo y el IVA.

La ley señala que el precio de un libro viene marcado por el editor y no puede ser cambiado por distribuidoras o librerías. Se admite que los comercios apliquen el 5% de descuento a voluntad, y hasta un 10% en el Día del Libro. Nada más.

Este precio fijo (regulado también en Francia, Dinamarca o Noruega) es el que permite que existan librerías pequeñas, en las que hay una verdadera atención al cliente. Si se elimina, si se liberaliza el sector, las grandes superficies podrían bajar los precios durante un año, barrer a la competencia y luego volverlos a subir. ¿Ciencia ficción? No. Recuerden lo que ha ocurrido con los discos. Hace 15 años en Zaragoza había una decena de tiendas; hoy sólo queda FNAC.

El IVA es otra historia. Los libros en papel son considerados bien cultural y tributan al IVA superreducido: 4%. En cambio, los libros electrónicos lo hacen al 16%. Si las cabezas pensantes descubrieran que un ebook es un libro, tal vez igualarían el IVA y, en consecuencia, el precio sería menor y no perjudicaría a las librerías (es lo que han hecho recientemente Francia y Luxemburgo).

De todas formas, a la larga sale muy caro pagar poco por los libros.

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Actualización 6-05-2012

Leo en La Vanguardia que este precio fijo puede ser burlado. Hecha la ley…

La ley define que el precio es fijo, pero no estático. Si se informa del cambio de precio al ISBN (Número Estándar Internacional de Libros) para que todos los distribuidores digitales y las librerías online puedan ofrecerlo al mismo precio es completamente legal. Y aquí es donde entra la picaresca y la poca eficacia del sistema.

Veamos cómo funciona: el editor debe asignar un ISBN a cada formato de libro que publique. Es decir, uno diferente para el libro que se comercializa en papel, otro para el formato ePub (el usado en casi todas las librerías online) y otro para el formato mobi (el que vende Amazon). Por lo tanto, puesto que cada formato puede tener un precio distinto, es posible modificar el precio de un formato durante un tiempo determinado sin tener que cambiar el de los demás, lo que permite a Amazon vender el mismo título más barato que las demás librerías.

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Esta serie de posts sobre el ebook continúa aquí y aquí

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Señora Merkel: no somos niños

Selecciono extractos del último artículo de Soledad Gallego-Díaz para El País.

Los enormes esfuerzos que está haciendo la ciudadanía española no servirán de nada si Alemania no acepta completar el diseño de la moneda única y permite que se pongan en marcha políticas de estímulo económico que ayuden a los países más afectados por la crisis.

Así que la pregunta que deberíamos estar haciéndonos es: ¿hasta cuándo tendremos que soportar que Alemania se comporte como si la Unión Europea fuera un organismo más de sus propias instituciones, donde su Gobierno dispone y dictamina, y no una institución plurinacional, en la que aceptó compartir su soberanía, a cambio de las enormes ventajas que ha venido obteniendo desde su creación?

El Gobierno de la señora Merkel tiene derecho a pedir que los países que han rebasado niveles soportables de déficit realicen los esfuerzos necesarios para devolverlos a cifras manejables. Pero una cosa es aceptar sacrificios posibles y otra aceptar ser tratados como niños, a los que hay que administrar un castigo ejemplar para que no vuelvan a las andadas.

No somos niños ni estúpidos. Somos ciudadanos europeos conscientes de nuestras obligaciones y derechos, ciudadanos de un país que no es un desecho ni un desperdicio de la historia.

Los políticos españoles no son los únicos que deben decir la verdad a sus ciudadanos. Los alemanes, también. Decirles, por ejemplo, lo que reconocen todos los organismos internacionales del mundo: que Alemania es el país que más se ha beneficiado, con diferencia, no solo de la misma creación de la UE, sino de la creación de la moneda única.

Si no hubiera existido el euro, en las actuales circunstancias los demás países hubiéramos devaluado nuestras monedas y convertido el marco en una divisa tan fuerte que hubiera perjudicado sus exportaciones.

La canciller Angela Merkel no caza elefantes, pero está a punto de cazar a toda una generación de españoles y en convertirlos en un trofeo mucho más peligroso que unos colmillos de marfil. Y sin que nadie aquí levante la voz.

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El gobierno contra el Estado

Durante las últimas semanas hemos asistido al desmantelamiento del ya herido estado de bienestar. Cuando Rajoy abandone La Moncloa, a España no la va a reconocer ni la madre que la parió.

