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Esta semana he leído Memorias de un beduino en el Congreso de los Diputados, el libro en el que José Antonio Labordeta recuerda su etapa de representante de Chunta Aragonesista en el hemiciclo. Y mientras lo hacía me invadía una insoportable sensación de tristeza. Ya es habitual que en las encuestas del CIS los políticos aparezcan como problema y no como solución; en estas páginas queda claro por qué.
Labordeta empieza su narración con esa mezcla de sarcasmo y lamento que por estas tierras se conoce como somarda. El cantautor (y escritor y presentador de TV y poeta…) es consciente de que su presencia en el Congreso es extraña, de que él desentona en aquel ambiente tan formal. Así que se crea un doble, y a través de sus ojos somos testigos de una pequeña parte de lo sucedido en el Congreso entre el año 2000 y 2008. Lo que este beduino deja traslucir de la política española no es agradable. Pero quizá por eso mismo hay que contarlo. Labordeta (perdón, el beduino) no se calla nada, escribe sus pensamientos como si no fueran a ser leídos, como si sólo estuviesen dedicados a sus amigos. Los enemigos, parece pensar, no van a abrir el libro; ¿entonces a qué fin contenerse?

En estas páginas recordamos a altanería de un Aznar bajo el influjo de la hubris. Nos vuelven a la retina los gestos de desprecio que dedicó a quienes no podían servirle de ayuda ni tampoco causar problemas. Volvemos a oír sus alegatos nacionalistas, sus mentiras. Y sus silencios. También sus compañeros de partido aparecen retratados de un modo nada favorable. En ese momento gozaban (nunca mejor dicho), de la mayoría absoluta y contra eso poco podían hacer los demás diputados. Las proposiciones no de ley se quedaban en nada, las preguntas no eran respondidas o si lo hacían era con tardanza, y cualquiera que criticase al Gobierno era tachado de antipatriota.
Han pasado 10 años desde entonces y si algo han demostrado, como bien señala el beduino, es que la derecha se cree en su derecho de gobernar siempre. Es lo normal, lo que debe ser. Los intervalos de gobiernos de izquierda sólo son paréntesis en el buen curso de la Historia. Ahora vuelven a tener mayoría absoluta y no hace falta ser un radical para darse cuenta de su actitud.
Por supuesto, Labordeta no sólo lanza dardos contra la derecha. También apunta a la burocracia, a las comisiones y subcomisiones que no sirven de nada, a los que votan sí cuando hay que votar sí y votan no cuando “desde arriba” les dicen que hay que votar no, a los zapatos de diputados lustrados por mucamas filipinas, a los banquetes pagados con dinero público, a los socialistas de Aragón, a la Iglesia, a la prensa…
Las últimas páginas del libro consisten en una sucesión de semblanzas de algunos de sus compañeros en el Congreso. Labordeta reparte elogios sin importar a qué siglas deban su sueldo, atiende sólo al carácter de los diputados. Pero a pesar de este final amable, queda un regusto amargo.
No nos merecemos la clase política que tenemos. En serio. No me importa que en teoría los diputados y senadores se sienten en su escaño gracias al voto de los ciudadanos. Todos sabemos, y los políticos especialmente, que las elecciones a Cortes son apenas un ritual, que en realidad son los aparatos del partido los que deciden quién va a vivir bien los próximos 4 años y quién no. También sabemos que las Cortes cada vez tienen menos relevancia, que sólo se limitan a votar lo que quiere el gobierno. Que la adulación está más premiada que la inteligencia, que con gritos e insultos se llega más lejos que con debates razonados. Todo esto lo sabemos, pero tratamos de olvidarlo porque si lo recordamos de forma constante nos saldrá una úlcera.
Lo malo es que entonces viene el cantautor de las narices y nos trata de quitar la venda de los ojos.
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Coda:
Labordeta se refiere en varias ocasiones a Jaume Matas, por entonces ministro de Medio Ambiente. Hoy está acusado de 12 delitos relacionados con la corrupción y ha perdido el favor de su partido. En esta entrevista concedida -mejor dicho: pedida- al equipo de Salvados, el ex presidente balear trata de limpiar su imagen. Muy interesante
Aquellos que conocen a Christopher Hitchens no se sorprenderán al escuchas sus respuestas en esta entrevista realizada en 2010, cuando sabía que le quedaba poco para morir.
