(No) escribir para tontos

Tenía pendiente desde hacía meses el libro Malaciencia, de Ben Goldacre. Este médico mantiene un blog en el que combate a los timadores de la medicina y a aquellos que, por pereza o ignorancia, acaban por ayudarles a vender sus productos mágicos.

El libro se centra quizá demasiado en personajes y productos del Reino Unido pero aun así es muy recomendable. Hay 2 capítulos fantásticos: uno dedicado al efecto placebo y otro al tipejo que mató a miles de sudafricanos al engañar a su Gobierno para que no aplicara antirretrovirales a enfermos de SIDA. Sólo por ellos merece la pena su lectura.

Al final del libro concluye:

Los periódicos ya cuentan con especialistas en salud y ciencia que entienden las noticias científicas. Los directores siempre tenderán (cínicamente) a marginar a esas personas y asignar la cobertura de noticias estúpidas a periodistas generalistas por la sencilla razón de que quieren artículos y reportajes estúpidos en las páginas de sus diarios. La ciencia trasciende el horizonte intelectual de esos gestores, así que suponen que tampoco debe de ser tan difícil inventársela.

El mayor problema de todos es la simplificación excesiva y la “idiotización” de los contenidos. Todos lo que vemos en los medios ha sido previamente desprovisto de su enjundia científica en un intento desesperado de seducir a una masa imaginaria que, de todos modos, no está interesada por el tema. ¿Y por qué le iba a interesar algo así? Con ello, sin embargo, se abandona a su suerte a los “empollones” y las “empollonas” de antaño: aquellos y aquellas que estudiaron alguna asignatura de bioquímica en sus años mozos y que ahora trabajan en algún puesto administrativo intermedio en unos grandes almacenes, por poner un caso, y a quienes no se proporciona estímulo alguno para retomar sus antiguas aficiones científicas.

Ahí fuera hay muchas personas inteligentes que quieren seguir creciendo intelectualmente, que desean mantener vivos sus conocimientos y su pasión por la ciencia. Desatenderlas de ese modo supone un coste importante para la sociedad. Las instituciones han fracasado en este aspecto. La indulgente y bien financiada comunidad de personas dedicadas a la “popularización de la ciencia” ha sido peor que inútil, pues también se ha obsesionado con hacer llegar el mensaje a todo el mundo y rara vez ha ofrecido contenidos estimulantes para las personas que ya están interesadas en esos temas.

Este diagnóstico puede aplicarse a muchos tipos de información. El periodismo trata de llegar a todos los ciudadanos y eso es imposible. Mi abuela jamás entenderá qué es la prima de riesgo ni aunque se la explicara Belén Esteban. No se ser elitista; es la cruda realidad.

Una cosa es ser didáctico, utilizar estructuras gramaticales sencillas y no elegir argot cuando existen palabras usuales; y otra es caer en simplismos, omitir detalles importantes y utilizar expresiones tan llamativas como inútiles a la hora de informar.

Como bien dice Goldacre, aquellos interesados en ciencia están dispuestos a esforzarse. También los ciudadanos que quieren saber de política, de economía, de tecnología… harán un esfuerzo y tratarán de comprender lo que el periodista dice. Insisto: no se trata de que los redactores escribamos para expertos. Ni siquiera nosotros lo somos. Pero la línea entre claridad y vacío no debe nunca cruzarse.

No hay nada más triste que abrir un enlace sobre un asunto que quiero leer y descubrir que no me aporta nada nuevo. Que el titular no se corresponde con el contenido. Que ha elegido hablar de lo de siempre y sólo insinúa algo novedoso pero, al parecer, tan difícil de entender que no merece la pena ni explicarlo.

Cada vez que leo un texto económico complicado, pienso que hay 2 posibles causas: a) el redactor considera que cuanto más oscuro escriba mejor considerado estará, b) el autor no sabe lo que escribe y se dedica a montar notas de prensa como si fuera un puzzle. No sé cuál es peor.

Escribir textos interesantes de forma clara no es fácil. Pero es posible.

La voz de los nadies

No hables. No grites. No te manifiestes. Obedece y calla. Es por tu bien.

