No hables. No grites. No te manifiestes. Obedece y calla. Es por tu bien.
Este parece ser el mantra que cada semana nos repiten “los de arriba” (tanto unos como otros, me refiero al Poder). Todo lo que no favorece al sistema es antisistema. Cualquier duda, cualquier iniciativa para promover un cambio es recibida con agresividad.
Ayer mismo, la gala de los Goya se convirtió, dicen, en un acto político. Maribel Verdú dedicó su premio “a toda esa gente en este país que ha perdido sus casas, sus ilusiones, sus esperanzas, su futuro, e incluso sus vidas, por culpa de un sistema quebrado, injusto, obsoleto que permite robar a los pobres para dárselo a los ricos”.
Más dura fue Candela Peña, que hizo saber a los millones de espectadores que su padre murió en un hospital del tercer mundo ubicado en España. Un hospital en el que faltaban mantas y el agua la traían los familiares.
Al instante se han escuchado las réplicas habituales.
Primero dicen que la gala debería haberse ceñido al cine, que hay un espacio para la cultura y otro para la política. Discrepo. Todo es política. Si, como dice Rajoy, no tomar una decisión es una decisión, no hablar de política es un acto político.
Lo que sucede es que hay muchos que pretenden hacer política callando a los demás.
Si el escenario de los Goya no es el lugar adecuado para hacer reivindicaciones, ¿cuál es? La calle no, ya lo hemos visto en anteriores manifestaciones. Tampoco vale hacer huelga porque, dice la ministra de Fomento, daña a todos. Y el ruido mediático sobre la corrupción, según el titular de Exteriores, parece más perjudicial para la “marca España” que la propia corrupción.
¿Cuál es el ágora de los ciudadanos? ¿Sólo la urna?
En realidad, quieren que hablemos cuando toca, en el tono que ellos consideran adecuado y con las palabras que caben en su diccionario.
La segunda crítica apesta a demagogia. “¿Cómo puedes criticar el sistema vestida así, con un premio en la mano?” De nuevo, tratan de manipular nuestro pensamiento. Sólo los pobres, insinúan, pueden pedir justicia social. Si gritas “igualdad” con un buen sueldo, una casa y un iPhone eres un hipócrita.
¿Cómo de pobre has de ser para defender a los más desfavorecidos? Seguramente, lo suficiente como para carecer de altavoz.
Los suicidados por presiones del banco no pueden hablar, los ancianos que recorren cientos de kilómetros para diálisis no usar twitter. Alguien tiene que hablar en nombre de los nadies. Aunque disguste.