Quienes todavía no lo han descubierto tienen una oportunidad perfecta. Son 16 minutos de inteligencia, cultura, valentía y elegancia.
Una muestra: “¿Se arrepiente de haber elegido mal alguno de los objetivos de sus ataques? No. Sólo lamento no haber hecho más al respecto”
El vídeo está subtitulado al español
1.-
Debo de tener fiebre, quizá esté incubando algún virus. O tal vez sea que me he vuelto loco y ya no distingo. El caso es que estoy en parte de acuerdo con el artículo que ayer publicó Salvador Sostres en El Mundo. Sí, el mismo Sostres que insultó a Labordeta tras su muerte, el mismo que en Telemadrid elogió las vaginas de las chicas de 17 años. No me gusta estar de acuerdo con este señor (ni si quiera me gusta leerle) pero anoche @lfaci se refirió a él en un tweet y me picó la curiosidad.
Ayer Sostres escribió:
Si dos hombres o dos mujeres quieren vivir juntos es su problema. Pero que no intenten entrar a caballo en la Iglesia, que no intenten que la Iglesia se adapte a ellos, porque la Iglesia es lo que es y tienen derecho a serlo.
No sé si la ley de los matrimonios homosexuales es o no es constitucional, sí que sé que “matrimonio” y “homosexual” es un oxímoron, dicho sea esto con todo el respeto a la condición sexual de cada cual y al derecho de todo el mundo a vivir su vida como quiera, sin tener que dar explicaciones a nadie.
Hace un año hubiera estado en desacuerdo con estas afirmaciones. Nunca me ha gustado la Iglesia (ninguna iglesia) y en diversas ocasiones he criticado su machismo, su homofobia, su odio a la ciencia y, en fin, su anacronismo. Hoy pienso lo mismo, pero desde diferente ángulo. Me explico.
Este verano tuve la oportunidad de ser padrino en el bautizo del hijo de unos amigos. Como parte integrante de la ceremonia, me tocó asistir a una reunión pre-bautizo. El cura era un hombre joven, inteligente y con mucho sentido del humor. Después de hablar unos minutos del ritual, nos animó a criticar a la Iglesia. ¿Qué pensábamos de ella? La madre del niño dijo que no le gustaba la posición de la Iglesia sobre el matrimonio homosexual y la respuesta del cura me hizo pensar.
Argumentaba el cura que el matrimonio es, antes que nada, un sacramento (uno de los 7). El cristianismo entiende que un sacramento es un signo eficaz de transmitir al hombre la gracia de Dios y producir su salvación. El matrimonio, entonces, es un ritual netamente religioso. Aquellos creyentes que quieran recibir la gracia divina, pueden utilizarlo. A los no creyentes, en teoría, nos debería importar muy poco (igual que nos importa poco a confirmación o la penitencia).

Lo que sucede es que durante siglos se ha identificado este sacramento con la unión de dos personas que se aman y quieren unir sus vidas, sus rentas… Tanto se ha identificado que no existe un nombre adecuado a la unión civil (matrimonio civil es una contradicción en sus términos).
El cura del bautizo no era homófobo, de hecho tenía muchos amigos homosexuales. Estaba también a favor de que dos hombres o dos mujeres pudieran vivir juntos y disfrutar de los mismos derechos y deberes que un hombre y una mujer. Pero consideraba que aquello no era un matrimonio. La unión de dos hombres o dos mujeres no es un sacramento. Los homosexuales que quieran recibir la gracia divina tienen otras 6 formas; nadie les veta su entrada en el Cielo.
Algo muy parecido a la conocida frase de Rajoy, cuando dijo estar a favor de las uniones entre personas del mismo sexo, “pero que no lo llamen matrimonio”.
2.-
Como digo, el problema viene de esta identificación entre unión y sacramento. El problema viene de que la Iglesia ha tenido demasiada influencia durante siglos. También hace años todos los niños eran bautizados, también entonces se identificaba la elección de su nombre con este sacramento. Hoy ya no. Quien quiere, bautiza a su hijo; pero también es posible añadir su nombre al Registro Civil sin pasar por la iglesia. Lo mismo habría que hacer con el matrimonio.
