Gordillo en Telecinco: la humillación de la política

¿Puede la política prostituirse todavía más? ¿Puede hablar con un lenguaje más barriobajero? ¿Puede perder la poca altura que le queda? Sí puede, y lo está haciendo.

Ayer José Manuel Sánchez-Gordillo participó en un programa de Telecinco llamado El Gran Debate. El diputado autonómico andaluz y alcalde de Marinaleda respondió a las preguntas de unos periodistas y defendió sus últimas acciones (robo en supermercados para dar comida a ONG y ocupación de una finca militar). El título del programa de hoy era “Gordillo: ¿héroe o villano?”

Para empezar, este encabezamiento deja muy clara la opinión del programa. En una pregunta, lo último siempre tiene más fuerza. Los de la cadena de Berlusconi parecen decir: “señores espectadores, ¿creen que este tipo mal vestido es un héroe o, como nosotros pensamos y es de sentido común, un villano?

Pero la clave, a mi juicio, es que Gordillo nunca debería haberse prestado a participar en este programa. Sus directivos argumentarán que en la cadena también hay espacio para el debate político y que es una oportunidad única de que millones de personas conozcan la ideología de este hombre del que todos hablan. En realidad, El Gran Debate es veneno en frasco bonito. Las formas importan, y mucho. Las formas pueden deslegitimar el contenido.

Cuando los presentadores y colaboradores de un programa de Telecinco hablan de política, no puedo evitar sentir un rechazo hacia todos sus argumentos. Los cojo con pinzas, y bien lejos de mi nariz. Apestan a mentira, a demagogia barata, a burda manipulación. Apestan a fascismo.

Justamente ayer, vi esta intervención de Gordillo en el programa La Clave, en 1985. De nuevo, estaba rodeado de señores (entonces no había tantas mujeres en TV) bien vestidos, hombres de bien que no eran capaces de entender que alguien puede vivir de acuerdo a una ideología y no de acuerdo a una billetera. ¡Pero qué diferencia entre uno y otro programa!

Me enteré de la presencia de Gordillo en Telecinco gracias a varios tweets que hablaban de la rubia de bote que le hacía preguntas a degüello. Prueba clara de que en Telecinco no buscan un verdadero debate. Twitter puede ser a veces un patio de vecinos, pero también he visto en mi timeline discusiones políticas de altura. Ayer, sin embargo, sólo se hablaba de lo atractiva que era esa mujer tan de derechas.

El de Gordillo es el último ejemplo de una tendencia: cada vez más políticos participan en programas de TV para “la masa”. Acuden a los Desayunos de TVE, pero también al programa de Ana Rosa; hemos pasado de verlos en CNN+ a verlos en El Gran Debate.

Creo que uno de los primeros fue José Bono, allá por 2010. Entonces participó en La Noria, el anterior nombre de este programa. Abrió una puerta peligrosa.

En ese tipo de platós no hay lugar para la reflexión, para el pensamiento ordenado, para las palabras pausadas. Como un virus, el estilo de la mayoría de los programas de Telecinco se contagia a los invitados. Visten de traje y vienen de sentarse en un escaño, pero terminan por gritar, insultar, hacer chascarrillos y reducir la política a una verdulería.

Javier Pérez de Albéniz escribe en su blog El descodificador:

Creo que nadie dispuesto a transmitir un mensaje coherente y serio debería aparecer en “El gran debate”. Meca de la telebasura, y ejemplo de manipulación y degradación de las ideas, el programa de Telecinco es simplemente un asco. Quienes participan en semejante pantomima tienen poco que ganar (solo audiencia) y mucho que perder (nada menos que credibilidad). Colaboran en la ceremonia televisiva de la confusión.

Hay un sitio para cada cosa. Escuchar a Belén Esteban argumentar de forma coherente las razones de su odio a la petarda de turno en Los Desayunos de TVE sería ridículo; pero escuchar a Gordillo defender el comunismo en un plató propiedad de Berlusconi es humillante.

Quizá, en realidad, ése sea el objetivo. Los grandes empresarios sólo buscan quitarse de encima a los políticos. ¿Qué mejor forma de desprestigiar a un comunista que sentarlo junto a Jordi González? Funciona. Hoy respeto un poco menos al alcalde de Marinaleda.

Monarquía o democracia

Se ha abierto la veda. Después de 3 décadas de omertá, de guardar noticias en el cajón y de anular cualquier atisbo de crítica, ya podemos hablar mal de la monarquía.

Dos de sus más férreos guardianes han abierto las puertas: Iñaki Gabilondo y José Antonio Zarzalejos. El primero es el referente de cierta izquierda, la que lee El País y se considera socialdemócrata; el segundo fue director del muy monárquico ABC. Si ellos se atreven a criticar al Rey, es que el cordón sanitario se ha roto.