Antes de las elecciones escribí que con el PP la brecha entre pobres y ricos no hará más que aumentar, mientras que la clase media contará cada vez con menos miembros. Subestimé las intenciones del Partido Popular. Como dice el PSOE en una campaña, #vanaportodo.

El catedrático de Ciencias Políticas Ramón Cotarelo ha escrito un artículo en el que resume la ofensiva del PP. Copio y pego aquí unos extractos.

El Consejo de ministros de ayer fue un aquelarre, un consejo de guerra contra el Estado social y democrático de derecho que consagra la Constitución. El Estado social ha recibido dos tremendos golpes en su pilar de la sanidad y en el de la educación. El Estado democrático de derecho en la libertad de expresión y el derecho a la información por medio del decreto-ley que modifica la vigente Ley de Radio Televisión de 2006 en cuanto a la forma de elección del presidente del Consejo de Administración. El Estado a secas, en el principio general de justicia con ese indulto a los dos últimos condenados en el caso del Yak 42 por no otra razón sino porque es el caso específico del PP, siendo Trillo ministro de Defensa, actualmente premiado con la embajada en Londres.

En realidad todo esto pasa porque el PP actúa en la convicción de que, para llegar al poder, vale todo, incluso la mentira. Ni uno solo de los solemnes compromisos de Rajoy durante la campaña electoral del 20-N ha quedado de pie en cinco meses de acción de gobierno: no iba a subir los impuestos y los subió; no iba a tocar las pensiones y las tocó y dos veces; no iba a meter la tijera en sanidad y educación y les ha asestado dos tajos mortales.

Mentira tras mentira se llega a adquirir oficio y, en efecto, Rajoy dice siempre lo que cree que le conviene sin preocuparse si tiene sentido o no, entre otras cosas porque no comparece nunca a dar cuentas y, si lo hace, no admite preguntas. Admira ver con qué tranquilidad el presidente dice una cosa, hace la contraria y no presta atención alguna a las críticas ni, por supuesto, las responde. Para eso tiene a sus ministros que comparecen y muestran que son lo que son: Ana Mato está empeñada en cargarse la sanidad pública por muy diversas vías y José Ignacio Wert en terminar con la educación pública básicamente por dos: reduciendo becas y aumentando tasas.

Se comprende que, teniendo que atentar tan gravemente contra el Estado del bienestar, el gobierno recurra al decreto-ley. Pero la base de este no es que aquel se vea en apuros sino que haya causas objetivas de urgencia y necesidad. De todas formas da igual ya que el gobierno tiene asegurada la mayoría parlamentaria de sobra para convalidar los decretos-leyes más agresivos que quepa imaginar contra el Estado social y democrático de derecho.

No es de extrañar que la oposición, singularmente el PSOE, hable de “golpe de Estado”. Pues sí, es una especie de golpe de Estado al modo de hoy. Ya no se sacan los tanques a la calle entre otras cosas porque no hace falta. Al fin y al cabo, la función principal de los tanques era siempre tomar los centros de comunicaciones: telefónica, radios, la televisión. Ahora eso se hace directamente, por la vía civil. Telefónica es una empresa privada a las órdenes del gobierno conservador y con el decreto-ley el gobierno se garantiza imponer unilateralmente el presidente del Consejo de Administración de la Corporación de Radio Televisión.

Este episodio que, como vemos, pone fin a un modelo de Radio Televisión autónoma e independiente es el producto de la táctica de la mentira más descarnada, tan reveladora de un modo de entender la política. Correspondió a Dolores de Cospedal la tarea de atacar RTVE acusándola de parcial y sectaria contra toda evidencia. La elección es buena pues Cospedal carece de escrúpulos en cuanto a los medios que deban emplearse para conseguir el objetivo. Si hay que mentir, se miente. Con ese mismo desparpajo puede la dirigente popular criticar la supuesta falta de imparcialidad de RTVE sin mencionar siquiera los casos de TeleMadrid y Canal Nou, dos canales públicos literalmente al servicio del PP. No del poder, sino del poder del PP.

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Monarquía o democracia

Se ha abierto la veda. Después de 3 décadas de omertá, de guardar noticias en el cajón y de anular cualquier atisbo de crítica, ya podemos hablar mal de la monarquía.

Dos de sus más férreos guardianes han abierto las puertas: Iñaki Gabilondo y José Antonio Zarzalejos. El primero es el referente de cierta izquierda, la que lee El País y se considera socialdemócrata; el segundo fue director del muy monárquico ABC. Si ellos se atreven a criticar al Rey, es que el cordón sanitario se ha roto.