Necesitamos una nueva palabra para la unión de aquellas personas que quieren compartir su vida pero no quieren recibir el sacramento. Por ahora utilizamos “casarse por el juzgado” o “matrimonio civil”. Pero estos términos todavía tienen reminiscencias religiosas. Considero que la religión debería ser un asunto privado y la Iglesia ejercer las funciones que le corresponden como organización no gubernamental; defiendo, por tanto, alejar a la Iglesia de la vida pública.

¿Cuántas parejas reciben el sacramento del matrimonio por costumbre? ¿Cuántas realmente son cristianos y entienden el significado teológico del matrimonio? Del mismo modo que hoy sólo van a la iglesia los verdaderos creyentes (13%), lo deseable sería que sólo éstos se casasen. Hoy por hoy, la Iglesia recibe su fuerza de muchos no creyentes, o de muchos creyentes por costumbre. Demasiados padres bautizan a sus hijos por seguir la tradición (63%); demasiadas parejas pasan por el altar por agradar a sus abuelos o “porque es bonito” (73%). Sólo si los verdaderos creyentes acuden a la iglesia podremos ver lo débil que está.
En el fondo, sin buscarlo, los ateos y los creyentes no practicantes (creyentes por costumbre) fortalecemos a la Iglesia al utilizarla de forma errónea. Pero claro, la Conferencia Episcopal no nos saca de nuestro error: pecunia non olet.
Hay que generalizar la unión civil y dejar atrás el matrimonio. Hay que poner a la Iglesia Católica en el lugar que le corresponde. Igual que hoy los colegios públicos no están a cargo de los curas, tampoco las uniones deberían estarlo. Un país es más libre cuanto mas débiles son los tentáculos de su Iglesia. La batalla será dura, hay mucho dinero y poder en juego. Pero es necesario librarla, y ganarla.
1.-
La semana pasada, The Econonomist publicaba un especial de veinte de páginas al sistema económico en alza: el capitalismo de estado. El semanario se define como “liberal” y al inicio del especial ya avisa que se opone a cualquier intervención de los gobiernos en el llamado mercado libre. Durante los últimos años he considerado que el capitalismo de estado no era un sistema deseable, aunque lo hacía por razones diferentes a las de The Economist. Sin embargo, a medida que leía el especial me han surgido algunas dudas. ¿Es posible que este sistema tenga más beneficios que desventajas? ¿Es preferible al libre mercado?

Veamos antes de qué hablamos cuando nos referirnos al capitalismo de estado. En el imaginario liberal, las empresas de un país trabajan en competitividad pura, sin intervención positiva o negativa del gobierno. Se rigen exclusivamente por la ley de la oferta y la demanda; cada empresa busca el máximo beneficio y, al hacerlo, toda la sociedad se beneficia. Esta situación, sin embargo, es utópica. Los gobiernos intervienen siempre; la única diferencia es el grado y el modo. Ya desde el inicio del capitalismo, la corona británica impulsó la actividad de la Compañía de las Indias Orientales (otorgándole permiso exclusivo para ejercer el comercio en esta región durante 15 años); y hace muy poco que el actual símbolo del liberalismo ayudó a General Motors.
En oposición a este mito se encuentran aquellos estados que intervienen de forma clara en la marcha de las empresas. Hoy por hoy, Rusia y China encabezan la lista. En este último país el 80% de la capitalización de las empresas pertenece al estado; en Rusia la cifra supera el 60%. No es que el Kremlin eche un cable a empresas con problemas, es que posee y administra estas empresas.
De acuerdo con The Economist, el actual capitalismo de estado tuvo un triple origen.
a) En Singapur, Lee Kuan Yew impulsó durante los 40 años de mandato una mezcla entre capitalismo y valores asiáticos (familia y autoritarismo); así convirtió a su país en uno de los más competitivos del mundo (Deng Xiaoping imitaría este modelo en China).
b) Por otra parte, la crisis del petróleo de 1973 demostró que la energía podía utilizarse como un arma en las relaciones internacionales; su control iba a ser prioritario para muchos países.
c) Finalmente, la caída de la URSS y su posterior “ley de la selva” dejó en evidencia no los fallos del comunismo, sino los de ultraliberalismo (los oligarcas saquearon Rusia y la esperanza de vida descendió 6 puntos en un lustro); Vladimir Putin decidió que ciertos sectores debían estar en manos del Kremlin y trató de atar corto a los oligarcas (algunos, como Jodorkovsky, acabarían en la cárcel).