En el videoblog que publica en la SER y en El País, Gabilondo pronunció la palabra tabú: abdicación. Por su parte, Zarzalejos describió en su columna de El Confidencial cómo la monarquía “ha entrado en barrena”: malas compañías, amantes, amenazas entre padres e hijos, matrimonios de conveniencia… Todo lo que se necesita conocer el actual (mal)estado de la monarquía está ahí. También es bueno recordar los discursos de Juan Carlos anteriores a 1975 o leer Un rey golpe a golpe.

Criticar a la monarquía es signo de buena salud democrática, pero tengo la sensación de que lo hacemos por las razones equivocadas. Y eso, a la larga, puede jugar a favor de la institución y en contra de quienes ansiamos una república.

Muchas voces aluden al gasto excesivo, a la corrupción, al estilo de vida… Nos quedamos en la superficie del problema. Estoy de acuerdo con todos estos argumentos, pero se pasa por alto el primero y más importante: la monarquía no es democrática. No puede serlo. Una monarquía democrática es una contradicción en sus términos.

El artículo 14 de la Constitución dice que todos los españoles son iguales ante la ley. Miente. La figura del Rey es irresponsable; el monarca no responde por sus actos: lo hace el Gobierno. Si mañana Juan Carlos asesinase a su yerno delante de las cámaras de TVE, no iría a prisión; la Constitución lo prohíbe. Por supuesto, es altamente improbable que el Monarca acabe con la vida de un familiar, pero el argumento sigue siendo válido. La sucesión hereditaria también viola el principio de igualdad de acceso a los cargos. Cualquier ciudadano puede ser funcionario, rector de Universidad, concejal o presidente del Gobierno. Sólo unos pocos pueden ser jefe de Estado. La propia existencia de la monarquía contradice a la Constitución Española.

Partiendo de esa realidad, el resto de críticas son superfluas. Contraproducentes, incluso. Hay quien piensa que el Juan Carlos I está mayor y que debe dejar paso a su hijo Felipe, que él sabrá llevar la corona con más honradez, que está muy preparado para el puesto y que llevará un estilo de vida más decente (o más discreto). ¿Y eso qué importa? La clave es que un español nace con un derecho del que la mayoría carece. Por muy fiel que sea el actual príncipe de Asturias, por muchos idiomas que hable y por muchos negocios que consiga para empresas españolas, la situación será la misma.

Luis Alfonso Gámez resumía ayer este pensamiento con un certero tweet:

En realidad, la monarquía es una institución atávica, anacrónica (cuando las novelas de fantasía épica como Juego de Tronos se sitúan en una Edad Media alternativa, por algo es). En su momento, como escribe Miguel Izu, “basaba su legitimidad en pretextos que el mundo actual ha hecho inaceptables: la naturaleza divina del monarca, el origen sobrenatural de su poder, el derecho de conquista, el pacto con el pueblo, la elección entre los miembros de la aristocracia…” ¿Cuál es la legitimidad de los Borbones en 2012? Ninguna.

Hasta hace muy poco se sustentaba en un difuso apoyo de los españoles, pero todo apoyo necesita ser revalidado cada cierto tiempo. Lo que se aceptó en 1975 no tiene por qué ser válido 40 años después. Y da la impresión de que los últimos acontecimientos han debilitado este pacto. No sólo es necesaria la abdicación de Juan Carlos en su hijo, también lo es un referéndum. El día en que Felipe suba al trono Mariano Rajoy debería preguntar a los españoles si queremos monarquía o república.

En este punto del debate, suele aparecer el siguiente argumento: una república no es la panacea. Saldría igual de caro mantener a la familia del presidente, podríamos tener de jefe de Estado a un Aznar o un Zapatero y al menos el actual sabe idiomas… Recuerda demasiado al “virgencica, que me quede como estoy”. Al menos ese jefe de Estado sería elegido por los ciudadanos, podríamos mandarle a su casa al cabo de 4 años y su figura no será inviolable e irresponsable. Sería un paso hacia la verdadera democracia.

Por cierto, ¿donde está escrito que haya que tener un jefe de Gobierno y un jefe de Estado? Esa es la costumbre europea, pero no es la única. Cuando los países de América se independizaron de las metrópolis europeas se cuidaron mucho de cambiar a un Rey por otro; tampoco instauraron un doble poder. En la mayoría de los países de ese continente hay un jefe de gobierno, y punto. Se argumenta que en Europa el jefe de Estado sirve de freno a los excesos del Gobierno (o viceversa), pero para eso está el Parlamento.

Hasta hace poco, la llegada de la III República era sólo una utopía. Hoy es una posibilidad. Gracias, Majestad.