Este parece ser el mantra que cada semana nos repiten “los de arriba” (tanto unos como otros, me refiero al Poder). Todo lo que no favorece al sistema es antisistema. Cualquier duda, cualquier iniciativa para promover un cambio es recibida con agresividad.

Ayer mismo, la gala de los Goya se convirtió, dicen, en un acto político. Maribel Verdú dedicó su premio “a toda esa gente en este país que ha perdido sus casas, sus ilusiones, sus esperanzas, su futuro, e incluso sus vidas, por culpa de un sistema quebrado, injusto, obsoleto que permite robar a los pobres para dárselo a los ricos”.

Más dura fue Candela Peña, que hizo saber a los millones de espectadores que su padre murió en un hospital del tercer mundo ubicado en España. Un hospital en el que faltaban mantas y el agua la traían los familiares.

Al instante se han escuchado las réplicas habituales.

Primero dicen que la gala debería haberse ceñido al cine, que hay un espacio para la cultura y otro para la política. Discrepo. Todo es política. Si, como dice Rajoy, no tomar una decisión es una decisión, no hablar de política es un acto político.

Lo que sucede es que hay muchos que pretenden hacer política callando a los demás.

Si el escenario de los Goya no es el lugar adecuado para hacer reivindicaciones, ¿cuál es? La calle no, ya lo hemos visto en anteriores manifestaciones. Tampoco vale hacer huelga porque, dice la ministra de Fomento, daña a todos. Y el ruido mediático sobre la corrupción, según el titular de Exteriores, parece más perjudicial para la “marca España” que la propia corrupción.

¿Cuál es el ágora de los ciudadanos? ¿Sólo la urna?

En realidad, quieren que hablemos cuando toca, en el tono que ellos consideran adecuado y con las palabras que caben en su diccionario.

La segunda crítica apesta a demagogia. “¿Cómo puedes criticar el sistema vestida así, con un premio en la mano?” De nuevo, tratan de manipular nuestro pensamiento. Sólo los pobres, insinúan, pueden pedir justicia social. Si gritas “igualdad” con un buen sueldo, una casa y un iPhone eres un hipócrita.

¿Cómo de pobre has de ser para defender a los más desfavorecidos? Seguramente, lo suficiente como para carecer de altavoz.

Los suicidados por presiones del banco no pueden hablar, los ancianos que recorren cientos de kilómetros para diálisis no usar twitter. Alguien tiene que hablar en nombre de los nadies. Aunque disguste.

Ni unos ni otros

En política, antes valían los hechos. Después fue la palabra. Ahora ni siquiera. Las acciones de nuestros gobernantes son aleatorias, contradictorias y perjudiciales para el grueso de la población. Desde mayo de 2010, con Zapatero en La Moncloa, la política española ha sido un disparate.

Ahora pretenden que sus palabras superen a los hechos. Rajoy dice que todo lo que publica El País es falso y tenemos que creerle. ¿Por qué íbamos a hacerlo? No sería la primera vez que miente.

Rubalcaba sale de su guarida 24 horas después y pide la dimisión de Rajoy. Pero sólo la pide. No impulsará una moción de censura, no denunciará a Rajoy o al PP ante los tribunales. Al igual que el millón de ciudadanos que firman en change.org, sólo son palabras.

Da la extraña impresión de que ninguno quiere estar en La Moncloa. De Rajoy ya lo pensé cuando ganó. Pero supongo que entonces era demasiado tarde para echarse atrás y ahora no quiere irse con el rabo entre las piernas y la cabeza gacha.

Rubalcaba pide dimisión porque sus bases se lo piden. Porque es lo que toca si eres el líder de la oposición. Pero estoy convencido de que no quiere pisar La Moncloa ni de visita. Además, igual tampoco ganaba las elecciones.

A todo esto, El País y El Periódico publican hoy 2 encuestas de intención de voto. El bipartidismo se hunde y sube Rosa Díez. Suenan ecos de Italia y Berlusconi. Al menos, si gana, la lideresa magenta no se acostará con prostitutas.