Con estos inicios, no es de extrañar que el capitalismo de estado suscite recelos. Rusia, China o la OPEP no son precisamente ejemplos a seguir en materias políticas, laborales o de derechos humanos. Sin embargo, no son los únicos que poseen y dirigen empresas esenciales. Francia posee el 85% de EDF, una compañía energética; Japón posee el 50% de Japan Tobacco, la tercera empresa tabaquera del mundo; un tercio de Deutsche Telekom es propiedad del Alemania; y Noruega, la filial del paraíso en la tierra, es dueña del 67% de la compañía de energía Sukoil. Hace unos meses, El País dedicaba un reportaje a este modelo:
El objetivo del Estado noruego ha sido obtener el máximo valor económico del sector en su conjunto en comparación con lo que podría obtener por la simple venta del gas y el petróleo. Nada más descubrir crudo, el Gobierno noruego redactó los diez mandamientos del sector, que decían que el petróleo era propiedad de los noruegos; que el Gobierno tendría el control y la gestión de las operaciones; que el país necesitaba crear una industria propia; que el sector debía ser respetuoso con el medio ambiente y que ese descubrimiento debía proporcionar a Noruega un papel eminente en política exterior. Los mandamientos se han cumplido.
La antítesis de Rusia es Brasil. En los 80 existían más de 500 empresas públicas; en los 90, sus dirigentes iniciaron una oleada de privatizaciones; Lula revirtió el proceso y hoy el estado controla el 38% de la capitalización de sus empresas. El capitalismo de estado brasileño se diferencia del ruso o chino en varios aspectos. El Estado no controla directamente las empresas, sino que lo hace a través de Banco Nacional de Desarrollo; tampoco posee la totalidad o la mayoría de las acciones, sino sólo una parte, la necesaria. Esto último presenta la ventaja de que limita la tentación de clientelismo y evita el uso de la empresa como arma o como estrategia de poder al tiempo que deja abierta la puerta a la ayuda estatal. Brasil también es uno de los pocos países que tiene una banca pública fuerte; gracias a ella, están saliendo de la crisis más rápido y con menos cicatrices que muchos países de Europa.
2.-
Según The Ecomonist, el capitalismo de estado es bueno para el estado pero malo para el libre comercio. A esto hay que responder que, en realidad, el libre comercio no existe. El propio semanario recuerda que el primer secretario del Tesoro de EEUU, Alexander Hamilton, puso en marcha un plan para impulsar la industria nacional, haciendo caso omiso de las prescripciones de Adam Smith. Hamilton comparaba a los países jóvenes con un niño; igual que se alimenta y protege a los hijos hasta que crecen, las economías en desarrollo necesitan protección y sustento para fortalecerse; sólo entonces pueden competir en los mercados mundiales. La actitud del incipiente estados unidos no es una excepción, sino la norma. El economista alemán Friedrich List afirmaba que los países ricos, una vez alcanzada la prosperidad gracias a la escalera del proteccionismo, le dan una patada a la escalera para que nadie más pueda alcanzarlos.

También se suele argumentar que el capitalismo de estado toma lo peor del capitalismo (explotación, conversión de las personas en trabajadores o consumidores) y lo peor del estado (corrupción, ineficacia, lentitud a la hora de innovar). Pero no es necesario que sea así. ¿Acaso no puede tomar lo mejor del capitalismo (producción masiva, innovación) y lo mejor del estado (preocupación por los ciudadanos y por el medio ambiente, respeto de derechos laborales, redistribución de beneficios…)? Hasta ahora los ejemplos del capitalismo de estado han sido Rusia y China. ¿Por qué no imitar a Noruega o Brasil?
Es cuestión de voluntad política. Uno de los sectores más propensos a ser administrados por el estado es la energía, seguido de las telecomunicaciones. Un estado puede utilizar el gas o del petróleo como arma (caso de Rusia con Gazprom), como herramienta de poder (las amenazas de la OPEP) o puede gestionar la empresa energética de forma que satisfaga las necesidades de sus habitantes por un precio más barato que el que ofrecerá una empresa privada (modelo noruego).
Parecido sucede con las telecomunicaciones. España decidió en su día vender Telefónica (por cierto, a un amigo del entonces presidente de Gobierno; ¿no quedamos en que el clientelismo era un mal exclusivo de la cosa pública?) y hoy miles de personas sufren sus servicios (no por nada se la suele llamar “Timofónica”). ¿Podría el estado ofrecer llamadas y datos a mejor precio que las operadoras tradicionales? Podría. ¿Perdería dinero? No.