En el videoblog que publica en la SER y en El País, Gabilondo pronunció la palabra tabú: abdicación. Por su parte, Zarzalejos describió en su columna de El Confidencial cómo la monarquía “ha entrado en barrena”: malas compañías, amantes, amenazas entre padres e hijos, matrimonios de conveniencia… Todo lo que se necesita conocer el actual (mal)estado de la monarquía está ahí. También es bueno recordar los discursos de Juan Carlos anteriores a 1975 o leer Un rey golpe a golpe.

Criticar a la monarquía es signo de buena salud democrática, pero tengo la sensación de que lo hacemos por las razones equivocadas. Y eso, a la larga, puede jugar a favor de la institución y en contra de quienes ansiamos una república.

Muchas voces aluden al gasto excesivo, a la corrupción, al estilo de vida… Nos quedamos en la superficie del problema. Estoy de acuerdo con todos estos argumentos, pero se pasa por alto el primero y más importante: la monarquía no es democrática. No puede serlo. Una monarquía democrática es una contradicción en sus términos.

El artículo 14 de la Constitución dice que todos los españoles son iguales ante la ley. Miente. La figura del Rey es irresponsable; el monarca no responde por sus actos: lo hace el Gobierno. Si mañana Juan Carlos asesinase a su yerno delante de las cámaras de TVE, no iría a prisión; la Constitución lo prohíbe. Por supuesto, es altamente improbable que el Monarca acabe con la vida de un familiar, pero el argumento sigue siendo válido. La sucesión hereditaria también viola el principio de igualdad de acceso a los cargos. Cualquier ciudadano puede ser funcionario, rector de Universidad, concejal o presidente del Gobierno. Sólo unos pocos pueden ser jefe de Estado. La propia existencia de la monarquía contradice a la Constitución Española.

Partiendo de esa realidad, el resto de críticas son superfluas. Contraproducentes, incluso. Hay quien piensa que el Juan Carlos I está mayor y que debe dejar paso a su hijo Felipe, que él sabrá llevar la corona con más honradez, que está muy preparado para el puesto y que llevará un estilo de vida más decente (o más discreto). ¿Y eso qué importa? La clave es que un español nace con un derecho del que la mayoría carece. Por muy fiel que sea el actual príncipe de Asturias, por muchos idiomas que hable y por muchos negocios que consiga para empresas españolas, la situación será la misma.

Luis Alfonso Gámez resumía ayer este pensamiento con un certero tweet:

En realidad, la monarquía es una institución atávica, anacrónica (cuando las novelas de fantasía épica como Juego de Tronos se sitúan en una Edad Media alternativa, por algo es). En su momento, como escribe Miguel Izu, “basaba su legitimidad en pretextos que el mundo actual ha hecho inaceptables: la naturaleza divina del monarca, el origen sobrenatural de su poder, el derecho de conquista, el pacto con el pueblo, la elección entre los miembros de la aristocracia…” ¿Cuál es la legitimidad de los Borbones en 2012? Ninguna.

Hasta hace muy poco se sustentaba en un difuso apoyo de los españoles, pero todo apoyo necesita ser revalidado cada cierto tiempo. Lo que se aceptó en 1975 no tiene por qué ser válido 40 años después. Y da la impresión de que los últimos acontecimientos han debilitado este pacto. No sólo es necesaria la abdicación de Juan Carlos en su hijo, también lo es un referéndum. El día en que Felipe suba al trono Mariano Rajoy debería preguntar a los españoles si queremos monarquía o república.

En este punto del debate, suele aparecer el siguiente argumento: una república no es la panacea. Saldría igual de caro mantener a la familia del presidente, podríamos tener de jefe de Estado a un Aznar o un Zapatero y al menos el actual sabe idiomas… Recuerda demasiado al “virgencica, que me quede como estoy”. Al menos ese jefe de Estado sería elegido por los ciudadanos, podríamos mandarle a su casa al cabo de 4 años y su figura no será inviolable e irresponsable. Sería un paso hacia la verdadera democracia.

Por cierto, ¿donde está escrito que haya que tener un jefe de Gobierno y un jefe de Estado? Esa es la costumbre europea, pero no es la única. Cuando los países de América se independizaron de las metrópolis europeas se cuidaron mucho de cambiar a un Rey por otro; tampoco instauraron un doble poder. En la mayoría de los países de ese continente hay un jefe de gobierno, y punto. Se argumenta que en Europa el jefe de Estado sirve de freno a los excesos del Gobierno (o viceversa), pero para eso está el Parlamento.

Hasta hace poco, la llegada de la III República era sólo una utopía. Hoy es una posibilidad. Gracias, Majestad.

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