Aquellos que duden de estas afirmaciones pueden acercarse a Mequinenza, donde el ayuntamiento se ha constituido en Operadora Móvil Virtual. A partir de este mes, quien quiera podrá contratar una línea con el ayuntamiento a precios más reducidos que los ofrecidos por el resto de compañías. Además, la intención del consistorio es alquilar la infraestructura municipal -repetidores, etc.- a otras compañías; con ello, esperan obtener un 15% de beneficio por la facturación de llamadas. ¿Imaginan un plan similar a escala nacional?
The Economist también dice que las empresas públicas son menos productivas. A este argumento se puede responder de dos formas:
a) A la cabeza de empresas hay que poner a profesionales, no a amigos de políticos (que, por otra parte, son quienes controlan muchas empresas privadas). China está aprendiendo a colocar al frente de sus empresas a personas que han estudiado en escuelas occidentales, no a comisarios políticos. Aquí podrían hacer lo mismo (aunque para eso tendría que cambiar la mentalidad política, y eso sí es mucho pedir).
c) ¿Qué más da si no son productivas? El objetivo de una empresa pública no es únicamente ganar dinero, el servicio que proporciona ya es un beneficio. Además, el (presunto) poco beneficio que reportase la empresa pública, iría a parar a las arcas del estado, no a manos privadas.
En definitiva, que el capitalismo de estado no tiene por qué ser un mal sistema. Depende de la calidad del estado que lo ponga en marcha y del uso que quiera dar a la empresa pública. Pero si algo podemos aprender de Vladimir Putin o Hu Jintao es que los países que controlan las actividades estratégicas (energía, comunicaciones, sistema financiero) son más poderosos. Si no se quiere nacionalizar Endesa o Telefónica por ideología, al menos debería hacerse por patriotismo.
Decía hace unos meses que lo único que lograrán las políticas del PP será profundizar la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen. Esto no ocurrirá sólo en España. Dentro de unos años, cuando salgamos de la crisis, comprobaremos cómo la diferencia entre “ricos” y “pobres” en el primer mundo es mayor que la que había en 2007.
El profesor Richard Wilkinson es un estudioso de la desigualdad y ha llegado a una interesante conclusión. La desigualdad no solamente es mala per se, también resulta cara.
En esta charla impartida en el TED (se puede ver con subtítulos en español), explica que la verdadera calidad de un país no se mide en su PIB, sino en la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre. Cuanto mayor diferencia entre estos extremos, peor es el bienestar de la población.
Pero la clave está en que ese bienestar, o esa ausencia de bienestar, tiene una clara influencia económica. Las enfermedades que conlleva la pobreza, el alcoholismo, la criminalidad, la ausencia de cultura… son más perjudiciales para la economía que el esfuerzo necesario para reducir la desigualdad.
Ahora que está de moda atacar al estado de bienestar y favorecer lo privado sobre lo público, ahora que la sanidad y la educación sólo se miden en euros quizá los gobernantes debieran leer a Wilkinson. Por supuesto, no lo harán. Y dentro de 20 años, cuando las bibliotecas estén vacías y las cárceles llenas (todavía más), cuando los hospitales privados sean lugares acogedores y los públicos la antesala del cementerio, quizá alguno se arrepienta de no haberlo hecho.
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He conocido a Wilkinson a través del blog de Eduardo Zugasti. Muy recomendable
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Durante los últimos años se han vertido ríos de tinta sobre la denominada era de la información. En cierta manera, hoy es más sencillo estar informado que hace 20 años. Uno se levanta por la mañana y en su ordenador o su móvil tiene acceso a decenas de periódicos, radios y televisiones; si eso no le basta, si quiere “otro periodismo” puede recurrir a los blogs; y si prefiere enterarse de las tendencias de la jornada, sólo tendrá que dar una barrida a su cuenta de twitter. Es fascinante. Y al mismo tiempo puede agobiar.
Hace ya unos años, Alfons Cornellá acuñó un neologismo para describir esta realidad: infoxicación. Es decir, intoxicación por sobredosis de información.
La infoxicación no es una enfermedad, como algún alarmista ha querido presentarla. A la hora de hablar y escribir sobre internet, los medios suelen pecar de exagerados y apocalípticos. La infoxicación no es más -ni menos- que la avalancha de datos sin criterio, contexto ni filtro. Esto tiene dos consecuencias, una leve y otra seria.
La consecuencia leve, casi una molestia, es que los que estamos conectados de forma casi permanente tenemos una cierta dificultad de concentrarnos. Ahora mismo, mientras escribo este post, hago pequeñas escapadas a twitter, a la web de un periódico y al Gmail. Nicholas Carr ha escrito un libro entero para demostrar esta teoría, y hay decenas de aplicaciones que te “ayudan” a concentrarte mientras trabajas en el portátil. Como digo, nada importante.

Lo que sí me parece preocupante es que nos acostumbremos a esta sucesión desordenada de datos, que creamos que eso es información. Yo entiendo la información como una serie de datos novedosos que han sido contrastados, filtrados, jerarquizados y puestos en contexto. Lamentablemente, cada vez es más difícil encontrar textos con estas características, y no sólo en twitter o en los blogs.
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Todo esto viene a cuento de una herramienta llamada Summify que dará mucho de que hablar en los próximos meses. Es una aplicación cuya función es recoger todos las datos que una persona recibe (vía Facebook, Twitter, suscripciones a periódicos y blogs…), filtrarlos y ordenarlos para presentarlos al usuario de forma que los pueda entender.
Mike Davidson escribió hace unos días sobre Summify:
Es breve, la gente se fijará en todas las distracciones a que se exponen cada día y se dará cuenta de que así no se puede vivir una vida productiva. Twitter, Facebook y los RSS han apresurado este efecto, y si bien todavía es sólo un problema tangencial, crecerá cada año. Summify ofrece un antídoto simple. Ofrece mejores historias, no más historias.
Durante los últimos años, he tenido en mi cabeza la idea del sitio de noticias perfecto, y es bastante simple: una pantalla blanca con una lista de 5 o 10 enlaces que cambia una vez al día. Eso es todo. Sin embargo, aquí está la parte difícil: estos 5 o 10 enlaces tienen que ser los 5 o 10 enlaces más útiles para mí en un día determinado. En otras palabras, digamos que hay 10.000 nuevas historias cada día. Este sitio debe ser lo suficientemente inteligente para elegir los mejores 5 o 10 para mí, con certeza casi el 100%.
Es similar al resumen de prensa diaria que Barack Obama recibe de sus asesores. Él no tiene tiempo para buscar en los sitios de noticias; sus asesores le dicen lo que tiene absoluta necesidad de ver todas las mañanas y luego sigue con con su vida.
Summify ha sido comprado por Twitter, por lo que no es descabellado pensar que esta hwerramienta será una realidad en unos pocos meses. Hasta su compra, uno podía suscribirse a Summify, pero ahora la puerta está cerrada. Sin embargo, sí hay un vídeo donde se explica su funcionamiento.
Repito, gracias a Summify, Twitter se convierte en una aplicación que recoge las fuentes de las noticias, las filtra y las ordena. ¿Me lo parece a mí o ésa debería ser la función de los periodistas?
Por el momento, seguirá siendo necesaria la labor de los periodistas, pero irá decreciendo. Ya hemos comprobado que los políticos españoles prefieren las ruedas de prensa sin preguntas, que los medios se nutren más de notas de prensa que de entrevistas y que el contraste y el criterio (casi añadiría el sentido común) están de capa caída. No es que Twitter pueda acabar con el periodismo, es que las empresas de periodismo están acabando con él.
Hace unos días comentaba con varios tuiteros que las principales cabeceras han empeorado su calidad en los últimos años. ¿Culpa de Google y Apple? No. Hace 10 años era posible leer reportajes y entrevistas interesantes; hoy la mayoría de las páginas son sólo publicidad camuflada y abundan los anecdatos.
El periodismo de verdad requiere filtro, jerarquía y contexto. Contra ese periodismo no puede competir la avalancha de datos sin sentido. Pero sí puede hacerlo contra el periodismo al que, si seguimos bajando el listón, nos encaminamos. Mejor dicho, de seguir así, lo que habrá en un futuro ya no será periodismo.
¿Quién filtrará y jerarquizará los datos dentro de 15 años: Summify o yo? Porque alguien (o algo) tendrá que hacerlo. Como dice Alfons Cornellá, “la información que llega sin criterio es ruido. Y el ruido molesta”.